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Italia, siglo XIX: ópera, cantantes y otros placeres

Mientras que el mundo alemán se dejaba seducir por sus nuevos ideales románticos, Italia, reina del Mediterráneo, sigue viviendo de ópera.

Por Música en México marzo 9, 2020 Última Modificación marzo 9, 2020

Mientras que el mundo alemán se dejaba seducir por sus nuevos ideales románticos, Italia, reina del Mediterráneo, sigue viviendo de ópera: al sinfonismo de Viena se oponen Milán, Nápoles, Roma y Venecia con sus teatros y empresarios. 

Dos Europas

Con la llegada del siglo XIX y sus revoluciones culturales, Europa se divide en dos: al norte, entre Viena y Alemania, el Romanticismo empuja rápidamente la música hacia nuevos horizontes. Nacen nuevas sonoridades, las estructuras tradicionales del clasicismo (concierto, sinfonía y sonata) se transforman rápidamente bajo insistentes, y cada vez más dominantes, pulsiones expresivas. El sur de Europa, bajo la influencia de Italia y su cultura operística, procede por otro camino, en continuidad con su pasado “barroco”. La ópera sigue siendo la reina del escenario, motor de la vida social y política, etiqueta de estatus social, momento de comunidad, protagonista indispensable de la cotidianidad burguesa y aristocrática del bel paese. Por un lado, la música instrumental, por el otro, la ópera. 

Las diferencias son evidentes: no podemos negar que Rossini y Beethoven, con sus respectivos discípulos, pertenecen a mundos culturales distintos, casi opuestos. Es suficiente escuchar una obertura del primero y una sinfonía del segundo para aclarar dudas. Por un lado, el norte de Europa creativo e innovador, donde compositor y solista adquieren un nuevo estatus cultural y social (son genios creativos, demiurgos capaces de sobrevolar su propio mundo y crear nuevos espacios), y la composición musical es considerada un texto absoluto y definitivo, expresión final de la voluntad creativa de un genio; por el otro, Italia y su ópera vinculada todavía a sus grandes divas (algunos castrati sobreviven), con arias que aplaudir, recitativos que ignorar para charlar y comer en buena compañía, y una producción masiva de óperas para satisfacer la necesidad de placer del público italiano. El compositor es un artesano que produce óperas para satisfacer el gusto de su público, óperas que cambian continuamente para adaptarse a cada contexto teatral y social. Todo bajo el control de un grupo pequeño y poderosísimo de empresarios y grandes cantantes. Pero – lo sabemos – la historia (y la historiografía encargada de contarla) no funciona por oposiciones, polarizaciones y jerarquías. Al contrario: es necesario contextualizar cada momento histórico, cada evento y, en nuestro caso, cada nota musical, en el escenario en que se produjeron y, también, en el que fueron recibidas junto a los procesos que generaron. Con esta mirada hablamos de Beethoven y del romanticismo alemán: llegó ahora el momento de movernos hacia Italia y su cultura musical. 

Tradición y novedad

Entre 1800 y 1830 la ópera italiana entra en una nueva etapa de su historia. Curiosamente, el proceso renovador no implicó en ningún momento una fractura con el pasado. Al contrario, manteniendo y reforzando el sistema empresarial del siglo XVIII a partir de la herencia de Paisiello (https://musicaenmexico.com.mx/historia/paisello-un-mito-global/) y Cimarosa (https://musicaenmexico.com.mx/historia/cimarosa-y-la-opera-italiana/) , la ópera italiana comienza a explorar nuevos lenguajes y nuevas formas. Bajo la influencia (también) de las ideas revolucionarias y románticas que rápidamente superaron los Alpes hacia el sur, la orquestación cambia junto a las orquestas, cada vez más grandes y heterogéneas, capaces de producir nuevas sonoridades (muchas óperas de Rossini serán acusadas de ser demasiado “alemanas”); los libretos representan nuevos ideales y nuevos personajes más cercanos a la nueva burguesía (las novedades serán evidentes sobre todo en la ópera buffa) reflejando sus principios, sus necesidades y sus contradicciones; y la voz va ampliando su potencial belcantista cada vez menos abstracto y más expresivo. 

Aun así, sin fracturas ni grandes revoluciones, todo va cambiando también en una Italia que demuestra su apertura a las novedades del nuevo siglo: a partir de 1800 la ópera italiana deja de ser el reflejo de un mundo ideal, la representación de un modelo al que inspirarse para construir sociedades y culturas, y se transforma paulatinamente en el espejo de su propio contexto. La búsqueda del placer y del divertimento siguen siendo los motores de su estética, como había sido desde sus comienzos a principios del siglo XVII, pero cambia su significado y su papel político y social tanto en Italia como en el resto del mundo: Rossini junto a Bellini y Donizetti se transforman en los héroes del mundo post napoleónico, incluyendo las nuevas naciones independientes de América Latina. Lejos de transformarse en una provincia musical de Europa aplastada por las fuerzas románticas del norte, Italia reitera una vez más – y, quizás, de forma aún más determinante – la centralidad de su cultura musical. Su ópera se vuelve protagonista del nuevo siglo: al generar placer, gusto y sentido de comunidad en la nueva burguesía, alimenta los procesos sociales de la nueva Europa, nutre ideales y construye culturas. 

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