London Sinfonietta en el Cervantino

Octubre 27, 2015 9:45 pm

Por Mauricio García de la Torre

El pasado sábado 24 de octubre presenciamos en el Teatro Juárez de la Ciudad de Guanajuato el concierto de la London Sinfonietta, la más prestigiosa agrupación de música contemporánea de la Gran Bretaña.

El programa, ejecutado con la calidad que caracteriza al ensamble, fue integrado en su mayoría de compositores británicos –Bedford, Crane, Matthews y Birtwistle– y de dos compositores mexicanos, Marisol Jiménez (1978) y Enrico Chapela (1974). Sin la menor intención de apelar a un nacionalismo ciego, hay que decir que, en esta ocasión, nuestros connacionales dieron la cara e hicieron más llevadero un concierto que, de otro modo, habría sido más espeso que una crema de puerros galesa.

En el medio de la música contemporánea es sabido que la composición inglesa del último medio siglo no ha podido consolidarse como potencia musical creativa, como sí lo han logrado países como Francia, Alemania, Austria e Italia. La percepción fuera de Inglaterra es que la sombra de Benjamin Britten todavía impera en las nuevas generaciones, a pesar de la respetable producción de Harrison Birtwistle o Peter Maxwell Davies, y del repunte más reciente de compositores como Thomas Adès y Mark-Anthony Turnage. El hecho es que la influencia y admiración por la música de estos y otros compositores británicos difícilmente ha trascendido el ámbito local.

Por lo escuchado el sábado, Luke Bedford (1978) y Laurence Crane (1961) no correrán mejor suerte. Ambos ofrecieron una versión del minimalismo poco cuajada. La obra de Bedford Wonderful No-Headed Nightingale (2012) entabla un escueto dialogo de pregunta-respuesta con las cuerdas dobles de la viola y el violín que se complejiza motívicamente con el paso de los minutos. Surgen después una serie de texturas oscilatorias que acompañan una melodía en lo alto del registro. Esta sección intermedia logra un flujo que incrementa su intensidad hasta alcanzar su clímax. Luego, acordes de alta energía y tensión cortan de tajo la marea anterior. Recapitula la primera sección y fin de la historia.

Luke Bedford: Wonderful No-Headed Nightingale (2012)

Laurence Crane presentó Chamber Symphony no. 2, una obra cuya duración pareció eternizarse ante la ausencia de alguna idea interesante. Piano y contrabajo presentan una altura sostenida en el registro grave. El piano anuncia unos acordes cuasi-tonales que la orquesta desarrollará como material básico. Entre la altura grave estratificada y los acordes presentados con algunas combinaciones de las mismas duraciones transcurre la obra. Por momentos parecía que llegaría la Navidad… La desesperación de la audiencia fue palpable, las sillas crujían y los programas aleteaban para mitigar la sofocante espera de la doble barra.

Luego del intermedio, la Sinfonietta nos presentó obras de dos compositores de mayor estatura. Contraflow de Colin Matthews presenta de inicio gestos cortos y angulosos, con derivaciones rítmicas que toman vuelo brevemente. Las alturas se unen en una línea melódica distorsionada por las tensiones armónicas. Se nota el oficio y una escucha más atenta en la sección lenta, formada de pausados glissandi acompañados de pasadas de arco sobre los platos suspendidos. El ambiente meditativo de la sección lo conduce un dueto de piano y violín al que eventualmente se agrega toda la orquesta para mutar en masas sonoras indeterminadas, llenas de tremolandos y relampagueantes rolls de tam tam y gong.

Mecanicidad melódica, pausas súbitas con acentos descarnados, estratos tímbricos claros, son todas facetas que interactúan en Carmen Arcadiae Mechanicae Perpetuum (1977-78) de Harrison Birtwistle. Lástima que nos agarró cansados en la conclusión del concierto, porque la obra exige un grado de concentración importante si se quiere seguir el discurso hoquetico que establecen las cuatro grotescas aves que habitan el cuadro de Paul Klee, Máquina de trinar (1922), que inspira a la música. Con todo, la obra de Birtwistle, sin duda el creador británico más apreciable desde hace buen tiempo, trasciende hacia el espectador en tanto originalidad y factura.

Y ahora las obras de los compositores mexicanos. Enrico Chapela tiene una ascendente carrera desde hace unos años, misma que se destaca por su polivalencia en el mundo acústico y electrónico. Acoussense de Chapela presenta una división en cinco momentos cortos, donde cada uno declara de manera frontal el sentido del material. Salvo la cuarta pieza, la música guarda una impulsiva intensidad que alcanza por momentos forma de danza o de picaresca persecución.

Acoussense se caracteriza por mantener un ímpetu rítmico-métrico en donde las acentuaciones marcan variadas agrupaciones de los valores. El movimiento lento es articulado por tremolandos en la flauta y el violín que preparan el canto del oboe y el lamento posterior del cello. Se destacó el quinto momento que presenta ritmos hechos con ruidos de llaves en las maderas y la respuesta militar de las manos percutiendo sobre las tapas de las cuerdas.

Marisol Jiménez nos reveló en XLIII Memoriam Vivere una enorme y muy afortunada búsqueda auditiva. La obra deja de lado cualquier aspecto conceptual para apelar a la sensorialidad misma. Impera un carácter funesto, de misterio incomprensible, que empata con la dedicatoria de la pieza: las víctimas del caso Ayotzinapa. Rebotes, rasgaduras, frotamientos, resoples, seseos, chirridos, todo forma parte de un mundo onírico que niega la presencia de los sonidos “naturales” de los instrumentos. Ese es el planteamiento y se lleva a cabo con total compromiso y convencimiento. La estaticidad impera, no hay necesidad de desarrollar nada, sólo de presentar los objetos en los momentos en que decidan vivir y decaer. La gestualidad es juiciosa y las combinaciones tímbricas de gran riqueza. La mejor obra del programa por kilómetros. Lástima que tal nivel de sutileza se viera opacado por el ya tradicional y lamentable bullicio externo al teatro, en el Jardín de la Unión. Se colaron altisonantes porras futboleras, trova cubana y cánticos de estudiantina. Los integrantes de la London se miraban incrédulos unos a otros ante la intensidad de la distracción para luego intentar recobrar la compostura y proseguir con el programa.

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