La Donna del Lago: Rossini se vuelve romántico

Publicado: octubre 12, 2018 Última Modificación octubre 12, 2018 Por: adminmusica

Por Francesco Milella

En 1815 Rossini estaba en la gloria de la música europea: los éxitos de los años anteriores, de Tancredi a L’Italiana in Algeri, habían comenzado a llenar las temporadas de los teatros de toda Italia y de Europa. Todos querían a Rossini, escuchar sus óperas y conocer su brillante y agradable persona. Pero una persona en especial parecía desearlo más que cualquier otra: conocía perfectamente su talento y sabía, con la seguridad que solo los grandes hombres de negocio tienen, que sus óperas futuras serían aún mejores que las pasadas y que, por lo tanto, había que aprovecharlas. Ese hombre era Domenico Barbaja (1778 – 1841), empresario del Teatro San Carlos de Nápoles.

Hombre vulgar e ignorante (dicen que apenas sabía escribir italiano de forma correcta), Barbaja, de ser mesero en el café del Teatro alla Scala (donde probablemente inventó lo que hoy se conoce como cappuccino), pasó a hacerse cargo de la gestión de los juegos de ese teatro milanés, con la cual acumuló una buena cantidad de dinero que le permitió comenzar una carrera empresarial autónoma. En pocos años, gracias a su extraordinaria astucia, tomó bajo su control los más grandes e importantes teatros de Europa. Entre ellos, el San Carlo de Nápoles ocupaba una posición muy especial dada la tradición operística que caracterizaba dicha ciudad: fundado en 1737, en plena dominación borbónica, con los años se había transformado en una referencia fundamental para el repertorio operístico italiano tradicional a nivel internacional. Pero ahora, después de las glorias de Giovanni Paisiello y Domenico Cimarosa, el teatro estaba viviendo un momento de incertidumbre y silencio.  Era necesario buscar un compositor capaz de volver a levantar la gloria del San Carlo y colocarlo nuevamente entre los grandes teatros de Europa. Barbaja no tenía alguna duda: Gioachino Rossini era la persona adecuada.

De 1815 a 1822 Rossini fue director musical del San Carlo. Es superfluo decir que esos años fueron los más gloriosos de su historia debido a una muy feliz coyuntura entre el genio Rossini, con un estilo musical que ya hemos aprendido a conocer, y los cantantes que Barbaja tenía a disposición en el San Carlo, los mejores de la época: Isabella Colbran, soprano y esposa de Barbaja (por lo menos hasta la llegada del alegre Rossini), los tres tenores Giovanni David, Andrea Nozzari y Giovanni Ciccimarra, y el bajo Michele Benedetti. La primera ópera del duo Rossini-Barbaja (y sus cantantes) fue, en 1815, Elisabetta Regina d’Inghilterra acompañada, después de un paréntesis de dos años en Roma (para el Barbero y La Cenerentola), Armida en 1817 y Mosé in Egitto 1818.

En Nápoles, gracias a la extraordinaria calidad de los cantantes y de todo el Teatro, Rossini tuvo a disposición los instrumentos necesarios para perfeccionar aún más su lenguaje musical y conseguir una nueva madurez estilística, sobre todo en el repertorio serio. Perfecto ejemplo de las transformaciones que la música de Rossini fue viviendo en los años napolitanos es La Donna del Lago, compuesta en 1819 para el San Carlo y sus cantantes.

El libretto de Andrea Leone Tottola, inspirado en el poema de Sir Walter Scott The lady of the lake, cuenta la historia del complicado amor entre Elena, la donna del lago e hija de Douglas d’Angus, y Malcom Groeme. Jaime V, rey de Inglaterra, ama en secreto a Elena y, a menudo, va a visitarla al lago de incógnito, bajo el nombre de Uberto. En una de sus frecuentes visitas descubre que su amada es hija de Douglas, noble que traicionó la corte para unirse con los rebeldes, quien, a su vez, planeó casar a su hija Elena con el joven Rodrigo. Antes de la batalla de los hombres de Douglas y Rodrigo en contra de la corona inglesa, el Rey (en realidad Uberto) visita nuevamente a Elena, la cual le confiesa su amor por Malcom. Sin esperanza alguna, el Rey le regala románticamente un anillo rogándole que lo presente en cualquier momento de necesidad para obtener su ayuda. En la batalla, como era fácil suponer, Douglas y sus hombres se entregan al Rey. Junto a ellos se presenta también Elena con el anillo que había recibido de Uberto. En ese momento descubre la verdadera identidad de ese joven y romántico amante. Sin darle más vueltas a la historia, todo termina con la celebración del amor original entre Elena y Malcom con la aprobación del Rey y el perdón a sus enemigos.

Por primera vez, Rossini se acerca al mundo rómantico del Norte de Europa con los valores auténticos, la naturaleza salvaje y las creaturas fantásticas que Los Cantos de Ossian de James MacPherson estaban difundiendo con tanta rapidez por toda Europa. La música de Rossini, hasta ese entonces paradigma del estilo mediterráneo, adquiere nuevas tintas, más tenebrosas, pero, aun así, perfectamente coherentes con las reglas del teatro “all’italiana”: lo que Rossini busca no es romper la tradición italiana moviéndose hacia el norte (el belcanto sigue vivo y, con él, la división entre arias, cavatinas, cabalettas, concertati, etc…), sino expandir sus posibilidades y sus matices musicales con nuevos colores.

Las reacciones del público napolitano, demasiado viciados por un gusto local, no fue la que Rossini y Barbaja esperaban: la presunción y el egocentrismo italianos todavía no permitían contaminaciones con el mundo transalpino. Se creían los mejores y, como tales, no aceptaban que la ligereza transparente e inmediata de su ópera fuera infectada por las pesadeces intimistas y reflexivas del romanticismo norteño. Querían placer y distracción, pero lo que Rossini les estaba dando era pasión y empatía. No es casual que uno de los grandes admiradores de esta ópera haya sido el gran poeta italiano Giacomo Leopardi, quien tuvo el privilegio de ver la puesta en escena de La Donna del Lago en Roma. Así comentó, en una carta a su hermano, las sensaciones y las emociones que la música de Rossini desató en él: «tenemos en el Teatro Argentina (de Roma) La Donna del Lago, cuya música, interpretada por voces estupendas, es maravillosa. Yo también podría llorar con ella, si todavía tuviera el don del llanto».

 

Opera completa (Teatro alla Scala 1992)

Libreto en español

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