El barroco antes del barroco: monodia y bajo continuo.

Publicado: abril 14, 2016 Última Modificación abril 14, 2016 Por: adminmusica

Por Francesco Milella
El barroco no tiene fecha de nacimiento. Su historia, su estética y su gusto no comienzan automáticamente en los primeros momentos del año 1600 con una repentina muerte del Renacimiento. Quisiéramos que fuera así, pero – por suerte – la historia es más compleja y fascinante. Para llegar al origen del barroco (como los viajeros ingleses en la búsqueda de las fuentes del río Nilo en el siglo XIX) tenemos que regresar al siglo XVI y ver cómo el gran río del barroco italiano fue naciendo de dos pequeños arroyos: la monodia y el bajo continuo.
Después de su primera y gloriosa fase en la Edad Media, en el Renacimiento el canto a una voz había desaparecido casi completamente: a partir del siglo XV la música occidental comenzó a sentir nuevas exigencias y a elaborar lenguajes polifónicos cada vez más refinados y elaborados, impulsados sobre todo por la música flamenca.
Pero si el Renacimiento es el siglo de la polifonía, es también el tiempo en que se siembran las semillas de un nuevo gusto musical. A partir del siglo XV la sociedad europea, yendo en sentido contrario a la extrema religiosidad de la Edad Media, había comenzado a acercarse al ser humano experimentando una nueva dimensión, más individual y autónoma.
El mundo de las artes obviamente no quedó fuera de esta revolución cultural. La polifonía ya no respondía a los nuevos gustos que comenzaron a surgir en el curso del siglo XVI: la presencia y el uso de más voces ya no lograba cautivar la atención de una sociedad que estaba descubriendo lentamente las infinitas potencialidades de la voz humana tratada individualmente. La voz humana, lenta e inexorablemente, se estaba alejando de las elaboradas construcciones polifónicas para emanciparse, desarrollar su propia estética individual y así preparar el terreno para la ópera y el triunfo del virtuosismo vocal.
Aún más drástica y determinante fue la emancipación de los instrumentos musicales: después de una larga fase de pasiva sumisión a la polifonía, a partir del siglo XV empezaron a ocupar una posición cada vez más central en el panorama musical. En tan solo un siglo, los instrumentos pasaron de ser elementos de apoyo para la polifonía a verdaderos protagonistas de la música. Las consecuencias – lo veremos – serán maravillosamente explosivas.
Pero con la monodia no cambia solamente el estatus artístico de la voz humana y de los instrumentos sino también la impostación teórica de la música: a lo largo de todo el Renacimiento, la música se había apoyado a estructuras y conceptos finalizados a la construcción polifónica en donde sonidos, voces y líneas diferentes se mezclaban entre ellas siguiendo leyes concretas y rígidas. Ahora todo cambia: la monodia, la presencia de una sola voz o de un solo instrumento altera completamente las leyes y las teorías musicales que por siglos habían guiado a compositores y músicos.
La atención del mundo musical ahora se mueve hacia la línea melódica. Teóricos y compositores comienzan a descubrir sus potencialidades pero al mismo tiempo sus límites y puntos frágiles. La presencia de una sola línea melódica requiere la presencia de un apoyo, de un sostén. Un sostén que la música encontrará en el bajo continuo (basso continuo): se trata de una línea musical, ejecutada por instrumentos bajos como el chelo (acompañado casi siempre por un clave y/o instrumentos diversos como la tiorba) que completa la melodía principal con una serie de notas y acordes al fin de apoyar y reforzar la armonía de la misma.
Los ingredientes del barroco ya están listos. Falta solamente un compositor capaz de unirlos de forma orgánica y equilibrada, un genio que marque el nuevo camino, por ahora demasiado inestable para poderse consolidar, y abrir oficialmente las puertas al barroco. Ese genio será Claudio Monteverdi.

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