Charles Gounod: una ópera para la burguesía

En la segunda mitad del siglo XIX, el teatro francés celebra su ídolo y máximo representante, Charles Gounod.

Charles Gounod
Por Francesco Milella Última Modificación enero 26, 2021

En la segunda mitad del siglo XIX, el teatro francés celebra su ídolo y máximo representante, un compositor capaz de responder a las nuevas exigencias de la burguesía europea y de celebrarlas en un teatro de infinita dulzura y humanidad: Charles Gounod.

Un modelo institucional.

La intensidad cultural, la identidad internacional y, también, el poder económico de la nueva clase burguesa transformó París en la segunda mitad del Ochocientos en un universo creativo de géneros y lenguajes, capaz de cautivar la atención de todo el mundo occidental y de definir su moda y su gusto. A nivel musical, este vigor cultural desembocó en una vida musical sin precedentes por la variedad de géneros teatrales, de casas de ópera y salas de conciertos, la cantidad de compositores locales y extranjeros y, desde luego, la constante, creciente y opulenta demanda de productos musicales. París era la capital de la música, un océano de nombres, obras, oportunidades, espacios e ideas en el que, como vimos la semana pasada en la introducción a la música francesa en la segunda mitad del siglo XIX, es difícil ubicarse. Bizet y su Carmen, así como Offenbach y sus operetas, – lo veremos pronto – son hoy quizás los más reconocidos representantes de estos años por la fuerza teatral de sus óperas y la belleza de su música. Sin embargo, sus obras, geniales e irreverentes, partieron todas como crítica (Carmen) y parodia (la opereta) de un modelo cultural y musical consolidado y estable –casi institucional podríamos decir–, que la historia suele identificar con certeza en el nombre y la música de Charles Gounod. 

De la iglesia a la ópera.

Desde su biografía, Gounod revela una personalidad estable y tranquila, capaz de resolver sus inquietudes y sombras, en muchos sentidos similares a la des sus colegas alemanes, con un pragmatismo y un realismo desconocidos tanto en Wagner como en Brahms y Bruckner. Nacido en París en 1818, en 1823 comienza sus estudios musicales acercándose al teatro de Mozart y Rossini y a los grandes pilares de la tradición occidental, desde Palestrina hasta Bach. En 1839, tras haber ganado el prestigioso Prix de Rome, se traslada a la capital italiana para trabajar como organista hasta 1843, cuando decide viajar rumbo a Viena y Leipzig a través de los grandes centros de la música germánica. El regreso a París es para Gounod un trauma: una crisis espiritual lo acerca a la religión con una profundidad inesperada. Sigue cursos de teología, trabaja como organista y compone música sacra sin pausas hasta 1848 cuando la revolución cambia sus planes de manera repentina. Como muchos otros compositores de su época, Gounod vive con gran preocupación los hechos de ese año y sus consecuencias en su trayectoria profesional. Comienza a aceptar la idea de que, ante el surgimiento de una nueva sociedad tan profundamente laica y burguesa, el único espacio en donde un compositor puede alcanzar una popularidad estable es el teatro. En 1851 comienza la gloriosa trayectoria operística de Gounod, una trayectoria que, en treinta años, lo llevará a explorar casi todos los géneros teatrales franceses de su época, desde la opéra lyrique de Sapho (1851) y la opéra comique con Le médecin malgré lui (1858) hasta el grand-opera en su forma más moderna con el célebre Faust (1859), además de una interesante serie de composiciones corales-religiosas (Missa ad Honorem Sanctae Ceciliae, Missa Brevis) e instrumentales (sinfonías y conciertos). Finalmente, Gounod alcanza el reconocimiento nacional e internacional que tanto deseaba y buscaba. En 1881 compone su última ópera, Le tribut de Zamora. En 1893 muere debido a complicaciones por un infarto: en la Église de la Madeleine, París lo despide con los más altos honores. 

Interpretar los tiempos

La música de Gounod fue capaz de interpretar los gustos de la nueva burguesía francesa, así como se fue definiendo después de 1848 en una constante tensión entre celebración del pasado y mito del positivismo en una nueva intimidad. Su teatro, repertorio por el cual justamente su nombre sigue ocupando una posición central en la historia de la música, respondió a estas exigencias representando mundos ideales, espacios e historias de la literatura, desde Faust hasta Romeo y Julieta, desde el teatro barroco de Molière hasta los mitos clásicos de Safo y Poliuto, vistiéndolos de tonos burgueses. Las óperas de Gounod reinterpretan el pasado colocándolo en el espacio majestuoso y teatral del teatro romántico, pero al mismo inquieto, íntimo e inestable de la nueva privacidad burguesa. Los personajes siguen siendo los héroes de la tradición, pero sus conflictos –el amor, la pasión, la muerte– se transforman en temas profundamente humanos, cercanos a cada uno de nosotros. Lo mismo se observa en su repertorio sacro, limitado pero fascinante, en donde el misticismo espiritual adquiere nuevos tonos sentimentales como respuesta a una religiosidad cada vez más solitaria e íntima y menos comunitaria, como había sido hasta ese momento. 

La herencia de Gounod.

Difícilmente (y tristemente) hoy las óperas de Gounod llenarían un teatro con la facilidad de una Carmen o de un Trovatore: el lirismo quieto e íntimo, las melodías suaves y amables de Faust o Mireille con trabajo logran competir con la modernidad y la fuerza teatral del teatro de Bizet o de Verdi, que en esos mismos años revolucionaba la ópera europea. Sin embargo, Gounod sigue ocupando una posición sumamente relevante en la historia de la música europea. Más allá de la belleza encantadora de sus óperas – pocos, estoy seguro, ignorarían la dulzura de arias como ‘Salut demeure chaste et pure’ o ‘Anges du paradis’– Gounod; como bien dijo Debussy, “con toda su debilidad, es un compositor esencial. Su arte representa un momento en la sensibilidad de la sociedad francesa. Que lo queramos o no, ya no hay ni habrá figuras como él”. 

Francesco Milella
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