Beethoven: llegada a Viena (1792-1802)

Cuando en 1792 Beethoven abandonó para siempre Bonn y la Renania y llegó a Viena, ésta era la capital de la música europea.

Por Música en México junio 8, 2020 Última Modificación julio 30, 2020

Cuando en 1792 Beethoven abandonó para siempre Bonn y la Renania y llegó a Viena, ésta era la capital de la música europea. La dominaban las personalidades de Haydn (quien entonces contaba 60 años) y Mozart (fallecido el año anterior), pero también había demanda constante de música suave, que solía satisfacer una multitud de compositores de menor importancia de los cuales la mayoría había caído en el olvido. La ópera florecía tanto en los dos teatros controlados por el Estado como en el recientemente construido Teatro auf Wieden, pero era poco frecuente que se celebrasen conciertos públicos. Aún las series musicales de suscripción -la forma normal en que se daban conciertos en aquella época- eran muy escasas. Ciertos miembros de la nobleza mantenían establecimientos musicales permanentes, y la música de cámara era muy popular; la mayoría de estos amantes de la música tocaba en grupos de cámara, y hasta se componía para ellos. La habilidad en la improvisación era la piedra de toque de los pianistas, aunque en 1792 aún no había aparecido quien retase la supremacía de Mozart en ese arte.

Beethoven había ido a Viena con el carácter de estudiante, e inmediatamente comenzó a tomar lecciones con Haydn, relación que no resultó muy satisfactoria porque la voluntad de Beethoven era demasiado fuerte para el suave carácter de su maestro. Cuando Haydn salió para Inglaterra en 1794 ya las clases habían terminado, y al publicar su primera composición Beethoven se negó a designarse “alumno de Haydn” porque insistía en que, a pesar de haber recibido cierta instrucción de Haydn jamás había aprendido nada de él. Posteriormente estudió con Albrechtsberger, organista de la corte y autoridad en música sacra, así como con Antonio Salieri, antiguo rival de Mozart que era maestro de la capilla de la corte y director de la ópera. Ferdinand, el hijo de Franz Anton Ries, recordaba: “Los tres estimaban mucho a Beethoven, aunque sus opiniones respecto a sus hábitos de estudio eran idénticas; todos decían que Beethoven era tan voluntarioso y autosuficiente que se vería obligado a aprender por medio de arduas experiencias mucho de lo que se había negado a aceptar cuando le había sido presentado como objeto de estudio”. Tal descripción del carácter de Beethoven es muy reveladora. Hasta que conoció a los von Breuning y al conde Waldstein no había aprendido a dominarse a sí mismo, y durante toda su vida fue presa de arranques incontrolables de cólera.

Cuando Beethoven llegó a Viena por primera vez tenía muy poco dinero, porque si bien en teoría seguía siendo empleado de la corte de Bonn, al poco tiempo ésta dejó de pagarle su salario, no obstante los esfuerzos que hizo Franz Anton Ries porque continuase haciéndolo. Pero en Viena los músicos tenían muchas maneras de ganarse la vida. Los aristócratas pagaban muy bien a los pianistas por tocar en sus salones, que además les servían de fuente para reclutar de alumnos adinerados. Algo se ganaba también publicando composiciones, pero era mucho más lucrativo vender los derechos exclusivos de obras nuevas durante un período limitado antes de su publicación, o vender dedicatorias de obras. Los conciertos constituían asimismo otra fuente de ingresos, aunque Beethoven no dio su primer concierto en beneficio propio sino hasta ocho años después de su llegada a Viena.

Escena de un concierto familiar en la Viena de finales del siglo XVIII

Con la ayuda de las cartas de presentación que le habían dado sus amigos de Bonn, Beethoven no demoró en establecerse en la sociedad vienesa. Se hospedó primeramente en la misma casa del príncipe Lichnowsky, gran patrocinador de las artes y músico aficionado. Al poco tiempo el compositor se había cambiado al departamento del príncipe, donde vivía como huésped de honor. Beethoven se llegó a convertir en dandy aunque la necesidad de mantener las apariencias, a la que estaba tan poco acostumbrado, comenzó a serle una fuente de tensión. En casa del príncipe Lichnowsky se servía la comida a las cuatro. “Ahora -dijo Beethoven- desean que esté en casa a las tres y media todos los días, me vista mejor, me cuide la barba, etc. ¡No soporto nada de eso!” Además de Lichnowsky, en esa época Beethoven conoció e intimó con otros nobles vieneses entre los cuales se contaron el príncipe Lobkowitz (otro amante y patrocinador de la música). el barón van Swieten (amigo de Haydn y de Mozart) y el barón Zmeskall von Domanowetz (funcionario de la cancillería de la real corte húngara), así como muchos de los músicos de la ciudad, entre ellos el violinista Ignaz Schuppanzigh, el pianista Hummel y un graduado en teología llamado Amenda que se había convertido en maestro de música. El número de sus amigos aumentó asimismo con la llegada a Viena de Wegeler y de dos miembros de la familia von Breuning.

Ignaz Schuppanzigh

La esplendidez de su vida nueva no logró que Beethoven olvidase a sus hermanos y, fallecido el padre, ellos también se trasladaron a Viena, donde Kaspar Karl se hizo maestro de música mientras que Nicolaus Johann consiguió trabajo en una farmacia y con el tiempo pudo establecerse por cuenta propia. Beethoven siempre estuvo presto para ayudarlos con dádivas de dinero, o con consejos si era necesario.

En 1795, una joven cantante llamada Magdalene Wiallmann viajó a Viena para tomar parte en varias representaciones de la ópera de la corte, y ejerció sobre Beethoven tal grado de fascinación que éste le propuso matrimonio. Sin embargo, la muchacha lo rechazó “porque era muy feo y medio loco”. La pesadumbre consecuente de Beethoven no parece haber durado mucho. Además, ese año fue notable para él debido a varios eventos importantes: por primera vez se presentó ante el público como compositor y pianista y, sobre todo, por la aparición de la primera de sus obras que se publicó en Viena, los tres Tríos para piano, a los que Beethoven mismo distinguió como primera de sus composiciones que mereciera atención al asignarle el calificativo Opus 1. Desde esa época compuso en lo sucesivo sin cesar -en ocasiones trabajaba en varias piezas a la vez-, y con cada obra su recién ganada fama como compositor se diseminaba cada vez más. Para 1801 ya había compuesto los primeros tres conciertos para piano, la Primera Sinfonía y un número enorme de piezas de música de cámara, incluyendo las Sonatas “Patética” y “Claro de Luna”.

Aunque nunca fue muy entusiasta de los viajes, Beethoven visitó Praga y Berlín en 1796 y tocó varias veces en las cortes respectivas. Ries nos cuenta que recibió una cajita de oro llena de monedas, de la que se enorgulleció mucho. Pero aunque no viajaba con frecuencia, sí prefería pasar los meses de estío en algún lugar del campo tranquilo y cercano a Viena. Siempre fue gran amante de la campiña, amor que posteriormente reveló en la Sinfonía “Pastoral”.

Aclamado como pianista y bien encaminado al establecimiento de su fama como compositor, a fines del siglo XVIII Beethoven parecía estar al umbral de una carrera brillante. Sin embargo, ya lo amenazaba el desastre que cambió su vida. Fue en 1798 o 1799 cuando comenzó a notar síntomas de sordera; todavía no eran graves, aunque sí lo suficiente como para llevarlo a visitar a innumerables médicos durante los años siguientes, en busca de una cura que nunca encontró. Para 1801, a Beethoven le era imposible seguir pretendiendo que disfrutaba de una audición normal. El 1o. de julio escribió a Amenda: “Ojalá que estuvieses conmigo, porque tu Beethoven vive muy infeliz sintiéndose en discordia con la naturaleza y su Creador. Más de una vez he renegado de Él por exponer a sus criaturas al más leve accidente, de manera que los capullos más bellos frecuentemente se ven destruidos y quebrantados. Me siento obligado a contarte que la facultad óptima de mi ser, mi oído, se ha deteriorado notablemente. Todavía está por verse si se puede curar”, Su desesperación aumentaba a medida que se notaba cada vez más sordo –“la más infeliz criatura de Dios”, se llamó a sí mismo-, y el 29 de junio escribió a Wegeler: “Mis oídos… silban y rugen incesantemente noche y día. Puedo decirte que mi vida es miserable; llevo casi dos años evitando toda función social, simplemente porque me siento incapaz de admitir ante la gente que estoy sordo”. Empero, para noviembre Beethoven tenía un motivo para estar feliz. Según le contó a Wegeler, estaba enamorado. “Ahora mi vida se ha tornado un poco más agradable de nuevo, porque paso más tiempo con otros. No puedes creer lo aburrida y triste que ha sido estos dos últimos años. Mi sordera me perseguía como si fuera un fantasma, y yo huía de los hombres y me veía obligado a ostentarme como misántropo, a pesar de que no lo soy en absoluto. Este cambio se debe a una muchacha encantadora y fascinante, que me ama y a quien amo. Por fin, después de dos años, he pasado algunos momentos de felicidad absoluta, y ésta es la primera ocasión en que he podido concebir que el matrimonio puede hacer feliz al hombre.” 

Lo más probable es que esta carta se haya referido a la condesa Giulietta Guicciardi, a quien Beethoven había dado clases de piano. Pero ese amor no tuvo consecuencias, quizás debido a las diferencias de las respectivas posiciones sociales, y en 1802 Giulietta Guicciardi desposó al conde Gallenberg. Terminado su asunto amoroso, y con prospectos cada vez más sombríos del futuro, en 1802 Beethoven salió de Viena para pasar el verano en el cercano pueblo de Heiligenstadt.

Fuente: Los grandes maestros de la música clásica. Ediciones Fratelli Fabbri

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