Adagio de la Sinfonía no. 10 de Gustav Mahler

Publicado: marzo 3, 2016 Última Modificación marzo 3, 2016 Por: adminmusica



Orquesta Sinfónica de Cleveland | Pierre Boulez, director

A su regreso a la casa de verano de Toblach se produjo una grave crisis en el matrimonio Mahler. Alma, quien había aceptado resignada orbitar durante una década en torno a Gustav, estaba harta de su egocentrismo. En un viaje de descanso al balneario de Tobelbad, Alma conoció al futuro padre de la Bauhaus, un joven arquitecto llamado Walter Gropius. La pasión surgió inevitablemente entre ambos y ella volvió a sentir de nuevo que era una mujer atractiva y fascinantemente seductora. Alma no pudo evitar que Gropius le escribiera apasionadas cartas. Una de ellas fue abierta por Mahler que, desesperado, llamó a Gropius, conminando a Alma a elegir entre ambos. Ella confesó entonces que no pensaba abandonarle, pese a lo cual su contacto con el arquitecto continuaría y, tras la muerte de su marido, se casaría con él.

Mahler estaba derrumbado. La crisis emocional y de sueño se solucionó visitando a Sigmund Freud en la ciudad holandesa de Leyden. Freud, que ya lo había tratado con éxito anteriormente, consiguió que viera las cosas con claridad, aunque según su propia confesión, tratar de dilucidar la naturaleza de aquella neurosis obsesiva era como “querer cruzar una galería única en una casa misteriosa”.

Sea como fuere, Mahler cambió de actitud y se tornó más atento y cariñoso con Alma. Por primera vez le dedicó una sinfonía, la Octava que estaba a punto de estrenar, y la animó a que volviese a componer, tras habérselo prohibido cuando se casaron. Fue en medio de ese contexto de querer recuperar lo perdido, en que se puso a trabajar en la Sinfonía Nº 10, proyectada como un testimonio de amor hacia su mujer. Esta nueva obra tendría cinco movimientos, al igual que “La canción de la noche” y comenzaría y finalizaría con un adagio.

Mahler tuvo tiempo de completar el gigantesco primer movimiento, que, una vez ejecutado, alcanzaría casi media hora, pero apenas pudo esbozar el resto. Tras la muerte de Mahler, Alma entregó a Bruno Walter los manuscritos de la Sinfonía Nº 9 y La canción de la tierra para que los estrenase. No hizo lo mismo con los esbozos de la inacabada Décima, que Walter le aconsejaba destruir.

Tras muchas dudas, en 1924 Alma publicó el facsimil del adagio, único movimiento completado, y solicitó a su yerno, el músico Ernst Krenek, que estudiase si era viable terminar la sinfonía. Krenek, mal aconsejado, arregló el adagio y el tercer movimiento, con ayuda del falsificador de Bruckner, Franz Schalk, además de Otto Jokl y Alexander von Zemlinsky, algo de lo que se arrepentiría después. Más tarde, el editor Richard Specht animó a Alma a buscar a un compositor de la talla de Mahler para que lo intentase de nuevo, y durante varios años se trató de convencer a Shostakovich y a Arnold Schoenberg, que siempre se negaron a ello. Las primeras grabaciones del adagio datan de los años 50 y se basaron en la versión de Krenek y Jokl, pero este trabajo convencía a muy pocos. Es por ello que en 1960 la BBC pidió al musicólogo inglés Deryck Cooke que hiciera un estudio sobre ella. Cooke examinó entonces el facsímil manuscrito. La obra proyectada tenía que tener cinco movimientos: adagios el primer y quinto movimiento, scherzos el segundo y el cuarto y un breve allegreto central, denominado “Purgatorio o infierno”, según el manuscrito. Las páginas, además, estaban salpicadas de anotaciones viscerales de Mahler, reflejo de la crisis que le había inducido a escribir la obra; la mayor parte de ellas parecían ser intuiciones de la muerte, pero se centraban sobre todo en Alma, a la que no dejaba de llamar cariñosamente.

Por otra parte, el adagio superviviente es una página de gran belleza y llena de serenidad, en la que se advierte a un Mahler más visionario que nunca, que coquetea con la atonalidad y juega con los timbres, llegando a crear un sorprendente cluster. El cluster es un curioso efecto sonoro, resultante de hacer sonar a la vez un grupo de notas próximas entre sí y, en teoría, fue inventado por el compositor Henry Cowell, en 1912. Lo sorprendente de esta historia es que, al permanecer inédito el adagio hasta 1924, Cowell no pudo saber que Mahler ya se le había adelantado. Una particularidad de este único movimiento completo es que no suena en absoluto a Mahler, más bien recuerda al estilo de Richard Strauss (con algunos dejes “tristanescos”), e incluso su comienzo, con la entrada de las violas, guarda cierta familiaridad con Bela Bartok. Es por ello que algunos estudiosos califican a las reconstrucciones de Cooke y los otros como ineficaces, ya que en ellas los cuatro movimientos suenan excesivamente mahlerianos, cuando el primero no apuntaba esas maneras. Y es que todo indicaba que el compositor estaba cambiando de piel, sin darnos tiempo a vislumbrar su nuevo estadio creativo.

Fuente: Luis Mª Fernández Martín para Melómano nº 93, diciembre 2004.

Disfrute esta magnífica obra de Gustav Mahler bajo la ejecución de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México este 5 y 6 de marzo en el Auditorio Silvestre Revueltas del Centro Cultural Ollin Yoliztli. Para mayor información, consulte cartelera.

Comentarios

Suscríbete y recibe lo mejor de Música en México

Escucha música clásica en línea aquí