LUCERNA 8 – BERIO: CORO Nabi

Agosto 31, 2014

Dos son las grabaciones que tengo y he escuchado de esta obra, Coro, de Luciano Berio (1925-2003) compuesta ¡es increíble! hace casi 40 años (1975-1976). La obra siempre me había parecido extraña e incomprensible, cosa que atribuía y con razón a mis escasas capacidades para organizar el desarrollo de los sonidos en el tiempo, para establecer la lógica imperante en ciertos discursos musicales que piden conocimientos de técnica musical de los que carezco. Confieso que, con pocas expectativas por la composición de Berio, me encaminé sin embargo a la sala de conciertos donde la obra se anunciaba como segunda parte. De entrada escuché en éxtasis la fascinante primera parte del programa dirigido por Rattle y dominada por la pequeña (Chin) y la gran sirena (Hannigan) de las que hablé en la nota anterior.

Debo confesar también que mis reservas se limitaban a esta obra en particular pues estoy familiarizado con buena parte de la música de Berio y muchos de los datos biográficos que hacen de él, para mí, un paradigma entre los grandes creadores del siglo XX. Puedo confesar también un romance auditivo con el compositor que arranca de las primeras grabaciones que escuché de su música con su entonces esposa, la hanniganesca mezzosoprano Cathy Berberian (invirtiendo la cronología, pues, en verdad, la soprano Hannigan es berberiana). Confieso otro romance más: mi coincidencia con las posiciones políticas y filosóficas que Berio fue tomando a lo largo de su vida siendo yo unos cuantos años más joven que él aunque hubiese entrado prematuramente en esas lides. Y más aun: mi afinidad con los autores italianos de quienes él era amigo: Italo Calvino, Umberto Eco, etc.

Sucede algo particular con esta música: no es para ser escuchada sino para ser presenciada ya que ninguna grabación podría jamás hacerle justicia. Además, hay que adentrarse en el texto pues las palabras suenan indistintas sobre el fondo de la música orquestal. ¿Cómo seguir ese texto que reúne sin recurrir a ninguna referencia folclórica a canciones sioux, polinesias, peruanas, croatas, indias, persas, navajas, venecianas, sicilianas, chilenas y hebreas donde todos los cantos, exactamente 31, giran alrededor de un poema de Pablo Neruda que es el leit-motiv de la obra: “Venid a ver la sangre corriendo por las calles / Venid a ver / El día pálido se asoma / Mirad mi casa muerta” ? ¿Cómo quedarse con la escucha cuando hay que ver la disposición de los instrumentos (44) y de las voces (40) audazmente distribuidos en el espacio escénico en una configuración, a veces cambiante, de unos y otros? Los cantantes, con los tres registros para voces masculinas y con los tres para voces femeninas, están mezclados con la orquesta en agrupaciones tonales; la soprano hace un dúo con la flauta o con el piano, la contralto con el saxofón o la viola, el tenor con el corno y el violín, el bajo con el trombón, el barítono con el fagot y las mezzos con el clarinete mientras que los varios percusionistas no están ligados a los cantantes. Berio ha dicho  su auto-comentario se encuentra en internet  que la distribución de los miembros del coro aspira a reforzar acústica y visualmente el vasto campo de las interacciones entre voces e instrumentos. Él pudo hablar de su obra como una gigantesca “instalación sonora” que induce en el espectador-oyente un compromiso emocional de insondable intensidad. En el programa de mano aparece una inteligente definición del musicólogo húngaro Bális András Varga: “Coro es un réquiem supranacional no litúrgico”. Así es: refleja el dolor del mundo entero y Rattle, en medio de las tragedias que traen la oscuridad a nuestros días, hizo estallar la bomba dolorosa y también sublime de una música inolvidable.

¡Vamos! Sabiendo que no pueden establecerse comparaciones entre obras dispares e inconmensurables animémosnos a decir que este Coro está a la altura de las piezas más bellas y ambiciosas jamás compuestas en términos de música sinfónico-coral. O sea, que puede equipararse a las Pasiones y los grandes oratorios de Bach, a la Novena, al Requiem de Verdi, a la Octava de Mahler… y que esas evocaciones nada tienen de exageradas. Por eso es que el público, que no dejó una butaca vacía en el Konzerthaus de Lucerna, aplaudió con rabioso frenesí esta partitura que, al igual que las obras que acabo de mencionar, seguirá siendo de vanguardia mientras haya melómanos. Que tomen nota los programadores de las salas de concierto del mundo entero.


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