El don del oído absoluto

Publicado: septiembre 5, 2018 Última Modificación septiembre 5, 2018 Por: adminmusica

Nueva novela de Mario Cuenca Sandoval (Sabadell, 1975), compleja y atrevida como todas las suyas, estilísticamente muy brillante, compuesta con largas frases y numerosas metáforas extendidas. La novela anterior, Los hemisferios, contenía varias historias cruzadas; esta es, en cambio, una historia única que gana en profundidad lo que pierde en amplitud. Su protagonista es el compositor Olivier Messiaen, descrito como “el muchacho” que “confía en su oído absoluto”.

Cuenca narra su vida en orden aproximadamente cronológico acercándose al personaje mediante un narrador que lo sigue invariablemente y da información detallada de sus procesos mentales hasta obligarnos a adoptar sus puntos de vista; sin embargo, el narrador juega también cartas propias y anota, por aquí y por allá, acontecimientos futuros que Messiaen no conoce todavía, contradicciones internas al personaje y alguna observación externa, aunque, eso sí, se cuida muy mucho de no manifestar nunca pensamientos de otros personajes. Esta opción narrativa produce efectos espectaculares: vemos al personaje a la distancia adecuada para comprenderlo a fondo, pero, si nos parece, también para disentir de él.

La narración de los anhelos del músico origina un movimiento hacia lo alto (la luz, los pájaros y Dios son sus grandes motivos), un misticismo característico que Cuenca explica en admirables párrafos. El clímax se encuentra en el centro, al relatar un acontecimiento capital. Prisionero de los nazis en un campo de concentración de Silesia, compone con esfuerzo y la ayuda de un comandante alemán el célebre Cuarteto para el fin del tiempo y seguidamente lo estrena con instrumentos viejos o defectuosos ante los compañeros del barracón. La escena resulta muy bella y emocionante. Una frase es, quizá, la síntesis de lo leído: “Su oído absoluto podrá reconocer la huella de Dios en cada mota de polvo; no el chirrido del mal en la maquinaria de la historia”.

Fuente: Lluís Satorras para El País

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