Chaikovski, más allá de su voz

Piotr Ilich Chaikovski es uno de los grandes mitos de nuestra historia, sin embargo, su trayectoria y su historia son patrimonio de pocos expertos. Su música es universal, pero su figura vive envuelta en el misterio.

Chaikovski
Por Francesco Milella Última Modificación abril 21, 2021

Piotr Ilich Chaikovski es uno de los grandes mitos de nuestra historia, sin embargo, su trayectoria y su historia son patrimonio de pocos expertos. Su música es universal, pero su figura vive envuelta en el misterio. 

La magia de una grabación

Hace unos años –o quizás ya décadas– apareció en la red una grabación que muy pocos habrían pensado que escucharían alguna vez en su vida: se trataba de un cilindro, el primer soporte de grabación y producción de sonido de la historia, grabado en 1890 en Rusia. Su fecha resultó ser asombrosa ya que pocos son los documentos sonoros de esa época. Pero aún más sorprendente, a pesar de su pésima calidad, fue el contenido de esa breve grabación (poco más de un minuto): un grupo de personas conversando y cantando en modo confuso entre arpegios y trinos, como queriendo jugar con la tecnología –en aquel entonces sorprendente– del cilindro. Entre las distintas voces –hoy identificadas en el pianista Anton Rubinstein, en Julius Block, uno de los primeros expertos en grabación que había facilitado el soporte en esa ocasión, en el pianista y director Vasily Safonov y en una cantante conocida como Yelizaveta– se escuchan las palabras pronunciadas por una cuarta persona presente en la conversación. Su voz es tímida y aguda, un poco cansada, con el tono adulto de un hombre de sesenta años más o menos: ‘¡El trino pudo haber sido mejor!’, dice al comentar las notas que Yelizaveta acababa de cantar,  y termina criticando al pobre Block que estaba grabando la breve escena: ‘Block es bueno, pero Edison es mejor’, en referencia al primer inventor del cilindro, Thomas A. Edison. Era la voz de Piotr Ilich Chaikovski. 

Grabación de la voz: https://www.youtube.com/watch?v=7DEEdFLjUiw

Un mito lejano

Ante este descubrimiento, el mundo reaccionó con incredulidad. Los comentarios en redes celebraron el descubrimiento entre la sospecha y el asombro. El New York Times siguió la corriente y comentó con un título elocuente: ‘Classical Ghosts, Audible Once Again’, como si Chaikovski fuese un fantasma que volvía del pasado para afirmar una vez por todas su humanidad ante un mundo que lo había idolatrado hasta transformarlo en un mito. Con su sensacionalismo y su retórica, ese título le había dado en realidad al mero clavo revelando una verdad contemporánea indiscutible: Chaikovski era y sigue siendo un mito de nuestra historia, un dios idolatrado como Bach, Mozart y Beethoven. Sin embargo, al contrario de sus colegas, Chaikovski es un compositor del cual conocemos la música, pero ignoramos la existencia humana y cuando nos acercamos a ella, a su dolor, su tormento profundo, terminamos deshumanizándolo, alejándolo aún más de nosotros. La difusión de la grabación rompió este proceso de sacralización y reveló, para algunos incluso de manera casi molesta e inoportuna, la faceta terrena de uno de los dioses de este mundo, volviéndolo humano y, obviamente, más imperfecto: ‘no puedo creer que Chaikovski tuviera una voz tan desagradable’ comentó hace unos años un usuario de YouTube. 

Demasiado divino

La verdad es que idolatrar a Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893) fue tarea fácil, casi descontada, para nuestra sociedad. Joven precoz y sensible, atormentado por su homosexualidad en un mundo intolerante y enemigo de la diversidad, Chaikovski fue capaz de transformar su música en el espejo más fiel y profundo de su intimidad y de dedicarse a ella sin límites, gracias al apoyo de una rica mecenas, Nadežda von Meck. Sus obras son el diario casi programático de una existencia atormentada – ‘así es la vida: una alternancia constante de realidades pesadas, sueños fugaces y fantasías de felicidad’ afirmó una vez– consciente de su lento e inexorable camino hacia la muerte. Su última obra maestra –la Sinfonía n. 6 ‘Patética’–, compuesta y presentada pocos días antes de su muerte, representa el testamento de una vida en donde el dolor y el genio se transformaron en ímpetu creativo, en la sublimación de la interioridad humana como tal, con sus incongruencias, obsesiones, miedos y esperanzas. Su muerte sigue siendo un misterio entre la enfermedad y el suicidio: la falta de respuestas reitera una esencia sutil y misteriosa, hostil a las categorizaciones de la historia humana, a su necesidad de certezas. Nuestra modernidad tan fragmentada, frágil y obsesiva, encontró en su música y en su biografía el evangelio profano para descifrar nuestros temas, justificar nuestras incongruencias y deshacer nuestros nudos (o imaginar nuevos). Desde los sueños del amor imposible (Fantasía para orquesta Francesca da Rimini, 1876) y del triunfo de la voluntad humana (Concierto para piano n. 1, 1875) y nacional (Obertura 1812, 1880), hasta su fracaso entre fantasías infantiles (El Cascanueces, 1892) y aceptación de la muerte (Sinfonía n. 6, 1893): todo en la música de Chaikovski sigue pareciendo vivo y moderno, inmutable en su capacidad de penetrar nuestro tiempo y sus fracturas. 

¿Quién era Piotr Ilich Chaikovski?

Y así terminamos descuidando la figura histórica de Chaikovski, ignorando una pregunta esencial y descontada a la cual pocos, fuera de la academia, lograrían contestar: ¿quién era Piotr Ilich Chaikovski? Según Ígor Stravinski era el más ruso de todos, capaz de mirar tanto a los cantos y a los sonidos más populares como a su gran tradición literaria para celebrarla en óperas inolvidables como Eugen Onegin (1878) o La dama de picas (1890), ambas basadas en textos del dramaturgo Aleksandr Pushkin (1799-1837). Si escuchamos la versión de Rimski-Korsakov y la escuela rusa del Grupo de los Cinco, diríamos, al contrario, que Chaikovski fue el más occidental, un traidor de su propia identidad rusa, contaminado por el encanto académico del occidente, viajero y estudioso de las músicas y de las culturas, desde Nápoles hasta los Estados Unidos: amante de Mozart (Suite Mozartiana, 1887), enamorado de Italia (país que visitará nueve veces entre 1872 y 1890 celebrándolo en Capriccio Italiano, 1880), de las modas parisinas y del sinfonismo alemán, de Schumann sobre todo, e incluso de la ópera italiana de Rossini y Bellini. La verdad es que Chaikovski vivió siempre entre fronteras, tanto culturales como geográficas y personales: profundamente ruso e internacional al mismo tiempo, conservador y liberal, homosexual, casado con una mujer e infeliz, compositor autónomo y libre, aunque financiado por una poderosa mecenas; infantil soñador de cuentos y lúcido pintor de indecibles traumas existenciales, genio de la melodía infinita y perfecta, además de creador de fracturas sonoras, amante de la tradición y capaz de anticipar, siempre según Stravinski, el lenguaje musical de Mahler, entre otros. 

Un genio imperceptible

De todos los dioses del Olimpo musical, Chaikovski es, sin lugar a duda, el más moderno (en términos históricos) y cercano a nosotros, el que nos habla con más convicción porque fue hijo de la misma modernidad fracturada, víctima y cantor de las mismas obsesiones. Sin embargo, Chaikovski parece escapar de las clasificaciones más tradicionales moviéndose entre mundo ruso y Europa occidental, entre siglo XIX y siglo XX. Su mismo nombre, escrito Čajkovskij, Ciajkovskij, Ciaikovski, Tchaikowsky, Tchaikovsky o Chaikovski como en esta ocasión, rechaza la estabilidad y busca la metamorfosis, mientras que su figura histórica permanece en un vacío elocuente. A él se han dedicado escasas películas (Tchaikovsky de Igor Talankin, 1970, y The music lovers de Ken Russell, 1971, son los más recientes) y pocas biografías, la más reciente publicada en 2018 por John Suchet con el título prometedor de The man revealed  (aunque probablemente Tchaikovsky: The Man and his Music por David Brown sea más confiable y detallada). Chaikovski sigue siendo un misterio para muchos, una figura célebre y desconocida al mismo tiempo, imperceptible y efímera, demasiado moderna para ‘historizarla’ y demasiado universal para humanizarla. Quizás sea pronto para realizar esta tarea y necesitemos más distancia para acercarnos a Chaikovski por lo que es y, sobre todo, por lo que fue. 

Fuente: Francesco Milella para Música en México

Francesco Milella
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