Antes del mito: el nacimiento del romanticismo ruso

A lo largo del siglo XIX, el mundo ruso comienza a definir su identidad musical alejándose, entre debates y pleitos, del mundo occidental para buscar su propia voz.

Romanticismo ruso
Por Francesco Milella Última Modificación marzo 5, 2021

A lo largo del siglo XIX, el mundo ruso comienza a definir su identidad musical alejándose, entre debates y pleitos, del mundo occidental para buscar su propia voz. 

Las semillas de una gran escuela

Por casi dos siglos, desde el nacimiento y la difusión de la ópera hasta los años de la Revolución Francesa (1600-1800), el imperio ruso vivió bajo la constante y poderosa influencia de la música italiana: compositores, cantantes y empresarios viajaban desde Nápoles o Venecia hacia los grandes fríos del norte para satisfacer el gusto cosmopolita de las élites de San Petersburgo en su afán por apoderarse de las modas de la Europa continental y mediterránea. Pocos eran los compositores locales y solo los que viajaban a Italia o, más tarde, a Francia o Alemania para estudiar y perfeccionarse lograban finalmente conquistar su propio espacio en su patria y competir con los compositores internacionales más célebres. Por todo el siglo XVIII – los casos pocos conocidos de Yevstigney Ipat’yevich Fomin (1761-1800) y Mikhail Matinskij (1750-1820) son ejemplares – los compositores rusos persiguieron el estilo italiano sin (casi) nunca buscar el reflejo de una identidad local y auténtica: lo que se buscaba, sobre todo durante los años de Catarina de Rusia (1760-1796), era modernizar el imperio y acercarlo a la modernidad y a la grandeza de los grandes centros europeos. Nación, identidad y patria eran conceptos poco prioritarios para elites locales que preferían hablar francés, leer a Rousseau y escuchar los conciertos que Giovanni Paisiello había compuesto para ellos. 

Glinka y Dargomyžskij

Con el siglo XIX y la Revolución Francesa las cosas comienzan a cambiar. Los compositores rusos siguen viajando a Italia y Francia, pero regresan a Rusia con nuevas inquietudes y el deseo de usar su proprio conocimiento para dar voz a la identidad de su patria. Así es como Michail Ivanovič Glinka (1804-1857), genio internacional educado entre Italia y Francia escuchando a Rossini, Donizetti y Cherubini, comienza a usar el bel canto, el contrapunto y la estética del grand-opéra para representar elementos y protagonistas de su cultura local. Sus dos óperas, Una vida por el Zar y Ruslán y Liudmila, aun siendo profundamente occidentales en su lenguaje y estructura, se caracterizan por una presencia dominante del coro, un gusto cada vez más oriental y exótico en la armonía y en la instrumentalización y, sobre todo, por temas y personajes locales.

Con Aleksandr Sergeevič Dargomyžskij (1813-1869) el acercamiento a la tradición rusa es más evidente. Como Glinka, también Dargomyžskij viaja a Europa, estudia las sinfonías de Beethoven, se acerca a la ópera italiana y conoce desde cerca la riqueza del mundo musical francés. Sin embargo, manteniéndose en el territorio operístico, más popular y eficaz en la transmisión de ciertos mensajes respecto a la música instrumental, Dargomyžskij se aleja de manera más radical de la tradición occidental respecto a Glinka buscando un recitativo y una expresión musical más auténticamente rusos. Sus óperas Rusalka y El convidado de piedra sobre un libreto de Aleksandr Sergeevič Puškin, hoy poco conocidas y casi nunca puestas en escena, definen más claramente la posición de la música rusa respecto a la hegemonía occidental en la primera mitad del siglo XIX. De hecho, son estos los años en que la comunidad cultural rusa se divide en dos partidos opuestos: el primero, encabezado por el compositor Aleksandr Nikolaevič Serov (1820-1871), aplaude la influencia occidental ya no italiana sino alemana; el segundo, representado por el crítico musical Vladimir Vasil’evič Stasov (1824-1906), se opone a dicha influencia a favor de una expresión musical más local apoyando a compositores locales. 

El ‘Grupo de los Cinco’

Y es precisamente gracias al apoyo del mismo Stasov que, a partir de 1856, el aristocrático Milij Alekseevič Balakirev (1836-1910) funda el primer grupo de jóvenes compositores rusos. Conocido actualmente como el ‘Grupo de los Cinco’, reunía figuras de distintas profesiones y clases sociales, pero todas con un objetivo musical muy claro: componer una música nacional, lejos de la formalidad académica occidental y capaz de dar voz a las tradiciones folklóricas y al canto litúrgico ortodoxo, dos pilares de la identidad rusa que el dominio de la música occidental había dejado por siglos al margen de la historia. El ingeniero y profesor de fortificaciones militares Cezar’ Antonovič Kjui (1835-1918) fue el primero en formar parte del grupo, acompañado, pocos años después, por el militar del ejército Modest Musorgskij (1839-1881), el miembro de la marina rusa Nikolaj Rimskij-Korsakov (1844-1908) y, finalmente, el químico y médico Aleksandr Porfir’evič Borodin (1833-1887). El grupo, constituido en mayo de 1867 en San Petersburgo después de un concierto ofrecido en ocasión de una exposición de etnografía rusa, duró solo un año a causa de las diferencias y contrastes entre sus cinco miembros. Sin embargo, después de su ruptura, algunos de ellos lograron emprender su propio camino y dejar una herencia extraordinaria en la historia de la música más allá de las fronteras rusas. 

Fuente: Francesco Milella para Música en México

Francesco Milella
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