LUCERNA 12 – HEINZ HOLLIGER Y SU SCARDANELLI-ZYKLUS

Publicado: septiembre 3, 2014 Última Modificación septiembre 3, 2014 Por: adminmusica

A este tema de la relación entre psyche, creación artística y locura, le faltaba todavía arribar a su acmé en este Festival de Lucerna. La culminación se alcanzó mediante la obra más insólita, arriesgada y hasta podría decirse alucinada de cuantas se escucharon. Durante 16 años, Heinz Holliger (Berna, Suiza, *1939), entre 1975 y 1991, estuvo trabajando en la musicalización de las poesías escritas por Hölderlin y firmadas con el nombre de Scardanelli, producidas por el poeta mientras estaba encerrado en una torre de la ciudad alemana de Tübingen, junto al Neckar, entre 1807 y 1843, año de su muerte. En 1806 Hölderlin había sido declarado loco, encerrado contra su voluntad y tratado por los protopsiquiatras de la época que lo torturaron, lo amarraron con chalecos de fuerza, aprisionaron su cabeza con artefactos de cuero de suela de zapatos que tenían agujeros para la nariz y los ojos, lo contaminaron con sarna para que sangrase y lo sometieron a otras bellezas propias de la profesión. Después de 231 días de “terapia” lo declararon loco incurable y lo entregaron a un próspero carpintero de la ciudad que lo recibió en su casa y allí, en una torre junto al río que hoy pueden visitar los turistas, vivió hasta el día de su muerte, 36 años después. Como había nacido en 1770 (¡el mismo año que Beethoven!) puede decirse con exactitud que pasó la mitad de su vida en la cordura (¿qué es eso?) y la otra mitad en la locura (ídem). Un joven poeta amigo suyo, que murió prematuramente, lo visitó hasta 1830 y redactó lo que es sin duda el mejor informe psiquiátrico producido en el siglo XIX. Puede leerse (en inglés) en http://www.wbenjamin.org/holderlin.html#note1 aunque el nombre de Scardanelli ahí no se menciona.

Nuestro buen amigo, buen psiquiatra y buen escritor, Jesús Ramírez Bermúdez, ha publicado un excelente ensayo sobre los años Scardanelli que nos complacemos en recomendar http://www.alcmeon.com.ar/16/09_ramirez.pdf

Volvamos a Lucerna y a Holliger. De nueva cuenta este improvisado crítico mupsical tiene que lamentar su carácter de apuntador de las maravillas que tiene la suerte de recibir en esta ciudad suiza que es una de las más bellas (¿la más?) del mundo. Heinz Holliger comenzó su carrera musical como el mayor oboísta de quien hay memoria, capaz de enriquecer en una medida sin precedentes las posibilidades de su instrumento y de ser honrado por los más preclaros músicos contemporáneos con composiciones a él dedicadas (Henze, Ligeti, Lutoslawski). Sus grabaciones (muchas en DGG) son paradigmáticas. Desde 1977 comenzó también a dirigir orquestas y le han adjudicado llevar la batuta en las mejores del mundo. No contento con esto, estudió composición con Pierre Boulez y ha ganado el aplauso y los premios más importantes que se atribuyen a los músicos de hoy en día. En 1998 le tocó, precisamente, ser “compositor residente” en Lucerna, como hoy lo son Unsak Chin y Joseph Maria Staud de quienes tanto hemos hablado en estas crónicas.

Desde hace años dedica sus afanes como compositor a promover obras desdeñadas de músicos y escritores considerados como alienados, encerrados por locos (no es casual que lo digamos así). Musicalizó los Gesänge der Frühe de Robert Schumann, los poemas de Scardanelli y estrenó una ópera: Schneewittchen, con texto de Robert Walser, el genial novelista suizo que murió en un manicomio en 1956.

El público de este Festival lucernés llegó de manera incauta a un concierto anunciado para las 11 de la mañana. Pocos o nadie sabía lo que le esperaba y lo que se escondía tras la información de género: Scardanelli Zyklus, “para solo de flauta, orquesta y coro mixto” que iba a ser dirigida por Holliger, el compositor, con la participación solista de Felix Renggli. ¿Quién podía presentir que se interpretaría una obra de 2 horas 20 minutos de duración, ejecutada sin pausas por un coro traído de Letonia integrado por 20 (excepcionales) cantantes y donde los no muchos instrumentos se empleaban para susurrar en variaciones sonoras casi estáticas los “insensatos” poemas de Hölderlin, atribulados por la árida extrañeza de los sonidos, por la extrema atención y la dolorosa paciencia solicitada al oyente para internarse en el estado mental de Hölderlin durante esas décadas de su vida; lo que significa entrar con él a esa torre, vivir en ese aislamiento, sometido a irresistibles fuerzas sociales incomprensivas e incomprensibles, entregado a la observación de los cambios del tiempo, de la nieve, de la lluvia, del sol, de la naturaleza, allí donde nada parece pasar salvo el repiqueteo constante de lo claro y lo oscuro, lo frío y lo caliente, lo oscuro, lo húmedo, agobiado por la desesperanza que lo lleva a escribir poemas para nadie, que se rubrican con un: “humildemente, Scardanelli”, y que se fechan de manera estrafalaria especificando años que oscilan entre 1654 y 1940.

En medio de esta sucesión de murmullos, de música microtonal, de intervalos inesperadamente largos, inesperadamente breves, aparecen los aullidos y las estridencias de la flauta solista encargada de transmitir los resplandores enceguecedores, el deslumbre de una notación musical escrita contra el instrumento que obliga a inventar neologismos como los de la locura de este Scardanelli: es un universo sonoro desflautizador, postatómico, supraflautístico, exhaustante, antifláutico, rupturista, hiperflautado.

Sucedió que los asistentes al desconcertante concierto estuvieron (estuvimos) fascinados, apabullados y entusiasmados, sin nadie que mirase el reloj o quisiese dejar la sala, hechizados y embelesados por este fluir de disonancias sobrenaturales. Pocas veces la música ha producido un efecto semejante en un público asombrado por la sorpresa y excitado hasta el paroxismo. Por supuesto, no dice el aficionado escritor de estas notas que sea música para tocar en cualquier parte y que lo que importa es la novedad como si se tratase de La consagración de la primavera cien años después. Tampoco se arriesgaría a recomendar la obra aunque, eso sí, sabe que no es una partitura para partir, para repartir en pedazos, para destruir el efecto hipnótico dividiéndola en “cachos” para escuchar mientras se piensa en lo que se hará cuando termine. Aunque uno llegó desprevenido es bueno que quien vaya tenga una idea de eso a lo que va. Pasa con Holliger lo que con el cine de Bela Tarr, el director húngaro de películas evocadoras de esta misma atmósfera lunática como Satantango, las Armonías de Werckmeister (tan holligerianas o hölderlinianas sin saberlo) o, quizás más aun, con El caballo de Turín, obra que, no por casualidad, desde su título, aunque no por su contenido, refiere a Nietzsche. ¿Será solo una simple superposición de fechas la que reúne la muerte de Scardanelli-Hölderlin y el nacimiento, no lejos de ahí, de Friedrich Nietzsche, un año después?


Queda mucho por decir de este Festival de Lucerna pero… ya no continuará porque ha terminado.


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