Bruckner: el retrato de un hombre moderno

Entre las tormentas culturales y políticas del mundo occidental en la segunda mitad del siglo XIX aparece un compositor capaz de romper, con su calma e inseguridad, los esquemas de su tiempo: Anton Bruckner.

Por Francesco Milella diciembre 1, 2020 Última Modificación diciembre 1, 2020

Entre las tormentas culturales y políticas del mundo occidental en la segunda mitad del siglo XIX aparece un compositor capaz de romper, con su calma e inseguridad, los esquemas de su tiempo: Anton Bruckner. 

A partir de Schubert, el mundo germánico vivió anclado a su propio pasado musical. Nunca dejó de mirarlo, reinterpretarlo, adaptarlo y moldearlo a las exigencias culturales de su presente. En algunos casos se trató de un verdadero desenterramiento como lo fue el estreno moderno de “La Pasión según san Mateo” de Bach, organizado y dirigido por Mendelssohn en 1829. Por el contrario, en la mayoría de los otros casos consistió en un complejo proceso de elaboración de temas, ideas y lenguajes distintos entre ellos. Brahms, por ejemplo, recuperó el rígido contrapunto handeliano para transformarlo en uno de los fundamentos de una música burguesa y decadente. Wagner miró, al contrario, a las grandes arquitecturas bachianas y beethovenianas para imaginar su universo espiritual profano. Y lo mismo hizo Liszt con resultados más íntimos y privados. Cada uno, a su manera, se aferró con cierto orgullo nacionalista a la gran y noble tradición musical que los unió para, a través de ella, imaginar nuevos caminos y soluciones a los retos de su época. La respuesta fue mística en Wagner y Liszt, burguesa y decadente en Brahms, pero ambos casos profunda y maravillosamente heroica. Ante esta realidad, colocar a la figura de Anton Bruckner es una tarea que, por tan fácil que nos pueda parecer, esconde problemas fascinantes que nos pueden ayudar a entender más claramente no solo la belleza de este compositor, sino también las grandes incertidumbres e incoherencias de su época.

La superficie de Bruckner

Acercarse a la música de Bruckner (1824-1896) es una experiencia asombrosa pero nunca traumática. La sensación es de entrar en un terreno majestuoso pero sólido, ajeno a cualquier tipo de inquietud o trauma a los que Wagner estaba acostumbrando al mundo occidental. Nos sentimos envueltos en una interpretación muy respetuosa del pasado sinfónico alemán en donde la intuición de las bellas melodías ‘a la Schubert’ y el rigor compositivo bachiano se mezclan de manera natural y espontánea a las nuevas sonoridades del universo wagneriano. En esta sensación nos respalda también un primer retrato de su vida: una vida de silencios y horas pasadas tocando su órgano en la Abadía de Sankt Florian en las afueras de Linz, como un viejo y severo organista protestante al estilo de Buxtehude o Bach, y largas pausas entre los bosques de la zona, casi siguiendo las huellas que más de cuarenta años antes Beethoven dejaba en las afueras de la cercana Viena. Sin embargo, detrás de esta apariencia tan cautivadora y sorprendente, sobre todo ante la inquietud de la cultura germánica postromántica, Bruckner revela una identidad desestabilizante, más silenciosa y menos heroica de la de sus contemporáneos. 

Reconstruir el retrato de Bruckner

Una mirada más atenta a la vida de Bruckner revela nuevos detalles: después de una infancia solitaria, entregada obsesivamente al estudio de la música, el joven compositor enfrenta una madurez de trabajo mal pagado y poco reconocido como organista y profesor. Vivía rodeado de muchos enemigos, entre ellos Brahms y el crítico Hanslick, y de pocos amigos, muchos de los cuales, además, no dejaban de sugerirle que abandonara la composición y se dedicara a la enseñanza. Por décadas, por lo menos entre 1850 y 1870, mientras su trayectoria como docente comienza a dar buenos resultados, sus trabajos siguen permaneciendo en la oscuridad sin cautivar la atención que él deseaba: incluso sus amigos, los pocos que apoyaban su pasión, terminaron por empujarlo a cambiar completamente sus obras y sus ideas. Bruckner, hombre tímido, frágil y con poca autoestima, termina cediendo a las críticas y a los consejos, pero sin abandonar su pasión por la composición. Su viaje a Alemania en los 70’ cambia finalmente la situación: la admiración de Wagner y de los directores Hans Richer y Artur Nikisch abre las puertas a sus primeros, grandes triunfos. Sus sinfonías, sobre todo la Tercera y la Cuarta, son representadas en Alemania y en toda Europa, incluso en los Estados Unidos, con un éxito inesperado para Bruckner, que le regaló un final de reconocimientos y respeto.  

Su música completa este retrato de manera sorprendente. Desafortunadamente sus pésimos amigos tuvieron una influencia relevante en su música de tal manera que lo que hoy escuchamos de Bruckner tiene necesariamente que ser interpretado como el resultado de una cierta condescendencia y pasividad. Sin embargo, y afortunadamente, esta influencia logró preservar la parte más profunda de su genio. La música de Bruckner nos aparece como un organismo majestuoso y complejo, no solo por el volumen de sus obras y las orquestas y coros que requiere – pensemos en sus Misas y su Te Deum -, sino también por la complejidad de su lenguaje en donde formas del pasado dialogan con Wagner de manera inquieta e insegura, en un constante proceso de reconsideraciones y reflexiones. Es lo que vemos, por ejemplo, en sus nueve sinfonías y en las múltiples versiones que el mismo Bruckner aprueba y difunde en varias etapas, casi luchando entre el deseo de afirmación personal, profundamente romántica, y la ambición profesional y social, profundamente humana. Su música y, sobre todo su manera de componer, nos entrega un ser humano modernísimo, creyente y tranquilo, pero al mismo tiempo, inquieto, inseguro en lo que respecta a su propia arte: un hombre que no logra encontrar su lugar y el lugar de su música en un mundo demasiado moderno, esquizofrénico, agresivo y deshumanizado. 

Francesco Milella
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