Rossini, ídolo del mundo musical

Nacido en Pésaro en 1792 y muerto en París en 1868, Rossini fue el protagonista absoluto de la Europa que nació tras la derrota de Napoleón.

Por Francesco Milella marzo 25, 2020 Última Modificación marzo 25, 2020

Nacido en Pésaro en 1792 y muerto en París en 1868, Rossini fue el protagonista absoluto de la Europa que nació tras la derrota de Napoleón. Conocemos sus óperas y su vida. Sin embargo, su papel histórico sigue siendo tema de grandes debates: ¿quién era realmente Rossini? ¿cuáles fueron realmente las razones de su éxito?

Rossini entre mundos

París, Londres, Madrid, Ciudad de México, Calcuta, Nueva York, Moscú, Río de Janeiro: la lista podría continuar con muchas otras ciudades alrededor del mundo para completar un mapa extraordinariamente extenso que terminaría dejando fuera solamente las zonas más remotas de África y Asia. Un verdadero imperio que ninguna nación ni mucho menos una religión o compañía comercial lograron unir al mismo tiempo y de manera tan compacta. Lo que estas ciudades dibujan en nuestro mapa ideal es “simplemente” la extensión geográfica que alcanzó la música de Gioachino Rossini entre los años 20’ y 30’ del siglo XIX, es decir, cuando él comenzaba su lento pero repentino camino hacia el final de su carrera, a tan solo treinta y siete años de edad. Un “ídolo del mundo músico”: así en 1830 un periódico mexicano presentaba a Gioachino Rossini ante el público local. No se trataba de una moda local, del deseo de las élites criollas de transformar al compositor italiano en el protagonista de una nueva cultura nacional. Al contrario: Rossini era verdaderamente ese ídolo mundial celebrado por políticos y reyes, por filósofos como Hegel y escritores como Stendhal, entre otros, hasta las clases más humildes que silbaban sus melodías en las calles, probablemente sin haber tenido nunca la posibilidad de asistir a una de sus óperas. 

Con razón Giuseppe Mazzini, protagonista del Risorgimento italiano a mediados del siglo XIX, definió Rossini “un Titán de potencia y audacia, el Napoleón de una época musical”: cuando su voz calló (casi) para siempre después del Guillaume Tell, en 1829, la identidad musical de Europa y, en general, del mundo occidental (incluyendo las colonias) era totalmente distinta a la que entre 1812 y 1813 había comenzado a recibir con escepticismo sus primeras óperas como La Pietra di Paragone, Tancredi o L’Italiana in Algeri. Sus melodías, sus característicos crescendos, la potencia dramatúrgica de sus óperas serias y la argucia graciosa de las bufas, habían abierto un espacio inédito en la cultura de la Europa posrevolucionaria, un lugar y objeto de placer, moda, sociabilidad y debate para las élites: por un lado, la vieja aristocracia que había retomado su lugar después del congreso de Viena en 1815, veía en su música los viejos esquemas del teatro barroco; por el otro, la nueva burguesía que había nacido de las cenizas de las revoluciones, sentía en sus óperas el fuego de la nueva Europa, refinado y abierto como un café intelectual, resonante como un campo de batalla. En fin, Rossini era lo que la Europa después de Napoleón estaba obsesivamente buscando.

¿Cuál Rossini?

Frente a un semejante éxito, colocar a Rossini en categorías estables no solo es sumamente difícil, sino imposible, tanto para los académicos como para los músicos y los melómanos: Rossini como representante máximo del bel canto italiano y figura global y transnacional (su larga estancia en París desde 1823 hasta su muerte consolidó difusamente esta imagen); Rossini como heredero del mundo teatral barroco o como primer representante del romanticismo en Italia; Rossini como representante de la nueva cultura europea (el Napoleón de Mazzini) o como último hijo de una cultura musical – la italiana – superficial y demasiado amena, según la  solían definir Wagner y la escuela alemana; Rossini como figura popular llevada al éxito por arias como la cavatina de Tancredi “Di tanti palpiti”, uno de los hits musicales de toda Europa, o como brillante conversador entre príncipes y reyes.  

Estas oposiciones nos ofrecen el retrato de un compositor cuya complejidad requiere una mirada sumamente flexible en términos geográficos, históricos y culturales. En su trayectoria artística (1810 – 1829) Rossini trabajó tanto con Giovanni Battista Velluti, “el último castrato”, para la ópera Aureliano in Palmira (1813), como con Gilbert-Louis Duprez, el padre de los tenores di forza típicamente románticos. En su catálogo encontramos óperas italianísimas como Semiramide junto a la madre del grand ópera francés como Guillaume Tell, ambas representadas al mismo tiempo en los teatros de América Latina recién independizada de España y en la India colonial, todavía bajo el control británico. No podemos olvidar La Donna del Lago, ni las inquietudes que su gusto romántico causó en Nápoles y en toda Italia. Quizás sea esta una posible mirada para entender a un majestuoso genio: Rossini como emblema de una nueva Europa, global y nacionalista, burguesa y aristocrática, imperialista y liberal, abierta y censoria al mismo tiempo. Su música, con su carisma contagioso y su sonrisa pícara, es el reflejo de un occidente que cambia entre contradicciones y nuevas utopías. ¿Qué sucederá después de él? 

Francesco Milella
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