Valses nobles et sentimentales (1911)

Publicado: junio 3, 2017 Última Modificación junio 3, 2017 Por: adminmusica

Delicias baudelerianas

 

Arcadi Volodos, piano

 

Esta obra marca un giro trascendental dentro de la producción pianística de Ravel. Después de los resabios impresionistas de Miroirs y de las evocaciones románticas de Gaspard de la nuit, gira ya aquí hacia la austeridad y simplicidad.

 

Al igual que en Ma mère l’oye, existe de esta obra una versión original para piano de 1911, una versión orquestal de 1912 y otra tercera versión para ballet, bajo el título de Adélaïde ou le langage des fleurs, con el argumento del propio Ravel.

 

La obra está dedicada a Louis Aubert, que la estrenó el 9 de marzo de 1911 en la Salle Gaveau en concierto de la Sociedad Musical Independiente.

 

En el Esquisse autobiographique de Ravel, el autor explica el porqué del título de la obra y su intención primaria: Indica claramente mi intención de componer una tanda de valses a ejemplo de Schubert; al virtuosismo que caracterizaba a Gaspard de la nuit sucede una escritura mucho más clarificada, en la que la armonía se endurece, al tiempo que se acusan los relieves de la música.

 

Como ya antes insinuaba, esta obra será el resumen de cerca de 20 obras que apretadamente se van sucediendo desde 1905 hasta 1912, al tiempo que abre nuevos horizontes. Esta obra es, al decir de Mantelli, la piedra miliar que marca decididamente una simplificación de escritura y un endurecimiento armónico. Nadie hubiese podido esperar esta purificación de la materia sonora tras la ráfaga fulgurante de Gaspard de la nuit. Pero Ravel es siempre el hombre de las sorpresas, aunque sea con una ocupación inútil, como se complacería en denominar a los Valses nobles et sentimentales. Aparece ya la austeridad, con sus secos contrapuntos y marcadas aristas armónicas, al lado de un descarnamiento formal y una mayor condensación, al tiempo que aflojan los ímpetus virtuosísticos de Miroirs y de Gaspard de la nuit. Son éstas las delicias baudelerianas de Ravel, como diría irónicamente su biógrafo Roland Manuel.

 

Esta obra representa posiblemente, en el aspecto armónico, la culminación de una etapa, al tiempo que el punto de partida de otra nueva. La armonía de estas piezas tiene una complejidad y riqueza asombrosas. Están ya muy lejos los halagos impresionistas de Jeux d’eau. Quizá no encontremos las cascadas de arpegios y arabescos de Gaspard de la nuit. Aquí la materia se espiritualiza, reinando la música pura, desprovista de todo aditamento externo. Así los valses números II y III, con su nitidez y simplificación, revelan una latente preocupación melódica. Aquí los acordes aparecen al desnudo, sin el ropaje de los arabescos y duplicaciones de obras precedentes que los encubran. El punto culminante de tal desnudez y despojamiento podría ser el Vals número VI, en donde con casi sólo tres notas simultáneas entre las dos manos, se producen unas agrias y secas disonancias que son fruto de sus preocupaciones contrapuntísticas.

 

Esta ascesis armónica, si a alguno podríamos decir que se acerca es a los incisivos choques de Satie y de Schoenberg, por la utilización de los tonos puros, más que a las sedosas iridiscencias de Debussy. Esto quizá motivó el que la obra causase tal desconcierto no sólo entre sus adversarios, sino hasta entre sus propios admiradores, al ser presentada por primera vez en forma anónima por el nuevo grupo de la Société Musicale Indépendente en 1911. Aparte de las irónicas atribuciones a Dubois, no anduvieron descaminados quienes llegaron a atribuírsela a Satie, otros a Kodaly y los menos a Ravel.

 

Si el compás ternario, frases balanceadas y algunos giros y sutilezas armónicas de los Valses pudieran recordarnos los valses vieneses de los Strauss, lo que sí es cierto es que no pretenden imitar el vals, sino evocar una época romántica, a cuyo mundo quiere retrotraernos en un ambiente de rico y austero endurecimiento armónico. Parte del material temático de los Valses sería empleado también en La Valse.

 

Fuente: Mariano Pérez Gutierrez para el ciclo “Integral para piano de Maurice Ravel” – Fundación Juan March, 1987.

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