Sansón y Dalila, o el clímax inexistente

Publicado: octubre 23, 2018 Última Modificación octubre 23, 2018 Por: adminmusica

por José Antonio Palafox

Contagiado de una extraña fiebre por el péplum, el pasado 20 de octubre el Met de Nueva York decidió programar en sus transmisiones “En vivo”, inmediatamente después de Aida, otra ópera ambientada en la Antigüedad clásica: Sansón y Dalila de Camille Saint-Saëns.

Sin embargo, en esta ocasión el grandilocuente “rigor” histórico de carácter cinematográfico que el público espera ver en este tipo de obras dio paso a una tan desmedida como fallida puesta en escena vanguardista (?) producto de la imaginación del serbio Darko Tresnjak, quien nos recetó un primer acto dominado por una interminable escalinata multiusos y dos gigantescas torres de extraña textura similar a la de los coladores donde se ponen a escurrir las verduras, un segundo acto donde los patrones metálicos de las paredes, una escalinata futurista y la lóbrega iluminación fluorescente daban al palacio de Dalila un aspecto más cercano al de la cabina central de una nave de Star Wars y un tercer acto donde la noria a la que Sansón está encadenado en el calabozo da paso a una monumental estatua como de 20 metros cortada verticalmente a la mitad que recibió más aplausos por parte del público del Met que los propios solistas con sus mejores arias, todo en franco contraste con el discreto semicírculo de luz roja que enmarcó toda la acción y el telón con huellas de manos impresas que buscaba representar al sometido pueblo judío, únicos rastros de lo que pudo ser una producción sobria y acertada.

 

Camille Saint-Saëns: Fragmento de Mon coeur s’ouvre à ta voix (Sansón y Dalila) / Elīna Garanča (Dalila) y la orquesta del Met, dirige Mark Elder

Así, por tan equívocos escenarios deambularon sufrientes esclavos judíos con modestas ropas grises, caricaturescos filisteos con excesivos vestuarios de colores chillones y piedritas brillantes por todos lados, soldados que se descolgaban sigilosamente por las paredes con piruetas que cualquier ninja les envidiaría y, sobre todo, los protagonistas de este poderoso drama bíblico que aquí, desgraciadamente y a pesar de todos sus esfuerzos, se vieron reducidos a viñetas de “Mi primer catecismo”. Y es que a pesar de que la mezzosoprano Elīna Garanča (Dalila) hizo gala de una voz que destacó por su timbre opulento, seductor y deliciosamente oscuro —sobre todo en la bellísima aria Mon coeur s’ouvre à ta voix—, una torpe dirección actoral hizo que no pasara de “seducir” a Sansón mirándolo de reojo hasta el cansancio por encima del hombro como si fuera Rita Hayworth en Gilda para después hacernos saber que lo odiaba con toda el alma simplemente frunciendo el ceño y apretando el puño. De la misma manera, el tenor Roberto Alagna dio lo mejor de sí y demostró con creces que se encuentra en plena forma. Su potente voz alcanzó con pasmosa seguridad las notas más altas, y consiguió imprimirle el toque exacto de intensidad y expresividad para plasmar la lucha interna que se libra en el alma de Sansón y que lo hace pasar de ser un vigoroso héroe capaz de hacer frente a los filisteos a terminar como un hombre quebrado, ciego y vacilante. Sin embargo, aquí también la mala dirección actoral hizo de las suyas y nos entregó a un héroe bíblico bonachón y afable poco menos que sacado de las películas de los estudios Disney.

También el aspecto y los gestos del Sumo Sacerdote (encarnado por el espléndido barítono Laurent Naouri) y su esbirro Abimélech (a quien dio vida el barítono Elchin Azivov) remitían directamente a la galería de villanos de la casa Disney, mientras que el bajo Dmitri Belosselskiy (el Viejo Hebreo) tenía toda la pinta de un anciano patriarca de miniserie ochentera “de romanos”. Lamentable, porque el desempeño vocal de los tres fue impecable, destacando sobre todo Naouri en el extenso dueto del segundo acto al lado de Elīna Garanča.

Camille Saint-Saëns: Bacanal (Sansón y Dalila) / Orquesta del Met, dirige James Levine

Desde su pasaje inicial (Dieu! Dieu d’Israël!) hasta las despiadadas acusaciones que dirige al final contra Sansón (Samson, qu’as-tu fait de tes frères?), sin duda el único personaje que tuvo un desempeño brillante en todos los sentidos fue el pueblo de Israel, encarnado por el siempre magnífico coro del Met. Por su parte, la orquesta del Met ofreció una impecable interpretación de la partitura de Saint-Saëns, vigorosa y apasionada en los momentos culminantes, delicada y precisa en los momentos íntimos, aunque la lectura que ofreció Mark Elder de la famosísima y tan esperada Bacanal del tercer acto resultó un tanto desconcertante: por momentos insólitamente lenta, luego con un sonido agresivo más en deuda con el Stravinski de La consagración de la primavera, luego con un “sabor” a banda sonora de Ben-Hur… y todo mientras, en una escena digna de una película de Derek Jarman, un grupo de bailarines se contorsionaba en el escenario ante la complaciente mirada de un grupo de filisteos inexplicablemente travestidos al mismo tiempo que la gigantesca estatua cambiaba (también inexplicablemente) de un color a otro con una saturadísima iluminación en colores neón que más conseguía una atmósfera de “antro techno”.

Una vez que Mark Elder, la orquesta y los bailarines recuperaron la cordura, los espectadores nos sujetamos bien a nuestros asientos porque todos sabemos cómo termina la historia: Sansón es llevado al centro del palacio de los filisteos para una postrera humillación, a la cual sigue la breve pero hermosa súplica a Dios del héroe ciego (Souviens-toi de ton serviteur!) y, una vez recuperada su sobrehumana fuerza, el derrumbe de las columnas del templo de Dagón. Dada la altura de la colosal estatua, todos nos imaginamos que su presencia tendría algo que ver con el trágico destino que se cernía sobre las cabezas de los filisteos en un final de antología que pasaría a la historia de las producciones del Met, y más teniendo como referencia el apoteósico final de la producción que Elijah Moshinsky ofreció en el propio Met hace veinte años. Pero ¡oh, sorpresa! ocurrió exactamente todo lo contrario: Sansón pide la ayuda de Dios, rompe sus cadenas, todos lo miran expectantes… y hay un breve flashazo de luz blanca. Eso es todo. El gran final para el que la atmósfera y la tensión escénica nos habían preparado nunca llegó. El inicialmente tan aplaudido despliegue de suntuosa escenografía terminó siendo gratuito, y los desconcertados aplausos que se escucharon demostraron con creces que el público se sintió tal vez un poco más que defraudado.

Camille Saint-Saëns: Escena final de Sansón y Dalila / Plácido Domingo (Sansón), Olga Borodina (Dalila), Sergei Leiferkus (Sumo Sacerdote), la orquesta y el coro del Met, dirige James Levine

Cabe mencionar que con esta abigarrada producción transmitida desde el Met de Nueva York, el Auditorio Nacional de la Ciudad de México estrenó su nuevo sistema de proyección, el cual consiste en dos proyectores 4K Ultra-Hi Definition Laser que superan en calidad de imagen a la tecnología IMAX. La pantalla HD de 16 x 8 metros fue sustituida por una pantalla UHD de 17.90 x 9.80 metros, y con ello el Auditorio Nacional se convierte en el recinto con la mejor tecnología de proyección y la pantalla de mayor tamaño en toda América Latina. Ahora esperemos que la siguiente puesta en escena del Met esté a la altura.

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