La Gloria en la Navidad

Publicado: enero 1, 2019 Última Modificación enero 1, 2019 Por: adminmusica

Qué manera de sustituir la depresión de los recién nacidos o del recuerdo que se registró en aquella ocasión como es ahora el que cunde en la Navidad, para convertirlo en alegría de haber nacido, como resultó a través de la música en el Concierto Navideño de la OFUNAM, bajo la batuta de Massimo Quadra con la Gloria (RV 589) de Vivaldi, ‘il prete rosso’, el cura pelirrojo, como le decían al compositor que interpretaba sus obras en el Hospital de la Piedad de Venecia, aprovechando las voces de las novicias y las religiosas de su época para disfrutar de esa obra, como ahora lo hicimos con el ensamble vocal Cantera y, en la segunda parte, con el Coro Filarmónico Universitario y las voces de Akemi Endo y Ariadne Montijo, sopranos; Frida Portillo, mezzo y Alan Pingarrón, un tenor ciego que nos conmovió con sus Carols y pastorelas.

 

Muchos de los cuentos de hadas se refieren, de manera indirecta, al nacimiento cuando los niños son expulsados, como si lo fueran del seno materno, para entrar al bosque donde se las arreglan como pueden, tal como sucede cuando somos expulsados del seno materno y empezamos a respirar por cuenta propia, aunque duela.

 

A partir de ese momento, enfrentamos toda clase de dificultades, como Caperucita y ese lobo feroz que se come a la abuelita de un solo bocado, o las brujas, como la que nos ofrece una manzana podrida, o a la otra que invitó a Hansel y Gretel para enjaularlos y engordarlos antes de intentar meterlos al horno, como puerquitos o cuando hemos engañado a los gigantes, tal como vemos a los adultos cuando éramos niños.

 

Para fortuna de aquellos que les han leído estos cuentos, todos terminan con un final feliz, aunque algunos de ellos acaban un poco amolados, pero lo hacen estando vivos y coleando, como otros se sacan el premio mayor.

 

Gloria in excelsis Deus es lo que canta el coro en alto, insistiendo en la alegría del nacimiento y la vida, como si fuesen ríos que desembocan en la mar, girando y dando de vueltas, estrellándose con las piedras como si esa fuera su razón de ser, antes de desearles en la tierra paz a los hombres de buena voluntad: Et in terra pax.

 

Sin duda, esta música sublima y purifica los sentimientos para elevarnos y evitar así el recuerdo del nacimiento, de la inocencia, del despliegue de las pasiones y las reclamaciones antes de conciliar y perdonar, cuando se beneficia tanto el que lo hace, como el que lo recibe y tal como hemos visto en algunas obras de teatro como en La larga cena de Navidad de Thornton Wilder, que una vez dirigió Otto Minera, donde el tiempo llega y nos ofrece ese momento, cuando se enciende la esperanza y se reafirma la continuidad de la vida.

 

La música de Vivaldi sustituye a la realidad por una alegría superior: se trata de un nacimiento extraordinario que está implícito en su estructura y con sus diferentes estados de ánimo que empiezan en lo alto, lo espiritual, por decirlo de alguna manera, festejando a Dios en la alturas para que, de pronto, nos baje a la tierra el chelo y otro instrumento, para tocar piso, antes de tomar esa altura que sustituye al dolor de haber abandonado el paraíso para colocarnos en la estratósfera, como sucede después del Laudamos te, que contrasta con las masas sonoras contrapuntísticas del Gloria in excelsis para expresar una textura ligera con las voces en espejo de las sopranos.

 

Sustituir la realidad a través del arte deja huella, como la transformación que se lleva a cabo con la música para que la depresión que volvemos a sentir al recordar nuestro nacimiento y el haber salido del paraíso, para que, con esta música, sintamos la alegría de vivir, como lo experimentamos a través de la Gloria de Vivaldi.

 

Fuente: Martín Casillas de Alba, El Informador de Guadalajara

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