Chopin, sencillamente

En 1830 llega a París un joven pianista polaco que transformará la música para piano. Su nombre era Fryderyk Chopin.

Por Música en México julio 27, 2020 Última Modificación julio 27, 2020

Por Francesco Milella

En 1830 llega a París un joven pianista polaco que transformará la música para piano en el universo ideal para la más profunda y sincera expresividad humana. Su nombre era Fryderyk Chopin

París y el virtuosismo

Hector Berlioz no fue el único protagonista del fascinante panorama musical instrumental de la París romántica. A partir de las primeras décadas del siglo XIX, la capital francesa fue recibiendo una multitud extraordinaria – por calidad y cantidad – de solistas de distintas partes de Europa: violinistas y pianistas, entre otros, movieron su residencia de Varsovia, Berlín o Roma a París. Sus élites burguesas, cada vez más ricas, numerosas y poderosas, eran el público ideal para el arte teatral y patético (en el sentido de conmovedor) que estos solistas, envueltos en un aura de divismo romántico, lograban sacar de sus instrumentos. Uno de los primeros en llegar había sido, en 1810, el violinista italiano Giovanni Battista Viotti. Sus conciertos alcanzaron un éxito inesperado (https://musicaenmexico.com.mx/historia/viotti-y-su-violin/) y abrieron las puertas al que pronto se transformaría en el verdadero ídolo de los franceses: el mítico y endemoniado Niccoló Paganini (1782-1840), último, genial e indescifrable cantor del violín de esa larga escuela que había comenzado siglos atrás con Corelli y Vivaldi. Su virtuosismo descomunal y gusto patético hechizaron a media Europa incluyendo al gran Rossini: ‘lloré dos veces en mi vida -dijo una vez el gran operista italiano: cuando un pavo con trufas se cayó al agua y cuando oí tocar a Paganini’. Pero el instrumento que más que cualquier otro fue capaz de cautivar el gusto y la imaginación de la burguesía parisina, llegando incluso a definir la cotidianidad de sus espacios y sus rituales sociales, fue el piano.  

Entre los tantos pianistas que desde la Europa oriental llegaban a París – la lista de nombres sería demasiado larga para poderla incluir en este espacio, (acabamos de escuchar las variaciones sobre temas rossinianos del pianista Henri Hertz, uno de los más aplaudidos en la capital francesas en aquellos años. También Liszt fue uno de ellos, volveremos pronto a hablar de él) – Fryderyk Chopin, (Żelazowa Wola, 1810 – Paris, 1849) fue seguramente el más genial y revolucionario. Desde su llegada a París en 1830 después de un largo peregrinaje desde Polonia, Chopin rechazó el escenario público y masivo (de hecho, en su trayectoria artística contamos no más de treinta conciertos) para focalizarse totalmente en la composición e improvisación para ambientes burgueses más selectos e íntimos. Esta decisión determinó la vida musical de Chopin en dos aspectos fundamentales: por un lado, le garantizó una cercanía más constante y profunda con las élites económicas y culturales de la capital francesa y, por el otro, le dio la oportunidad de poder establecer una relación con su piano mucho más libre, sin los vínculos de gusto y de forma que el gran público exigía, libre de ese virtuosismo escenográfico y teatral al que muchos de sus colegas tuvieron que ceder para construir sus propias carreras. 

Envuelto en su micro mundo parisino Chopin fue abandonando los conciertos y las variaciones, dos formas que el público buscaba con gran interés, para explorar nuevos espacios musicales, tanto de la tradición occidental en la que había decidido vivir –fantasías, preludios, valses, nocturnos, baladas, impromptus y scherzos–, como del folklor polaco que tanto añoraba –mazurcas y polacas–. Chopin se acercó a estas nuevas formas con una actitud profundamente libre e íntima. Esas danzas y ritmos que el mundo europeo solía identificar con la amenidad y la convivialidad estereotipada de la sociabilidad burguesa fueron para Chopin un terreno de exploración cuya única guía y voz maestra era su propia e íntima experiencia humana. El lenguaje de Chopin, tan líquido y expresivo, por tan abierto y natural que nos pueda parecer, es el resultado de largos e intensos trabajos de improvisación y experimentación cuyo objetivo final era el equilibro absoluto y perfecto entre coherencia formal y libre expresión personal. 

Sin embargo, la relación entre Chopin y el Romanticismo es mucho más compleja de lo que estas observaciones parecen sugerir. En muchos aspectos, Chopin fue un compositor totalmente ajeno a este movimiento cultural: rodeado de ricos burgueses y aristócratas para quien componía sus obras, rechazó hasta el final la poética romántica dominante de la música como lenguaje descriptivo capaz de vincular imágenes y paisajes (los ejemplos de música del siglo XIX que buscan describir escenas, desde la Pastoral de Beethoven hasta la Sinfonía Fantástica de Berlioz, son infinitos). Su ser migrante, geográfico y cultural, su ser amante inconstante con la escritora George Sand acercan su nombre un poco más a la poética romántica del genio sin límites, reglas y fronteras. Pero su verdadero ser ‘romántico’, si es que de verdad tenemos que encontrar una etiqueta para clasificar la música de Chopin en el maravilloso caos del siglo XIX, habría que buscarlo más bien en su total libertad formal y expresiva, en su relación con la composición como un proceso profundamente personal, íntimo casi abstracto. Pero quizás también así terminaríamos con poco entre las manos. La verdad es que el genio de Chopin rechaza cualquier tipo de categorización cultural y geográfica para poner al centro la humanidad como tal, con sus fracasos y sus sueños, con sus esperanzas, deseos y amores: el ser humano se coloca ante el espejo de la música, deja a un lado los triunfos heroicos y prometeicos con su sabor postrevolucionario y beethoveniano, para hablar de sí mismo. Sencillamente. 

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