Versalles y el maravilloso juego de la música.

Noviembre 21, 2015

por Francesco Milella

Es realmente curioso y triste observar cómo, visitando hoy los palacios de Versalles, lo único que parece quedar fuera de nuestro alcance, como si hubiera sido olvidado o dejado a un lado solo, reservado al interés  exclusivo de pocos aficionados y maníacos, es la música. ¡Vaya error!

La música era el motor, el pilar de Versalles. Era un elemento presente en cada momento del día: marcaba las diferentes actividades religiosas, militares y recreativas en los jardines y en las majestuosas salas; acompañaba así la vida cotidiana del Rey y desde luego de la corte, transformando Versalles en una de las primeras maravillas de Europa.

Por años musicólogos e historiadores cayeron en la tentación “de la cantidad”, divirtiéndose en hacer listas e infinitos catálogos de todas las obras compuestas en y para Versalles entre los siglos XVII y XVIII. ¿Hermosa ilusión o juego inútil? Quizás ambas. Antes que nada porque nunca podremos saber el número exacto de la impresionante, casi infinita cantidad de danzas, marchas, sonatas, conciertos, coros, misas, óperas escritas para el Rey Sol. En segundo lugar porque más que catalogar (terrible vicio…) sería más útil, y desde luego interesante, abrir los oídos y escuchar lo que la música nos dice, para poder finalmente entender lo más importante al hablar de la música barroca en la corte de Versalles: su relevancia y el papel que esta tenía en la vida de la corte.

La música acompañaba cada momento del día en Versalles, con dos objetivos fundamentales que nos ayudarán a entender aún mejor su belleza y su importancia.  La música en la corte tenía, antes que nada, que celebrar al Rey, el sol de Francia, su grandeza, su fuerza, su elegancia y, al mismo tiempo, la superioridad del imperio frente al resto de Europa, sobre todo España e Inglaterra. Simultáneamente, tenía que amenizar y divertir los infinitos días que la corte francesa pasaba encerrada (pobre…) entre fuentes y jardines, salas y galerías.

En fin, celebración espiritual y placer terreno. ¿Cómo hacerlo? Si escuchamos la antología de “airs” francesas del compositor André Philidor – interpretada maravillosamente por Jordi Savall y su orquesta – percibimos inmediatamente algo diferente, algo que ninguna otra música nos puede dar: ese sentido de fantástico, exótico, majestuoso y seductor. Es realmente un maravilloso banquete musical donde sabores, colores, olores y sensaciones se mezclan y se alternan regalando el puro placer de los sentidos.

La delicadeza de las flautas se une al tono triunfante de los tambores, el sabor occidental de los violines dialoga con el sabor gitano y sensual de las guitarras, los oboes se unen a las panderetas (el famoso tambourin francés). Todo esto en una estructura musical impresionante por originalidad, elegancia y solidez. Todos (o casi) los aires tienen una estructura bien definida: un tema, brillante y penetrante por belleza del ritmo y de la melodía, se repite constantemente. Ninguna repetición es igual a la otra: nuevos instrumentos se van añadiendo dando vida a un “crescendo” fascinante hasta llegar a la explosión final de toda la orquesta en un triunfal cierre. Una forma que Ravel no habrá ignorado al componer su hermoso Bolero.

El placer por el placer. Esta era la música en Versalles: no se buscaban emociones, llantos o risas. Todo era un juego hermoso, divertido, sorprendente, exótico, majestuoso, íntimo. Un juego que la insoportable superioridad de muchos musicólogos e historiadores no ha logrado aceptar mirando así a la música en la corte de Luis XIV con desprecio y desinterés. La verdad es que ¡no saben lo que se pierden!

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