Cuando Mozart descubrió a Handel

Por Fancesco MilellaEl barroco musical no termina con la segunda mitad del siglo XVIII: desaparecen sus estilos y costumbres para ser remplazados por nuevos lenguajes; […]

Por Música en México mayo 30, 2019 Última Modificación mayo 30, 2019

Por Fancesco Milella

El barroco musical no termina con la segunda mitad del siglo XVIII: desaparecen sus estilos y costumbres para ser remplazados por nuevos lenguajes; mueren sus compositores y muchos son olvidados ante las nuevas modas del clasicismo, pero su herencia musical sigue manteniéndose en vida gracias a un pequeño grupo de músicos y amantes de la música: a finales del siglo XVIII su interés, su curiosidad y su pasión aseguraron la sobrevivencia de partituras e historias del barroco en un periodo en que el historicismo y la conciencia del pasado todavía no dominaban las preocupaciones del ser humano. Es un aspecto de la historia de la música que nos es difícil poder entender plenamente: nuestras mentes viven de historia en una frecuente obsesión por reconstruir el pasado ante el miedo al futuro. En esos años, y por buena parte del siglo XIX, el pasado no generaba tanto interés y, al pasar de una etapa cultural a otra, a menudo se perdían piezas de memoria histórica y musical sin que nadie se preocupara. Por esta razón, la labor de este escaso número de músicos merece una atención especial.

Wolfgang Amadeus Mozart fue uno de los primeros en mirar al pasado musical con interés y curiosidad. Como muchos compositores de su época, en la primera fase de su trayectoria musical, había respirado y estudiado la influencia de tradiciones precedentes cuando, en Italia, compuso sus primeras óperas al estilo napolitano (1770-1775) o, incluso, cuando presentó en Múnich su primera ópera madura Idomeneo, re di Creta (1781) bajo la influencia de la tragédie lyrique francesa. Pero se trató de contactos superficiales que Mozart buscó para poder estructurar de forma más segura sus primeros trabajos. Pocos meses después del debut de Idomeneo, Mozart deja Salzburgo para trasladarse definitivamente a Viena en busca de mayor libertad y nuevas oportunidades musicales.

Es precisamente en Viena, en el año 1782, en donde el joven Mozart conoce al aristocrático holandés Gottfried van Swieten (1733-1803), hombre rico y sincero, amante de la música barroca, quien, a lo largo de su intensa vida, había recuperado partituras de Johann Sebastian Bach y Georg Friedrich Handel para crear su propia biblioteca. Entre los dos nace una buena amistad: el barón van Swieten quiere a Mozart, lo respeta y lo ayuda abriéndole puertas en la difícil sociedad de la capital austriaca y compartiendo sus conocimientos y colecciones musicales. En casa del barón Mozart conoce más de cerca el mundo barroco: Bach y sus fugas, el barroco napolitano de Antonio Cladara y Giovanni Battista Pergolesi. Pero el encuentro más determinante para Mozart es con Georg Friedrich Händel. Sus composiciones, sobre todo sus oratorios, cautivan inmediatamente la atención del joven compositor: la noble majestuosidad de sus coros y la perfección de su estructura armónica representan para él un patrimonio sensacional para poder perfeccionar su proprio lenguaje y poder crecer como compositor en un momento fundamental de su desarrollo musical.

El primer resultado de este encuentro es la Misa en Do menor K 427 (1783): por primera vez, Mozart mira a la tradición barroca que había estudiado en casa del barón van Swieten para realizar una obra majestuosa fuera de cualquier intención pedagógica del repertorio pianístico y camerístico. Los oratorios handelianos ofrecen a Mozart el apoyo necesario para poder alcanzar un lenguaje místico y, al mismo tiempo, emotivo y humano, casi teatral, y dar a la luz una de sus composiciones más emblemáticas y conmovedoras. Cinco años después nace otra composición, el Adagio K 546 para cuarteto de cuerdas, que Mozart publica junto a la transcripción, también para cuarteto, de una fuga para dos pianos que había escrito en 1782. El Adagio sigue el estilo de las oberturas handelianas con sus contrastes rítmicos y su rígido contrapunto: es una obra poderosa, severa e íntima en donde la herencia de Handel trasporta a Mozart hacia un universo casi prerromántico. La fuga que sigue mira claramente hacia Bach acentuando la severidad y el rigor de la composición.

En esos mismos años, entre 1788 y 1790, la amistad entre Mozart y van Swieten da a la luz un ciclo de obras fundamental: la transcripción para orquesta moderna de algunos oratorios de Handel (Acis and Galatea en 1788, El Mesías en 1789, y la Ode for St Cecilia’s Day y Alexander’s Feast en 1790). El objetivo de Mozart es el de reelaborar la música de Handel con las dinámicas y los colores que la orquesta vienesa de esos años podía ofrecer (el cambio más interesante es la introducción de los instrumentos de viento que Handel no conocía, además de la traducción del texto inglés al alemán). El genio de Mozart es más discreto y, sorprendentemente, se dobla con humildad (calidad que nuestro amado compositor no conocía muy bien) ante las partituras de Handel: no las mejora -no es esta su intención-, simplemente las acerca a su contemporaneidad con una mirada sabia y delicada. Son partituras de gran interés filológico e histórico, pero no suficientes para poder llamar la atención del público moderno ni, mucho menos, ocupar su propio espacio en una temporada de conciertos. Sin embargo, son obras que merecen ser rescatadas y estudiadas más a fondo, por una simple, fundamental razón: durante todo el siglo XIX, a través de ellas el mundo anglosajón conoció y celebró a Handel garantizando su sobrevivencia hasta principios del siglo XX y la llegada de la filología musical. Sin ellas, sin su sabor tan poco barroco y tan profundamente vienes, la historia moderna de Handel habría sido diferente.

 

Misa K 427

 

Adagio y Fuga K 546

 

Acis und Galatea (transcripción de Mozart, K566)

 

El Mesías (transcripción de Mozart, K572)

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