De vampiros, brujas y otros monstruos en la música clásica (Segunda parte)

Publicado: octubre 28, 2016 Última Modificación octubre 31, 2016 Por: adminmusica

Por José Antonio Palafox

Más allá de las mujeres que venden su alma al diablo para obtener poderes mágicos, otros seres tradicionalmente asociados con la magia son las hadas, los duendes y los gnomos. Con aspecto humanoide, estos escurridizos personajes se encargan de proteger la naturaleza y los bosques.

Generalmente evitan que los seres humanos los vean, y no siempre son malignos. Sin embargo, en ocasiones suelen ser extremadamente crueles con las personas que los descubren o sobre las que tienen algún tipo de interés. Así nos lo hace saber Antonín Dvořák en El duende de las aguas, oscuro poema sinfónico que narra la historia de un duende que secuestra a una joven de la que se ha enamorado, se la lleva a vivir bajo las aguas y tiene un hijo con ella. Triste porque extraña a su madre, la joven pide permiso al duende para ir a visitarla. Este accede, pero le ordena dejar al bebé como garantía de que va a volver a su hogar subacuático. La chica acepta, pero tanta es la alegría de su madre cuando la ve de nuevo que no le permite regresar a su hogar. El duende, furioso, decapita al bebé y deja el cadáver junto a la puerta de la casa de la joven. Por su parte, Mussorgsky nos ofrece el perturbador retrato de un gnomo que va dando largas zancadas con sus piernas torcidas mientras aúlla y se convulsiona en el segmento Gnomos de sus Cuadros de una exposición, y Edvard Grieg nos ofrece una imagen musical de sus bacanales en el conocidísimo fragmento En la antesala del rey de la montaña de su obra escénica Peer Gynt. Menos agresivas y tétricas que estos personajes son las hadas que aparecen en El cascanueces de Tchaikovsky, La reina de las hadas de Henry Purcell, el Sueño de una noche de verano (tanto la pieza incidental de Félix Mendelssohn como la ópera de Benjamin Britten) y El jardín de las hadas, última de las cinco piezas que conforman la Mamá Oca de Maurice Ravel.

Modest Mussorgsky: Cuadros de una exposición (I. Gnomos) / The Rotterdam Philharmonic

Orchestra, dirige Valery Gergiev

Carentes de poderes mágicos, y tal vez por ello aún más fascinantes, se encuentran los muertos vivientes. A grandes rasgos, podemos dividir a estos aterradores seres —que representan la más pura e insondable oscuridad— en momias, zombis y vampiros, y si bien todavía no hay ningún trabajo orquestal cuyo tema específico sean los dos primeros (como tampoco las hay sobre los hombres-lobo), lo cierto es que una vez al año los muertos (esos que atravesaron el umbral del inframundo en la barca de Caronte, como describe Sergei Rachmaninoff en su poema sinfónico La isla de los muertos, inspirado por el tétrico cuadro del mismo nombre pintado por Arnold Böcklin) se levantan de sus tumbas para bailar al son del violín del diablo, como hacen patente Camille Saint-Saëns en su famosísima Danza macabra y Arthur Honegger en su oratorio La danza de los muertos. Con el canto del gallo que anuncia el amanecer, los esqueletos de los difuntos vuelven a sus tumbas.

Sergei Rachmaninoff: La isla de los muertos / Singapore Symphony Orchestra, dirige Lan Shui

Camille Saint-Saëns: Danza macabra / Netherlands Symphony Orchestra, dirige Joost Smeets

Sin embargo, algunos de ellos se quedan entre nosotros. Son los muertos vivientes fabricados por la mano del hombre y los no-muertos. Entre los primeros se encuentran el Golem y su descendiente, la criatura creada por la febril mente de Víctor Frankenstein. Entre los segundos, Drácula y otros vampiros. Proveniente de la mitología judía, el Golem es un coloso de barro creado por Judah Loew, rabino de Praga, para defender a su pueblo de los violentos ataques antisemitas.

Silencioso e inmutable, lleno de fuerza pero carente de inteligencia, el Golem solamente cobraba vida cuando su creador introducía en su boca un papel con la palabra Emet (“verdad”). Para devolver al monstruo a su condición original de barro sin vida, bastaba con borrar la primera letra de esa palabra para que quedara Met (“muerte”). Hay quienes aseguran que todavía, cada 33 años, se puede ver al Golem asomarse por la ventana de una habitación sin puertas dentro del gueto de Praga. Para nosotros, lo único cierto es que el compositor inglés John Casken dio vida a la leyenda en su ópera Golem.

John Casken: Golem (Parte II – Leyenda, IV. Those ancient Gods) / Music Projects/London, dirige Richard Bernas

Así como su antecesor, la atormentada criatura fabricada por el doctor Frankenstein a partir de pedazos de cadáveres reanimados por medio de la electricidad es un gigantesco monstruo de más de dos metros de altura que tiene los labios negros y la piel amarillenta, llena de cicatrices. Su aspecto grotesco repugna inmediatamente a su creador, que reniega de él y lo abandona. Pero la criatura tiene inteligencia, por lo que —desconcertada y triste ante la actitud de su “padre”— se dedica a perseguirlo para exigirle lo que todo ser viviente necesita: dignidad y amor. Y sí, Frankenstein, o el moderno Prometeo, la clásica novela de terror gótico escrita por Mary Shelley en 1818, se convirtió en Dr. Frankenstein, una ópera rock compuesta por el músico cubano José Fors (integrante del grupo de rock Cuca), en Frankenstein, un ballet del compositor estadounidense Lowell Liebermann y en I made this, una composición multimedia del músico ucraniano Evgeni Kostitsyn.

Lowell Liebermann: Frankenstein (fragmento del Acto III) / Solistas, cuerpo de baile y Orquesta de la Royal Opera House, dirige Koen Kessels

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