Música acuática: una fiesta universal

Publicado: agosto 5, 2018 Última Modificación agosto 5, 2018 Por: adminmusica

por Francesco Milella

Para algunos, entre ellos el célebre y primer biógrafo de Handel John Mainwaring, se trataba de una habilísima estrategia para volver a conquistar el favor del rey de Inglaterra Jorge I, que el mismo Handel había abandonado en 1711 cuando todavía era Príncipe de Hannover. Para otros, era simplemente una ocasión que el joven alemán, recién llegado a la isla británica, no podía perder para granjearse el favor de la alta sociedad británica. Cualquiera que fuera la verdad de los hechos, cuando en 1717 el Rey pidió formalmente la composición de una música para su fiesta en el río Támesis, Georg Friedrich Handel estaba perfectamente consciente del reto que la máxima autoridad inglesa le estaba pidiendo. El mundo de la ópera ya era suyo: el éxito de Rinaldo (1711) y de sus primeros melodrammi lo colocaron inmediatamente en la cima del mundo operístico londinense. Ahora había que comenzar una nueva aventura y conquistar el de la música instrumental.

Las dificultades que las circunstancias estaban presentando parecían ser insuperables. Lo que el Rey quería era un capricho irrealizable: una música de fiesta con una orquesta colocada en un barco cerca de la corte. La música tenía que estar presente sin molestar al noble público, pero tampoco sin desaparecer entre los ruidos del agua y de la multitud de barcos que acompañaban al Rey, desde Chelsea hacia el centro de Londres.Las consecuencias a nivel musical eran evidentes: la orquesta, sin poder ser numerosa, tenía que incluir los instrumentos necesarios para alcanzar un volumen y una calidad tímbrica a la altura de la circunstancia: Handel no podía contar con un clavecín, demasiado incómodo por su tamaño y limitado por su volumen sonoro (fue añadido en las versiones póstumas) pero tampoco podía imaginar una composición para puros instrumentos de aliento cuyo resultado habría sido demasiado vulgar y ruidoso para los oídos del Rey. El compromiso, más fácil de los esperado, fue el de juntar las cuerdas con los alientos de la orquesta barroca (oboe, flauta, fagot, cuernos y trompetas).

Más allá de lo práctico, lo que realmente debió de haber preocupado a Handel fue la estructura y el lenguaje musical de todo el proyecto. En cuanto a la estructura, Handel imaginó tres suites diferentes compuestas por breves momentos musicales, lo ideal para entretener a la corte inglesa evitando excesos formales y sin aburrir excesivamente. A esta estructura respondió un lenguaje breve e inmediato, elegantísimo y refinado, brillante resumen entre la tradición popular inglesa (la danza hornpipe), el universo musical francés (la bourée), emblema de elegancia y magnificencia, y la música italiana (el minueto): un compromiso genial entre lo que la corte más deseaba (la música inglesa), lo que el Rey más conocía y buscaba para exaltar su nuevo reino (la música francesa) y lo que Handel manejaba con mayor seguridad (la música italiana).

Frente a tantas complicaciones prácticas y musicales, la respuesta de Handel no podía ser más perfecta. Así, el 19 de julio de 1717, dos días después del concierto sobre el río, el periódico Daily Courant contaba esa noche: “el jueves por la noche, cerca de las ocho, en Whitehall, el Rey se subió a un barco abierto […] y recorrió el río hasta Chelsea. Estaban presentes muchos otros barcos con figuras notables, tan numerosos que cubrían todo el río. Una de estas embarcaciones estaba reservada para la música, con cincuenta instrumentos de diferente tipo que tocaron por toda la noche […] las más bellas sinfonías compuestas para la ocasión por el señor Handel. Al Rey le agradó tanto la música que pidió que fuera replicada más de tres veces, a la ida y al regreso. A las once inició la cena, acompañada por un nuevo bellísimo concierto hasta las dos. Al terminar la cena, el Rey volvió a su barco para emprender el viaje de regreso acompañado nuevamente por la misma música, hasta el desembarque.”

Desde su primera ejecución, la Water Music de Handel fue recibida con entusiasmo y admiración por todo el mundo musical de la época. Y no es para menos: con ella, el joven compositor alemán supo crear, por primera vez, una obra musical universal capaz de romper esquemas sociales y culturales, y cautivar el interés y el oído del Rey de Inglaterra, del músico más experto y también del interesado más humilde. Mezclando diferentes lenguajes y tradiciones musicales, Handel realizó una obra musical finísima en cada detalle e inmediata en sus formas más superficiales. Por esta razón no nos tiene que sorprender la admiración que Ludwig van Beethoven sentía por Handel “der größte Komponist” (el compositor más grande). En él veía el origen más genuino de lo que, a partir de Fidelio, su genio doloroso fue buscando con tanto trabajo: una música universal.  

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