Valses de Viena

Poco después de la llegada del cine sonoro, gran parte de la producción cinematográfica alemana se concentró en la realización de comedias musicales ligeras en la tradición de la opereta vienesa.

Por Música en México junio 27, 2020 Última Modificación junio 27, 2020

Mucho antes de convertirse en el maestro del suspenso con películas magistrales como La sombra de una duda (1943), Extraños en un tren (1951), La ventana indiscreta (1954), Vértigo (1958), Psicosis (1960), Los pájaros (1963) y Frenesí (1972), el realizador británico Alfred Hitckcock (1899-1980) abordó —con mayor o menor fortuna— otros temas cinematográficos ajenos a su estilo: el drama romántico en El jardín de la alegría (1925) y The Manxman (1929), el mundo del box en The Ring (1927), el slapstick en La esposa del granjero (1928), la comedia en Champagne (1928) y Juno y el pavo real (1930) y la biografía musical en Valses de Viena (1934), también conocida como El gran vals de Strauss.

Poco después de la llegada del cine sonoro, gran parte de la producción cinematográfica alemana se concentró en la realización de comedias musicales ligeras en la tradición de la opereta vienesa. Casi al mismo tiempo, el cine británico siguió esta tendencia y pronto las salas de cine de media Europa se vieron inundadas con títulos como Melodía del corazón (Hanns Schwarz, 1929), Victoria y su húsar (Richard Oswald, 1931), El expreso del amor (Robert Wiene, 1931), Las alegres comadres de Viena (Géza von Bolváry, 1931), El congreso se divierte (Erik Charell, 1931), La condesa Maritza (Richard Oswald, 1932), Buenas noches, Viena (Herbert Wilcox, 1932) y Una noche en Venecia (Robert Wiene, 1934).

Basada en la exitosa obra musical alemana Walzer aus Wien (1930), escrita por Alfred Maria Willner, Heinz Reichert y Ernst Marischka, Valses de Viena narra —sin el más absoluto rigor histórico— los esfuerzos de Johann Strauss hijo (1825-1899) por alcanzar el reconocimiento dentro del festivo mundo del vals vienés. En esta película, el joven aspirante a compositor (interpretado con entusiasmo por Esmond Knight) se enfrenta no solo a los celos profesionales de su padre, el entonces ya reconocido compositor Johann Strauss (1804-1849), quien ve en él a un futuro rival y por ello trata de coartar su talento creativo, sino también a los celos románticos de su novia, Resi Ebedezer (interpretada por la encantadora Jessie Matthews), hija del propietario de una pastelería, quien ve con enojo las no tan discretas atenciones que al joven Strauss prodiga la distinguida condesa Helga von Stahl (interpretada por la carismática Fay Compton). Tras un enfrentamiento particularmente fuerte con su padre (interpretado notablemente por el siempre correcto Edmund Gwenn) durante un ensayo orquestal, el joven Strauss visita a Resi en la panadería y ahí, en una secuencia tan delirante como memorable, encuentra la inspiración que lo llevará a crear el inmortal vals El Danubio Azul (obra que, cabe aclarar, fue compuesta en 1866, cuando Johann Strauss hijo tenía 41 años). El joven Strauss dedica la partitura a Resi… y también a la condesa, con lo que se desata una comedia de enredos digna del mejor Ernst Lubitsch.

Aunque en su momento fue un éxito de taquilla, Valses de Viena nunca terminó de convencer a Hitchcock, quien se refería a ella como el punto más bajo de su carrera y afirmaba que aceptó dirigirla solo porque en ese año no tenía ninguna otra película que hacer. Sin embargo, en este filme podemos encontrar no solo su inconfundible firma de autor (por ejemplo, su cuidada técnica y su elegante ritmo narrativo), sino también admirables momentos cinematográficos (como la ya mencionada secuencia en la panadería, o el momento en que el patriarca de la familia Strauss firma por primera vez en su vida un autógrafo agregando “padre” al final de su nombre, con lo que reconoce que a partir de ese momento habrá dos Johann Strauss en el panorama musical). Todo ello, en conjunto con la música de los dos Johann Strauss (adaptada por el compositor y arreglista Louis Levy) que se escucha a lo largo de sus 76 minutos de duración, hace de Valses de Viena un agradable divertimento que dejará un buen sabor de boca al amable lector.

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