El carnaval de Offenbach

Mientras Europa busca y construye sus mitos ideales, el genio de Jacques Offenbach la coloca frente al espejo de sus vicios con un teatro musical cínico e irreverente.

El carnaval de Offenbach
Por Francesco Milella febrero 12, 2021 Última Modificación febrero 12, 2021

Mientras Europa busca y construye sus mitos ideales, el genio de Jacques Offenbach la coloca frente al espejo de sus vicios con un teatro musical cínico e irreverente. 

Para empezar, una anécdota…

Pocos, muy pocos, lograron romper el largo y doloroso silencio en el que Gioachino Rossini se había encerrado después de su último esfuerzo de Guillaume Tell en 1829. Ni los frecuentes viajes a Italia ni sus encuentros parisinos con Wagner, Berlioz y Balzac, entre otros, lograron estimular su genio ya cansado y obsesionado y empujarlo a componer de nuevo. Sin embargo, entre sus inconstantes composiciones para piano y marchas auto celebrativas (como la Corona d’Italia, que reciclaría para Maximiliano de Austria, emperador de México en 1865) Rossini vuelve a encontrar su voz al final de su vida con una breve composición para piano compuesta entre 1865 y 1868 y publicada en el X volumen de los Péchés de vieillesse con el título de Petit caprice dans le style d’Offenbach. Responsable de esta composición era, obviamente, nada más y nada menos que el ya célebre compositor francés Jacques Offenbach quien, con sus geniales e irreverentes operetas, había logrado picar y, finalmente, estimular el ánimo del viejo e indolente Rossini. ¿Qué había sucedido? En 1865 Offenbach había estrenado una de sus operetas más exitosas, La Belle Hélène, una sensacional parodia de la política internacional europea contra Francia a través de los personajes mitológicos griegos. En dicha opereta Offenbach se había atrevido a retomar el memorable terceto del Guillaume Tell – ‘Quand l’Helvétie est un champ de supplices’ – para transformarlo en el coro ‘Lorsque la Grèce est un champ de carnage’, desacralizando los nobles sentimientos y tonos majestuosos de la mítica y última ópera rossiniana. El genio italiano, divertido por tanta ironía y humorismo – sentimientos que él mismo conocía y compartía –, respondió con el mismo tono. Para los parisinos Offenbach traía mala suerte: todos al verlo pasar por las calles o en los teatros, solían hacer los cuernos con la mano. Rossini conocía muy bien estos chismes y compuso su Petit Caprice no solo parodiando las melodías y el estilo de Offenbach, sino también exigiendo al intérprete tocar varios momentos de la partitura con el segundo y el quinto dedo de la mano derecha, es decir los mismos que los parisinos usaban para simular los cuernos de la mala suerte contra el pobre Offenbach. ¡Refinadísima venganza! 

Dos genios, un sentido del humor

Esta deliciosa anécdota nos pone frente a dos inmensos y muy parecidos compositores de ópera del siglo XIX: Gioachino Rossini (1792-1868) y Jacques Offenbach (1819-1880). Esta breve historia nos muestra un sentido del humor, una ligereza y un cinismo que ambos compartían. No es casual que de todos los compositores ‘víctimas’ de la mirada cínica de Offenbach, solo Rossini haya sabido contestar con tanto gusto e ironía, cualidad que, por ejemplo, no encontramos en Wagner. Tanto Rossini como Offenbach sabían cómo burlarse de su tiempo y su sociedad con inteligencia: así como Rossini ridiculizaba las costumbres de la sociedad con La Pietra del Paragone o La Cenerentola, y parodiaba las músicas de dioses como Bach y Beethoven a través del personaje del Barone di Trombonok en Il viaggio a Reims, de la misma manera Offenbach había aprendido a remedar los mitos de su tiempo. A pesar de la cercanía cultural y musical con Rossini, Offenbach fue en muchos otros aspectos, una figura muy distinta, igualmente revolucionaria y, a su manera, única e irrepetible. 

Un mundo de operetas

Después de haber crecido en una familia de músicos judíos de Colonia en 1819 (su nombre de nacimiento era Jakob), Offenbach se trasladó muy joven a París para estudiar chelo y composición. En 1855, tras haberse convertido al catolicismo, logra fundar su teatro, el Théâtre des Bouffes-Parisiens, comenzando una larga trayectoria de compositor y director de teatros parisinos hasta 1875 (el segundo teatro fue Théâtre de la Gaîté): espacios aparentemente secundarios respecto a las grandes casas de ópera de la capital donde Offenbach fue expresando y explorando su genio, su humor y su cinismo musical y teatral en sus casi cien operetas, entre las cuales vale la pena mencionar, además de la La Belle Hélène, Orphée aux enfers (1858), La Vie parisienne (1866) La Grande-Duchesse de Gérolstein y Robinson Crusoé  (1867) y La Périchole (1868), Madame Favart  (1878). Su extenso catálogo se cierra con Los cuentos de Hoffmann, la única ópera compuesta por Offenbach, considerada por muchos su obra más refinada y compleja, hoy en día es la más representada. Una obra maestra que su repentina muerte en 1880 dejó incompleta. 

Una música contagiosa.

Entrar en el mundo teatral de Offenbach puede ser una experiencia extremadamente agradable y ligera, antídoto para todos aquellos que siguen pensando la música histórica en términos de aburrimiento y pesadez. Cada una de sus operetas nos envuelve con una música contagiosa, brillante, inmediata: un verdadero juego de ritmos de danza y armonías realmente irresistibles. Podríamos mencionar el célebre Can-Can de Orphée aux enfers o la Barcarolle de Les Contes d’Hoffmann, pero la verdad no haríamos justicia a todas esas páginas instrumentales y vocales de su catálogo que nos ofrecen momentos igualmente memorables y de apabullante genialidad, refinados como una melodía de Bellini e inmediatos como una canción popular, contagiosa como las mejores melodías de Verdi y Rossini, y patética como los duetos de amor de Gounod. Sin embargo, una mirada como esta sería limitante e incluso ofensiva para un compositor cuyo genio fue más allá de la pura forma sonora y que fue capaz de usar la música como instrumento de parodia e ironía profunda y sagaz, aguda y brillante como ninguno, con la excepción, quizás, del buen Rossini. 

Un teatro irreverente.

El teatro de Offenbach nos ofrece un panorama único sobre la sociedad europea de la segunda mitad del siglo XIX, con sus vicios, problemas y obsesiones. Mientras Wagner, Gounod y Verdi celebran un mundo de seres ideales y valores ejemplares, Offenbach representa en el escenario la carnavalización de su sociedad burlándose de sus vicios y nuevos mitos como la tecnología, la guerra, el dinero y el sexo, derribando la realidad y representando mundos al revés en donde las mujeres se transforman en generales y los dioses explotan en bailes sensuales y cantos grotescos inspirados en melodías nobles y casi sagradas del pasado como el terceto del Guillaume Tell o, podríamos añadir pensando en Les Contes d’Hoffmann, el trágico final de la Norma de Bellini. El teatro de Offenbach no tiene filtros y, como todo tipo de comicidad, puede hacer lo que para otras formas de espectáculo está prohibido. La burguesía reacciona, ayer como hoy, con la carcajada, la risa, la sorpresa, el gusto por lo ridículo, por lo caricaturesco y por la transgresión a la regla sin reconocerse en el mundo que Offenbach representa. Con Offenbach nace una revolución sin precedentes: el escenario operístico y teatral en general se transforma en la plataforma perfecta para la crítica y la parodia del tiempo presente y pasado, abriendo las puertas a esa metamorfosis de la dramaturgia en espejo deformante y grotesco de la realidad que el siglo XX aprovechará en cada forma. Una revolución a la que pocos, en una Europa compulsiva y violenta, sabrán reaccionar con la inteligencia y sagacidad del Petit caprice rossiniano. 

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