Las sonatas de Handel

Publicado: julio 7, 2018 Última Modificación julio 7, 2018 Por: adminmusica

por Francesco Milella

Hojeando el abundante catálogo de obras de Georg Friedrich Handel, es fácil caer en la tentación de detenerse en cada categoría y visualizar todos sus infinitos detalles: fechas, año de publicación, títulos, dedicatorias, ciudades… cada grupo nos entrega un universo de informaciones que reitera la complejidad, la internacionalidad y la flexibilidad del genio handeliano. Aun así, de todas estas categorías, seguramente acabaríamos ignorando la que aparece bajo el nombre de “Sonata”: una larga lista de más de cincuenta composiciones (algunas probablemente de otros compositores), sin dedicatoria ni datos sobre el año y el lugar de composición. Nuestro entusiasmo disminuiría aún más al recordar que la sonata era la forma más difundida y gastada de su época: todo compositor, desde el más mediocre hasta el más genial, solía dedicarse a ella con buena dosis de superficialidad, respondiendo a las costumbres del tiemp más que a su ingenio y sensibilidad.

Después de esta premisa, podemos sin duda afirmar que las Sonatas de Handel no son nada de esto. El catálogo puede ser aburrido, sobre todo porque nos dice muy poco sobre su composición y su finalidad, aunque, como veremos, no es difícil imaginarlo. Pero más allá de la lista de números acompañados por la sigla HWV (Handel Werke Verzeichnis, literalmente: catálogo de obras de Handel) viven un mundo musical de belleza total, elegancia y discreción.

Handel tuvo el primer contacto con el mundo de la sonata en su primer viaje a Italia, entre Roma, Florencia y Venecia (1707 – 1711). Gracias a su espíritu abierto y curioso, el joven alemán fue capaz de interiorizar todo lo que, en esos años, Corelli y toda la escuela veneciana hasta Vivaldi estaban logrando: el perfecto equilibrio entre dimensión armónica y melódica. A su regreso a Alemania y, finalmente, durante toda su estancia británica, Handel fue aplicando lo que Italia le había enseñado, filtrándolo a través de su brillante sensibilidad y de todos los estímulos que la música francesa y la música alemana le aportaban.

No es fácil conocer con exactitud la fecha de la primera sonata, ni identificar con precisión cuál fue, de todas, la primera, aunque es muy probable que los primeros experimentos hayan sido compuestos en Italia.Lo que sí sabemos es que, en 1732, John Walsh, editor de muchas composiciones de Handel, publicó doce sonatas para diferentes instrumentos con el título “Solos for a German Flute a Hoboy or Violin with a Thorough Bass for the Harpsichord or Bass Violin Compos’d by Mr. Handel”. Muy parecida debió de haber sido la historia de las otras cuarenta, recientemente encontradas en archivos y bibliotecas europeas: cada una de las sonatas de Handel, como las de sus colegas italianos y alemanes, fueron compuestas para momentos “domésticos” de ricos burgueses o miembros de la aristocracia inglesa y, por lo tanto, podían ser tocadas con los instrumentos que las circunstancias ofrecían (obviamente cada hogar disponía de un clavecín y un chelo o fagot para el bajo continuo, símbolo de prestigio y poder). El instrumento principal podía ser un violín o un oboe, poco importaba.

El placer, el deleite, el entretenimiento sin complejidades ni majestuosidades: la sonata era un momento de descanso, de convivialidad, lejos del belcanto de los teatros y de las opulentas misas e himnos que cotidianamente se representaban en St. Paul y Westminster. Handel lo sabía y, como buen pragmático, respondió perfectamente a las exigencias y al gusto de su público británico; en más de treinta años dio vida a un amplio corpus de sonatas para los más diversos instrumentos en sus múltiples combinaciones, mezclando el gusto italiano, paradigma absoluto de belleza y elegancia, con elementos franceses, único y extravagante pecado que los puritanísimos ingleses podían permitirse.

Al escucharlas no nos tiene que decepcionar la presencia de temas y frases que Handel ya había utilizado o utilizaría en sus conciertos, sus suites y en sus óperas: no podemos olvidar cómo la estética barroca aceptaba (e incluso favorecía) sin problemas la repetición y la copia de temas propios y de otros compositores, si el resultado era el deseado. Lo que el público valoraba y buscaba era la coherencia estructural, la belleza de la armonía, la dulzura de un tema o de una combinación de instrumentos. El detalle agradable, la sorpresa prudente y discreta, la melancolía sin excesos y la extravagancia amable. Si nos acercamos a estas sonatas con la misma mirada, buscando lo que el público del siglo XVII deseaba (y seguramente encontraríamos muchos más detalles de los señalados), nos daríamos finalmente cuenta de que, detrás de esa extensa lista de números, nos espera uno de los testimonios más auténticos del genio de Georg Friedrich Handel.

 

Trio Sonata en Sol menor n. 6 op. 2

 

Sonatas para flauta

 

Sonatas para violín

Comentarios

Suscríbete y recibe lo mejor de Música en México

Escucha música clásica en línea aquí