Beethoven mexicano (2a. parte)

La asimetría en la relación entre Beethoven y México desde luego es enorme.

Beethoven mexicano
Por Música en México Última Modificación abril 7, 2021

Por Tomás Granados Salinas

La asimetría en la relación entre Beethoven y México desde luego es enorme. Al recuento de la presencia del sordo de Bonn entre nosotros, variado y por necesidad incompleto, corresponden tan solo una pocas hebras en la dirección contraria, la mayor parte de las cuales son muy especulativas. Ludwig sin duda supo de la Nueva España y con seguridad llegó a pronunciar el nombre de nuestro país, aunque durante la mayor parte de su vida este no existía. Creo que no es demasiado arbitrario comenzar este recorrido adoptando la perspectiva del Imperio español, al que pertenecía el virreinato. Son mucho más abundantes los vínculos de Beethoven con la Madre Patria, tanto en el plano personal como en el artístico. Por ejemplo, su abuelo Lodewijk, de origen flamenco y músico como él, se casó en 1733 con María Josefa Poll (o Pols), que aparentemente era española. Algunas descripciones del más célebre de los Beethoven lo muestran como corto de estatura y de piel no muy clara, con un cuello avaro y rasgos faciales toscos, características que pueden haber inspirado el sobrenombre de der Spagnol, “el español”, con que uno de los caseros de la familia lo llamaba. Su última residencia en Viena, en la que falleció el 26 de marzo de 1827, era conocida como Schwarzspanierhaus, o “casa de los españoles negros”, porque era una construcción que había sido propiedad de unos benedictinos de Montserrat que se asentaron en la ciudad a orillas del Danubio. Los cuadernos de conversación, con los que Ludwig, una vez aceptada su sordera, se ayudaba para comunicarse, atestiguan su interés hacia 1820 en la política española, tanto en la península como en las colonias transoceánicas. De acuerdo con Theodore Albrecht, que tuvo a su cargo la edición en inglés de los tres cuadernos de conversación de Ludwig, este leía el Wiener Zeitung casi a diario y se reunía en un café, hacia las cinco de la tarde, en busca de noticias sobre los levantamientos de liberación y “charlaba” con sus amigos sobre la actualidad política allende los Pirineos.

Pero donde de verdad está presente España es en la música. La única ópera de Beethoven ocurre en Sevilla, donde la audaz y abnegada Leonora se juega el todo por el todo para rescatar a su marido, Florestán, preso de forma clandestina en una fortaleza regida por el cruel Pizarro. Por otro lado, Ludwig compuso música para una obra de teatro de su admirado Goethe sobre el conde de Egmont, un noble valón que en el siglo xvi sirvió a la corona española, hasta ser ajusticiado por órdenes de Felipe II; esta trágica intriga le sirvió a Beethoven para componer una pieza que celebra la libertad y abarca el sufrimiento de un pueblo sometido. Finalmente, tres y quizá cuatro canciones españolas fueron arregladas por Ludwig gracias a uno de esos encargos con los que intentaba paliar sus penurias económicas: en 1816 publicó la música para veintitrés canciones de diversos países europeos, entre ellos “Una paloma blanca”, “Como la mariposa”, “La tirana se embarca” y “Ya no quiero embarcarme” (que quizá sea de origen portugués).

Hay tan solo tres puntos de contacto directo, casi del todo comprobables, entre México y Beethoven. El primero se limita a dos simpáticas estrofas de un lied que forma parte del ciclo de ocho canciones del op. 52, publicado en 1805. La letra a la que le puso música es de Matthias Claudius, un poeta alemán hoy poco recordado, y narra las peripecias de Herr Urian o “señor Urián” –personaje que denota a un bobo o a un visitante no deseado–, que emprende un accidentado viaje por todo el mundo, del Polo Norte a Tahití, pasando por Groenlandia y China. Tras una escala en el norte de América, pasa a visitarnos: “De aquí me fui a México / –está más lejos que Bremen–, / creí que ahí habría oro como paja; / debería llenar mi saquillo. / ¡Le fue bien, entonces; / síganos cuenteando, señor Urián! // Pero pues, pero pues, / ¡cuán equivocado estaba! / No encontré más que arena y piedras, / y dejé el saquillo ahí tirado. / ¡Le fue bien, entonces; / síganos cuenteando, señor Urián!” (versión de Johanna Malcher). O sea que Beethoven, que viajó poquísimo, se divertía con las fantasías de quienes seguían imaginando la existencia de El Dorado por estas tierras.

El segundo ocurre en una carta que Ludwig le mandó a un amigo, el chelista Nikolaus Zmeskall, el 26 de abril de 1813. En ella asegura que su protector, el archiduque Rodolfo, habría de “jalarle las orejas” al “príncipe Fizlypuzly”, que no era otro que Joseph Franz von Lobkowitz, otrora su mecenas y para ese año víctima de predicamentos financieros; de acuerdo con Alfred Christlieb Kalischer, editor a principios del siglo XX de tres volúmenes de correspondencia de Beethoven, Fizlypuzly es una fórmula repleta de erratas para burlarse de Lobkowitz comparándolo, ni más ni menos, con Huitzilopochtli. Tal vez el dios azteca se había deslizado en alguna conversación de este par de músicos y el juego de palabras contiene un sarcasmo que se nos escapa, o quizás el noble caído en desgracia alguna vez manifestó interés en el pasado mesoamericano. Es casi seguro que Ludwig haya estado al tanto de la representación en Viena, en 1820, de Fernand Cortez, ou La conquête du Mexique, una ópera que es no solo una especie de telenovela étnica, con amoríos imposibles entre invasores y sometidos, sino que fue compuesta como un acto de propaganda napoleónica, para justificar la invasión de la península ibérica. Quizá Beethoven conoció esta obra, con música de Gaspare Spontini y libreto de Etienne de Jouy y Joseph-Alphonse d’Esmenard, a raíz de su estreno en París, en 1809, y podría ser que el tema lo llevara a explorar el panteón azteca.

Quien ha planteado la más interesante influencia de México en Beethoven es Javier Platas, el gran promotor de la música de concierto a quien muchos conocemos inmaterialmente gracias a numerosos programas de radio. Tras hallazgos fortuitos y una escucha atenta de la música popular de nuestro país, ha establecido tres líneas de investigación para unir los sonidos nacionales con las armonías del bonnense. Todo escucha se sorprenderá al advertir los ecos del “Jarabe tapatío” al inicio y al final del último movimiento del tercer cuarteto de cuerda de Beethoven: la pegajosa piececilla que entre nosotros suele ir acompañada del batir de faldas coloridas está por unos compases en esa pieza compuesta en 1798-1799, que, si bien suele identificarse como la tercera del opus 18, por los cuadernos en que el compositor iba anotando sus ideas, parece haber sido el primero de sus cuartetos. Algo semejante ocurre por unos instantes con el tercer movimiento del segundo concierto para piano y el son “Pica perica”. En ambos casos el empalme es fugaz y podría no ser más que una casualidad –Platas reconoce con esa alegría que lo caracteriza que entre sus colegas hay quien lo compara con los cazadores de ovnis, dispuestos a considerar indicio lo que no es más que chiripa–, pero al mismo tiempo ha sugerido hipótesis sobre el posible arribo de las melodías mexicanas a la Viena dieciochesca.

Donde se ha señalado mayor cercanía es entre la Séptima sinfonía y diversas músicas tradicionales de México. Por un lado, la pianista e historiadora Alba Herrera y Ogazón cita en su célebre historia del arte musical en México, de 1917, un artículo de Gustavo E. Campa –aparentemente la reseña de una conferencia de Manuel M. Ponce sobre música popular– en el que menciona al “Tzoptizhaue (ignoro si esta escritura es correcta) [que] ofrece la curiosidad de coincidir nota por nota con el tema del scherzo de la Séptima sinfonía”. A ello agregó la ya citada Carmen Sordo la afirmación de que “los mexicanos se han identificado a sí mismos” con esa composición de Ludwig y que entre los intérpretes se le conoce como la “Sinfonía Xochipitzahua”, porque “el tema principal es exactamente el mismo de la antigua danza nahua […] efectuada en honor de Huitzilopochtli” (¡otra vez el dios solar de los mexicas!). Es lógico pensar que uno y otra se refieren al dulce –y monótono– “Xochipitzahuatl”, o “Flor menudita”, pero por más que la escucho una y otra vez, y la comparo con los movimientos igualmente “repetitivos” de la sinfonía, no percibo correspondencia alguna.

La misma Sordo especuló que Humboldt podría haber servido de vaso musical comunicante, aunque su regreso a Europa es posterior a la composición de estas obras. Platas ha explorado otra hipótesis, la de que un jesuita expulsado de la Nueva España podría haber llevado consigo información sobre alguna de esas melodías; más aún, tiene identificado ya un candidato: Ignaz Pfefferkorn, ducho con el violín, quien a mediados del siglo xviii vivió una década en el norte del virreinato y volvió a su natal Alemania en 1778, donde pocos años después publicaría su detallada Descripción de la provincia de Sonora. Beethoven compuso o arregló gustosamente –o al menos la paga que esos devaneos le redituaron le dio gusto– una gran cantidad de piezas a partir de músicas regionales, lo mismo de Escocia que de España, por lo que no resulta improbable que se hubiera dejado “contaminar” con uno o dos compases exóticos llegados hasta él por los meandros más retorcidos, pero no hay hasta ahora ninguna evidencia contundente de ello.

Un Beethoven mexicano es, pues, un rompecabezas con esta clase de diminutos fragmentos, notas aisladas que no permiten siquiera identificar una melodía. Acaso es un nuevo síntoma de los trastornos pandémicos, pero al ver todos estos nexos, los grandes e inobjetables o los pequeños y casi delirantes, parece legítimo sentir que el festejo allá en Bonn y en Viena también está ocurriendo de algún modo en casa. ~

Fuente: Letras libres

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