Mondonville, el último barroco

Publicado: marzo 27, 2016 Última Modificación agosto 1, 2016 Por: adminmusica

por Francesco Milella

Después de la querelle des Anciens et des Modernes que había animado el mundo de la ópera a principios del siglo XVIII, el mundo francés explotó en una nueva, intensa discusión en contra del mundo musical italiano, su estética, su sistema de organización, sus gustos musicales e incluso su idioma. Dos eran, como siempre, los equipos de este partido: por un lado, representados por Rameau y apoyados por el Rey, estaban los defensores de la música francesa, los nacionalistas; por el otro, los favorables a una ampliación del panorama cultural francés y por lo tanto a una inclusión e imitación del mundo musical italiano. El capitán de este equipo era Rousseau que contaba con el apoyo de la Reina.  

Era la famosa querelle des Bouffons (bouffons era el nombre que se les daba en Francia a los actores de las compañías italianas de teatro que desde el siglo XVI animaban los teatros y las plazas del reino) que explotó como una verdadera bomba en 1752 cuando de Italia llegó La Serva Padrona, un breve intermezzo de un joven, genial y casi desconocido compositor napolitano fallecido en 1736, Giovanni Battista Pergolesi. El éxito de esta breve ópera fue impresionante, demasiado para los defensores de la música francesa quienes, inmediatamente, buscaron un buen jugador en su equipo para enfrentar el éxito de Pergolesi y no perder el partido. Eligieron a Jean-Joseph Cassanea de Mondonville con su ópera Titon et l’Aurore (1753).

Coetáneo de Rameau, obligado a luchar contra el genio de Pergolesi y a ser representante musical de todo un partido cultural en Francia, Mondonville en realidad no tuvo vida fácil. Pero aún así, logró defender su propio espacio musical, superar todos los obstáculos y pasar a la historia como uno de los más refinados compositores de la última fase del barroco francés. Nacido en 1711 en una rica familia de la aristocracia de Narbona, a los 22 años se trasladó a París para continuar sus estudios musicales y comenzar una prestigiosa carrera: en 1744 fue elegido como encargado de la Capilla Musical de Versailles y, entre 1755 y 1762, fue director de los Concerts Spirituels. Murió en Belleville, cerca de París, en 1772. En más de cuarenta años de trayectoria musical, Mondonville, como buen compositor francés, logró acercarse tanto a la ópera (fundamental para poder tener éxito) como a la música instrumental y religiosa, sobre todo durante los años en que fue director de los Conciertos Espirituales en el Palacio de las Tullerías.   

La música de Mondonville es un maravilloso juego. El compositor francés, casi en oposición al gusto medido y equilibrado del barroco italiano, parece explotar todos los elementos de la música en un lenguaje extremo y original. Mondonville hace con los ritmos y melodías lo que quiere: los somete a un esfuerzo continuo, los dilata, los contrae y los transforma sin agotar nunca su belleza y su fuerza, gracias también a una sabia e inédita orquestación donde los instrumentos se unen a diálogos inesperados y originales. El resultado es una música de energía inagotable, con un color exótico, extravagante, brillante. Una verdadera delicia. Pero veamos más de cerca un ejemplo concreto: las seis sonatas en sinfonía op. 3 de 1759, revisión para orquesta del mismo Mondonville de las sonatas para violín y clave de 1734.

Se trata de seis breves composiciones, cuya estructura – a pesar del nombre – sigue el modelo del concierto italiano en tres movimientos. En cada una de ellas Mondonville nos llena de bellísimas melodías que suben y bajan como montañas rusas acompañadas por un ritmo brillante que acelera y frena con impresionante agilidad. La orquesta, de puras cuerdas acompañadas por un fagot y un oboe, responde a este virtuosismo con impresionante elasticidad y facilidad al servicio de la fantasía más divertida de Mondonville. «Trabajé duro para crear algo nuevo». Estas palabras del compositor francés, que comenta las sonatas op. 3, lo dicen todo: su energía, su potencia y su brío extravagante exprimen como un limón el barroco francés, sacándole todo lo que le quedaba por decir. Después de él, todo cambiará para acercarse al estilo galante, marcando el triunfo de la sencillez y del orden.

(Marc Minkowski – Les Musicens du Louvre)

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