Antonio Vivaldi y la viola d’amore

Diciembre 27, 2015 11:23 pm

Por Francesco Milella
De todos los instrumentos protagonistas en los conciertos de Vivaldi, la viola d’amore (viola de amor) es sin lugar a duda el más curioso, interesante y misterioso. Se trata de un instrumento de arco, más grande que un violín, con siete cuerdas bajo las cuales otras siete cuerdas vibran por simpatía, o sea vibran sin ser tocadas por el arco produciendo un hermoso y delicado sonido metálico. La viola d’amore tuvo, tristemente, una vida breve, de casi un siglo, desapareció completamente a finales del siglo XVIII. Volverá a aparecer en 1836 cuando Meyerbeer la incluirá en su ópera “Les Huguenots”, en la bellísima aria de Raoul de Nangis “Plus blanche que la blanche hermine”. Pero será el triste canto del cisne.
El testigo más bello de los cien años de vida de la viola d’amore sigue siendo, más allá de las sonatas de Stamitz, de Biber o del mismo Bach, la serie de ocho conciertos que Vivaldi compuso en sus años al servicio del orfanato para mujeres de Venecia. Muchos, expertos y amantes, se han acercado a ellos más por su unicidad y su interés histórico que por su valor musical, ya que de hecho se trata de los únicos conciertos compuestos por un gran compositor para este instrumento tan original. En realidad, estos conciertos merecen ser conocidos por la objetiva calidad de su música. Un ejemplo lo explica todo: el concierto para viola d’amore y laúd en re menor RV 540.
Se trata de un interesantísimo concierto donde Vivaldi, a pesar del título, pone la viola d’amore al centro de todo dejando el laúd como co-protagonista en pequeños momentos de diálogo con la primera. Vivaldi, dicen algunos musicólogos italianos, hubiera sido capaz de componer un concierto incluso para una lata de atún, por su sensibilidad en captar inmediatamente el timbre y las cualidades de cada instrumento. Logró así componer música perfectamente adecuada a sus capacidades. Lo vimos con el laúd, con la mandolina y ahora lo vemos con la viola d’amore.
Vivaldi, consciente del timbre metálico y brillante de la viola d’amore, busca un lenguaje amplio, melódico, suave y al mismo tiempo lleno de acordes redondos y llenos, donde las cuerdas simpáticas (las que se encuentran debajo de las principales) puedan vibrar con mayor fuerza y elegancia. Un lenguaje realmente fascinante que nunca deja de encantar e impresionar desde el primer movimiento, a pesar del tono inseguro, casi inestable, dudoso e incierto del estribillo inicial. Es en los episodios solistas de la viola d’amore en donde la música encuentra una dulzura contagiosa, una homogeneidad y un equilibrio que ya hemos aprendido a apreciar en otros conciertos. Y lo mismo se puede decir del tercer movimiento, donde el tono puntiagudo y casi nervioso del estribillo dialoga con las frases amplias y llenas del instrumento solista creando contrastes típicamente barrocos.
El verdadero centro de este concierto es el segundo movimiento, y no por su posición central, entre el primero y el último, sino por su belleza total. Todo empieza con una frase delicada y tierna de la viola d’amore acompañada, con prudencia y discreción, por el bajo. Es una melodía sencilla, clara, inmediata pero emocionante en donde nada, ninguna nota o frase, ningún juego melódico o armónico, parecen fuera de lugar. Todo encaja perfectamente para realizar un momento musical que nos atrapa y nos seduce. Y así continúa la música con una escritura homófona, que preve el uso de cuerdas individuales. Todo parece homogéneo y estable, cuando de repente aparece una nueva, bellísima frase melódica realizada por puros acordes. Todo cambia. La música encuentra una nueva dimensión, más profunda, más luminosa: las cuerdas de la viola d’amore brillan, vibran ofreciendo un sonido radiante y delicado, tierno y humano. Al laúd no le queda más que acompañar silenciosamente y con su simpática geometría este momento. Un momento hermoso, agraciado, frágil y discreto y tremendamente breve. Como la historia de la viola d’amore.

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