Guillaume Tell, el último esfuerzo de Rossini

Publicado: noviembre 17, 2018 Última Modificación noviembre 17, 2018 Por: adminmusica

Por Francesco Milella

Con el extraordinario triunfo de Semiramide en 1823 termina definitivamente la aventura italiana de Rossini:  a partir de ese momento será París la ciudad con la que el gran compositor se identificará transformando por completo su estilo de vida y su lenguaje musical. En efecto, no podía ser de otra forma: la importancia del puesto (y del sueldo) que las autoridades parisinas le habían ofrecido – directeur de la musique et de la scène al Théâtre-Italien (el teatro de la ópera italiana de París) – justificaban cualquier esfuerzo por parte de Rossini para adaptarse a las nuevas condiciones profesionales. Ya basta con empresarios, sopranos que complacer y libretistas constantemente en retraso: ahora Rossini podía contar con un sueldo del gobierno y el completo apoyo de las autoridades locales.

La relación entre Rossini y París fue perfecta: por un lado, en la capital francesa Rossini encontró el éxito y la estabilidad que tanto necesitaba. En pocos años su mansión en las afueras de la ciudad se transformaría en uno de los salones más prestigiosos de París: todos -escritores, artistas y, desde luego, músicos- participarían en las fiestas celebradas en casa Rossini para conocer su fina y brillante persona, así como a las grandes personalidades que lograba reunir. Por el otro, lo que París encontró en Rossini fue mucho más que un compositor de moda: su música ofrecía el universo sonoro que la capital francesa tanto necesitaba para seguir alimentando los vientos de modernidad que el ocaso de Napoleón y los logros del Congreso de Viena habían liberado. París se estaba transformando en la capital de la Europa moderna, liberal, democrática y burguesa. El mundo de Rossini era la más perfecta transposición musical de este nuevo mundo que estaba surgiendo de las cenizas de la Revolución Francesa y sus secuelas.

La actividad de Rossini en París fue, en realidad, menos intensa de lo que él mismo se esperaba: en algunos casos, como en el Comte d’Ory (1828), Rossini se limitó a recuperar partes enteras de su primera ópera parisina Il viaggio a Reims (1825). Pero en la mayoría de los casos, Rossini retomó sus óperas napolitanas para adaptarlas al gusto francés, más escenográfico y elaborado que el italiano: añadiendo momentos de danza, una orquestación más suntuosa y, obviamente, con libretos en francés, Maometto II se transformó en Le siège de Corinthe (1826), Mosè in Egitto en Moïse et Pharaon (1827).

Todo el esfuerzo de Rossini en París se concretizó en una sola ópera, una ópera cuya complejidad y duración superarían cualquier récord (la versión integral supera las cinco horas y media); una ópera tan llena de extraordinario y novedoso material teatral, escenográfico y musical que de ella surgiría en pocos años la magnificencia del grand opéra. Esa ópera es el Guillaume Tell, conocida también en la versión italiana con el título de Guglielmo Tell, presentada en el Théâtre de l’Académie Royale de Musique el 3 de agosto de 1829, con un cast vocal que incluía a las mejores voces de la época: el tenor Adolphe Nourrit (Arnold), el barítono Nicolas Levasseur (Walter) y la soprano Laure Cinti-Damoreau (Mathilde).

La transposición operística de la obra de Schiller sobre la liberación del pueblo suizo guiado por Guillaume Tell (la historia es tan compleja que solo los antecedentes requerirían una página entera para ser contados), fue, para Rossini, un esfuerzo descomunal. «Me tardé cinco meses en terminar la ópera y me pareció demasiado». El trabajo fue largo, intenso y pesado: por primera vez el gran compositor italiano abandonaba por completo el mundo de la ópera italiana para componer una ópera al estilo francés, con sus tradiciones, sus reglas y sus costumbres. Aun así, el triunfo fue total: el último de toda su vida.

Después de Tell, en 1829, a tan solo treinta y nueve años de edad, Rossini entraría en una larga fase de silencio, rota esporádicamente por algunas composiciones religiosas (el fabuloso Stabat Mater en 1842 y su última Petite Messe Solennelle en 1863) y por composiciones de cámara como las Soirées musicales y los famosos Péchés de Vieillesse. Al cerrar este breve recorrido entorno a Rossini es fundamental preguntarnos por las razones de este silencio para entender su valor de artista, su profundidad como ser humano y, finalmente, la importancia de esta ópera. Para muchos todo se debía a su estado de salud mental, demasiado precario para garantizar estabilidad (en pocos años Rossini entraría en un severo estado de depresión y obsesión). Para otros, categoría a la cual creo pertenecer, el silencio fue el resultado de una distancia insuperable entre Rossini y su universo musical, profundamente “barroco” en su obsesión por el belcanto, y la sociedad que en esos años se estaba consolidando en Europa, cada vez más romántica e idealista. El Guillaume Tell, su ópera más romántica y menos “rossiniana” con su melancólica intimidad, con sus monumentales coros, sus danzas y sus grandes escenas, es la mejor respuesta a esta sociedad en la que Rossini ya no lograba reconocerse. Lo que el compositor italiano parece decirnos (se vale dejar libre nuestra fantasía ante genios tan grandes) con su última ópera es tan claro como fascinante: «el mundo está cambiando. Podría continuar y responder a sus gustos: esta ópera es la demostración de lo que podría hacer. Pero prefiero callar y seguir siendo lo que fui». No podemos saber lo que habría sido Rossini si hubiera continuado a componer música (como no podemos saber lo que habría sido Mozart si la muerte no hubiera llegado tan pronto para él). Pero lo que sí sabemos es lo que fue y lo que dejó en su intensa y breve trayectoria artística: un genio luminoso y un patrimonio musical, ambos testigos de una música vivida con el placer del juego y la esperanza de la ligereza.

 

Guillaume Tell (versión en francés integral)

Guglielmo Tell (versión en italiano)

Libreto en español

 

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