The Florence Foster Jenkins Story

Nacida en Pensilvania, la socialite y soprano estadounidense Florence Foster Jenkins (1868-1944) pasó al almanaque de anécdotas curiosas del mundo de la música por su completa falta de habilidad para el canto.

Por Música en México Última Modificación diciembre 4, 2021

Nacida en Pensilvania, la socialite y soprano estadounidense Florence Foster Jenkins (1868-1944) pasó al almanaque de anécdotas curiosas del mundo de la música por su completa falta de habilidad para el canto. De familia acomodada, Jenkins recibió lecciones de música en su niñez e incluso llegó a ofrecer un recital de piano en la Casa Blanca, durante la administración del presidente Rutherford B. Hayes. Sin embargo, sus aspiraciones de continuar sus estudios musicales en Europa se vieron truncadas por la negativa de su padre, un prominente abogado y terrateniente. La reacción de Florence, entonces con 17 años de edad, fue fugarse a Filadelfia en compañía de Frank Thornton Jenkins (1852-1917), un médico treintón que terminó por convertirse en su primer esposo. En 1886, tras separarse de Jenkins (quien la había contagiado de sífilis), Florence se lesionó un brazo y vio así truncada su carrera como pianista. Entonces empezó a ganarse la vida dando lecciones de piano, hasta que en 1900 decidió mudarse con su madre a Nueva York. Nueve años después conoció al actor teatral británico St. Clair Bayfield (1875-1967), quien poco después se convertiría en su representante y pareja sentimental. A finales de ese mismo año, la muerte de su padre dejó a Florence poseedora de una respetable suma de dinero con la que se propuso retomar su carrera artística, ahora como cantante de ópera. A la par que empezó a tomar clases de canto, se introdujo en los círculos musicales de la ciudad, convirtiéndose en miembro de docenas de clubes sociales. En 1912 —a los 44 años de edad— ofreció el primero de los atroces recitales con que buscaba fomentar el ambiente operístico neoyorquino. Pronto resultó evidente que Florence tenía una total falta de talento para el canto, pero ella estaba tan dispuesta a convertirse en una verdadera diva operística que hizo caso omiso a las advertencias de sus amigos e incluso llegó a diseñar sus propios (y estrafalarios) vestuarios para causar sensación en escena. No conforme, en 1917 fundó y patrocinó su propia organización, el Club Verdi, del que se autonombró “presidenta soprano anfitriona” y cuyo objetivo era “desarrollar y apoyar el amor por la gran ópera en inglés”. La muerte de su madre, acaecida en 1930, le reportó un aumento de recursos financieros que utilizó para expandir y promover su labor de difusión (!) de las obras maestras del bel canto.

Con más buena voluntad que talento, Florence Foster Jenkins se hizo de un repertorio —desde lieder de Johannes Brahms hasta arias de Giuseppe Verdi, pasando por la endiablada aria de la Reina de la Noche de Mozart y la canción española Clavelitos de Joaquín Valverde, su pieza favorita— muy por encima de sus escasas aptitudes interpretativas, lo cual solo sirvió para enfatizar sus deficiencias, entre las que se encontraban una inexistente afinación, grandes dificultades para mantener el ritmo, una pésima entonación y una nula capacidad para sostener las notas. De hecho, su fiel acompañante en grabaciones y recitales, el pianista mexicano-estadounidense de ascendencia irlandesa Cosmé McMoon (1901-1980), tenía que hacer grandes esfuerzos para ajustar su interpretación a los continuos e impredecibles cambios de Jenkins, que hacía todo menos seguir correctamente la partitura. Sin embargo, por increíble que parezca, fue su falta de pericia vocal lo que dio a Florence Foster Jenkins enorme fama no solo entre el público aficionado, sino también entre reconocidas figuras del mundo de la música, quienes —dispuestas a pasar un buen rato de humor involuntario a costa de la pobre mujer— no se perdían ni una sola de sus extravagantes actuaciones.

¿Tomadura de pelo o verdadero caso patológico de autoengaño? Lo cierto es que Florence Foster Jenkins no cesaba de compararse a sí misma con las grandes sopranos de su momento, a la vez que ignoraba estoicamente las risas del público (que consideraba intentos de sabotaje maquinados por rivales consumidas por los celos profesionales). Aunque controlaba cuidadosamente quién asistía a sus veladas (solo se podía entrar con invitación personal) y disfrutaba las benévolas críticas que sus amigos publicaban en las gacetas de música, también era consciente de los detractores que la ridiculizaban (en una ocasión comentó: “La gente podrá decir que no sé cantar, pero nadie dirá nunca que no canté”). Sin dejarse amilanar, Jenkins continuó ofreciendo conciertos privados en su departamento, en pequeños clubes y —una vez al año— en el salón de baile del hotel Ritz-Carlton de Nueva York hasta que —a los 76 años de edad— cedió a las continuas peticiones de sus admiradores (!) y ofreció un recital abierto al público en general. El evento tuvo lugar el 25 de octubre de 1944 en un Carnegie Hall lleno a reventar de curiosos que querían escuchar con sus propios oídos los para entonces ya míticos atentados de Jenkins contra el arte operístico. Por primera vez, la distribución de entradas estuvo fuera del control de la “diva”, así que bromistas, esnobs y críticos profesionales de música no se hicieron esperar. Por supuesto, al día siguiente los periódicos estaban llenos de sarcásticas reseñas que masacraban sin piedad a la cantante. Cinco días después del malhadado concierto, Florence Foster Jenkins sufrió un ataque al corazón del que ya no se repuso. El 26 de noviembre de 1944, la anti-Callas, la mujer que podía cantar cualquier cosa excepto música, la peor soprano del mundo (entre otros epítetos con que fue calificada), dejaba de existir.

En los últimos años, la asombrosa vida de Florence Foster Jenkins ha sido objeto de varias obras teatrales —Goddess of Song (1999) de Charles J. Fourie, Viva La Diva (2001) de Chris Ballance, Souvenir (2004) de Stephen Temperley, Glorious! de Peter Quilter— y películas —Florence Foster Jenkins: A World of Her Own (2007) de Donald Collup, Marguerite (2015) de Xavier Giannoli, Florence Foster Jenkins (2016) de Stephen Frears y, claro está, The Florence Foster Jenkins Story (2016) de Ralf Pleger, filme que nos ocupa en esta ocasión—.

Aclamado por sus originales películas sobre el mundo de la música, el cineasta y director teatral alemán Ralf Pleger (1967) estudió musicología e historia del arte en la Universidad Libre de Berlín y en la Universidad de Milán, además de contribuir con su muy particular sentido cinematográfico en las más variadas producciones de ópera internacionales. A lo largo de su carrera, Pleger ha colaborado con artistas de la talla del pianista y director de orquesta Daniel Barenboim, el cantante Plácido Domingo, la violinista Anne-Sophie Mutter, el organista y compositor Cameron Carpenter y el director de orquesta Teodor Currentzis en diversos largometrajes y programas de televisión caracterizados por un atractivo concepto visual y un estilo narrativo poco ortodoxo que se han convertido en su firma autoral. Entre los filmes más destacados de Ralf Pleger se encuentran Anne-Sophie Mutter: Dynamik eines Welterfolgs (2008), Händel: Der Film (2009), Die Akte Beethoven (2013), Wagnerwahn (2013) y The Florence Foster Jenkins Story (2016), su trabajo más reciente para la pantalla.

The Florence Foster Jenkins Story es una película en la que el cineasta explora a detalle la insólita carrera (?) y el aún más insólito éxito de una de las exponentes más sui géneris del bel canto en un intento por develar la verdad detrás de su también atípica personalidad. Para ello, aborda la personalidad rebelde, obstinada y excéntrica de Florence Foster Jenkins por medio de una atractiva fusión de elementos propios del cine documental, el cine de ficción y el cine musical, combinando con gran habilidad valioso material de archivo (grabaciones originales y fotografía inéditas), opiniones de renombrados expertos, recuerdos de testigos presenciales y escenas elegantemente montadas en las que brilla la presencia de la superestrella operística estadounidense Joyce DiDonato (1969) encarnando con inigualable garbo y estilo a Florence Foster Jenkins. Quizá el hecho de encomendar a una de las mejores cantantes de nuestro tiempo que diera vida a la peor cantante de la historia pueda parecer extraño, pero el objetivo de Ralf Pleger es presentar a Florence Foster Jenkins no solo como la veía el público de su época, sino también como se percibía a sí misma. Así, la participación de DiDonato hace posible establecer un contraste entre dos perspectivas musicales completamente distintas —las melodiosas interpretaciones que Jenkins creía hacer y el desastre vocal al que sometía a sus escuchas— para proporcionar una acertada impresión del conflicto entre el autoengaño interno y la realidad externa.

Música en México
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