Crisis (1802-04)

En 1802, Beethoven dijo al compositor Johann Krumpholz, "Estoy muy poco contento con mis anteriores obras y de hoy en adelante tomaré un camino nuevo".

Por Música en México noviembre 9, 2020 Última Modificación noviembre 9, 2020

En 1802, Beethoven dijo al compositor Johann Krumpholz, “Estoy muy poco contento con mis anteriores obras y de hoy en adelante tomaré un camino nuevo”. Sus primeras dos sinfonías y tres conciertos para piano ya estaban concluidos, como lo estaban las sonatas para piano tan originales de los op. 27 y 31. La segunda del op. 27 es la famosa Sonata en do sostenido menor llamada “Claro de Luna”, de tan duradero atractivo popular, y la op. 31 no. 2 en re menor es su obra más dramática hasta esa fecha. Quizás haya terminado las tres sonatas del op. 31 después de su comentario a Krumpholz y es muy posible que lo haya recordado al hacerlo, pues esas obras van ya por un camino nuevo. Poco tiempo faltaba para la Sinfonía no. 3 “Heroica”, y estaba en el umbral de un periodo de poderío y fecundidad sin paralelos.

Para concebir la verdadera inmensidad de su hazaña (o más bien, para tener alguna noción de la fuerza de voluntad que la hizo posible), es necesario considerar el estado mental en que se encontraba Beethoven en 1802. Sus facultades auditivas lo estaban preocupando y poco habían podido hacer sus médicos para sosegarlo. En realidad, el veredicto era que había muy pocas esperanzas de que mejor y casi la seguridad de que se produciría un franco deterioro. No existía cura concebible. Beethoven se sumió en la desesperación, a tal grado que en más de una ocasión tuvo la idea de suicidarse. A los 32 años, afrontar tal pesadilla era casi insoportable -y en esa época Beethoven creía que sólo tenía 28, puesto que su padre, en su afán por explotarlo como niño prodigio, había falsificado su edad. Su amigo Stephan Breuning, en carta dirigida a otro admirador del compositor, dijo: “No puedes creer el efecto tan indescriptible, puedo decir hasta horrible, que le ha producido su sordera”. Beethoven pasó el verano de 1802 en la campiña de Heiligenstadt, cerca de Viena, y expresó algunos de sus pensamientos más sombríos (y más nobles) en una carta muy famosa en la actualidad, que dirigió a sus hermanos y se conoce como el Testamento de Heiligenstadt, ya que es evidente que su intención era servir como una especie de testamento.

A mis hermanos Karl y … Beethoven:

Hombres que me consideráis o declaráis hostil, testarudo, misántropo: cuán injustos sóis conmigo! No sabéis la causa secreta de lo que os parece así a vosotros. Desde la niñez mi corazón y mente han estado llenos de los más tiernos sentimientos de buena voluntad, y siempre estuve dispuesto a consumar hazañas. Pero considerad que durante seis años me he visto afectado de un mal incurable que han agravado mis médicos incompetentes, engañado año tras año por la esperanza de una mejora, y obligado a la postre a aceptar el prospecto de una enfermedad duradera cuya cura puede quizás requerir años, o, en verdad, quizás sea imposible.

Nacido con temperamento ardiente y activo, y siempre inclinado hacia las diversiones de la sociedad, desde la edad más tierna me ví obligado a recluirme y vivir en la soledad. Si a veces trataba de hacer caso omiso de todo eso, cuán ardua me resultaba la experiencia doblemente triste de mi sordera y de no poder decir a la gente, hablad alto, gritad, porque estoy, sordo! ¿Cómo era posible que admitiese que sufro una dolencia en un sentido que, en mí, debe ser más perfecto que en los demás, en un sentido que alguna vez poseía en la mayor perfección, con una perfección tal que pocos en mi profesión disfrutan o han ‘disfrutado jamás? ¡Ay, no puedo hacerlo!

Perdonadme, pues, si me veís retraerme de vuestra compañía, que tan gratamente compartiría. Mi mala fortuna se me hace doblemente difícil de soportar, ya que por ella es seguro que seré incomprendido. Para mí no puede haber recreo en la compañía de otros, no puede haber placer en la conversación, no puede haber intercambio mutuo de pensamientos. Sólo me atrevo a penetrar en la sociedad hasta donde lo requieren las necesidades más apremiantes; me veo obligado a vivir como un proscrito, y si oso permitir que me acompañen me abruma un terror desolador, porque temo estar en peligro de que se conozca mi condición.

Así ha sido mi vida durante este último semestre que he pasado en la campiña. Cuando mi sabio médico me ordenó que protegiese mis oídos cuanto pudiese, casi estimuló el humor instintivo que ahora me posee, aunque, sintiéndome frecuentemente impulsado por la necesidad de estar acompañado, me he dejado vencer por esa tentación. Pero, ¡cuánto me humillaba que estaban cerca de mí escuchasen en la distancia una flauta que yo no podía oír, o que alguien oyese a un pastor que cantaba, mientras yo no oía nada! Tales experiencias me han llevado al borde de la desesperación; un poco más, y hubiese puesto fin a mi vida. Sólo el arte detuvo mi mano. ¡Ay, me parecía imposible abandonar el mundo antes de haber producido todo lo que me sentía obligado a produ-cir!, y así soporté esta existencia tan miserable, miserable deveras con un cuerpo tan sensible que cualquier cambio progresivo es capaz de transportarme desde la óptima hasta la pésima condición. Me dicen que debo optar por la paciencia como guía. Lo he hecho; espero que mi determinación y mi esperanza se conservarán firmes hasta que al destino inexorable le plazca romper el hilo. Quizás mi condición mejore, y quizás no. Estoy conforme. Verme obligado a convertirme en filósofo a la temprana edad de 28 años no es fácil, y menos para un artista que para los demás.

Ser Divino, tú miras a mi alma más profunda, tú ves dentro de mi corazón y sabes que el amor a la humanidad y el deseo de hacer el bien moran en él! ¡Hombres, cuando algún día leáis estas palabras, refleccionad que me hacéis mal, y permitid al hijo de la desgracia el sosiego de saber que ha encontrado otro como sí, quien, a pesar de todos los obstáculos que la naturaleza ha puesto en su camino, hizo cuanto pudo por ser recibido en los rangos de los artistas y hombres de valía!

Vosotros, mis hermanos Karl y… : tan pronto haya fallecido, si el profesor Schmidt aún vive, solicitad de él en mi nombre que describa mi padecimiento, y a éste documento que leéis ahora anexad el recuento de mi mal para que, cuando menos hasta donde lo pueda hacer, el mundo se reconcilie conmigo después de mi muerte. A la vez, declaro que vosotros sóis los herederos de mi pequeña fortuna (si así se puede llamar). Divididla equitativamente, y soportáos y ayudáos. Lo que habéis hecho para dañarme, ya sabéis cuánto tiempo hace que está perdonado. A ti, hermano Karl, doy gracias especiales por el afecto que recientemente me has demostrado. Tengo la esperanza de que tu vida sea mejor y más libre de cuidados que la mía. A tus hijos, recomiéndales virtud, pues éso sólo, y no el dinero, es capaz de producir la felicidad. Mis palabras proceden de la experiencia. La virtud fue lo que me sostuvo, aun en mi aflicción; a ella, después de a mi arte, debo el no haber puesto fin a mi vida suicidándome. Adios, y teneos amor.

Doy gracias a todos mis amigos, especialmente al príncipe Lichnowsky y al profesor Schmidt. Es mi deseo que uno de vosotros conserve los instrumentos del Príncipe L.; pero que no surja querella entre vosotros por ello. Si son capaces de servir un fin mejor para vosotros, vendedlos. ¡Cuán feliz seré. aun en mi tumba, si puedo ayudaros! Que así sea. Jubiloso, me apresuro a enfrentar la muerte. Si viene antes de que hava tenido oportunidad de desarrollar todas mis capacidades artísticas, entonces, y a pesar de mi nuevo destino, habrá venido demasiado pronto, y probablemente desearé que se hubiese demorado. Aun así, estaré conforme, pues, ¿no me libertaré de un estado de sufrimiento continuo? ¡Venid cuando queráis: os enfrentaré con bravía! Adiós, y no me olvidéis completamente en la muerte! Merezco ese recuerdo de vosotros, puesto que en vida he pensado frecuentemente en cómo haceros feliz. ¡Sedlo!

Ludwig van Beethoven

A los pocos días Beethoven añadió la siguiente postdata: “Así me despido de vosotros, y, en realidad, con tristeza. El caro anhelo de que quizás y cuando menos hasta cierto punto me curaría me veo obligado a abandonarlo por completo. A medida que las hojas otoñales caen marchitas al suelo, mis esperanzas se van acabando. Me voy de aquí casi como vine; hasta el valor boyante que tan fuertemente me animó en los lindos días del verano, me ha abandonado, ¡Providencia, dame un día al menos de júbilo puro! Hace tanto tiempo que el júbilo verdadero ha sido extraño para mí! ¿Cuándo, dime cuándo, Divina Providencia, lo podré sentir una vez más en el templo de la naturaleza y de los hombres? ¿Nunca? ¡No, eso sería demasiado duro!”

Es una experiencia saludable escuchar la música que vino después de este documento tan triste: la brillantez magnífica de la Segunda Sinfonía, y la expansión espiritual tan maravillosa e incesante que cobró vida en las obras que vinieron de las cuatro sinfonías siguientes, la Sonata “Waldstein”, el Cuarto Concierto para piano, el Concierto para violín, los Cuartetos “Razumovsky“ y la ópera “Fidelio”. El “camino nuevo” se convirtió en la carretera máxima de la música, labrada a la fuerza y en contra de todas las probabilidades a través de un terreno feraz. Nadie puede decir que la renovación de la música que logró Beethoven haya sido resultado de su conquista de la mala fortuna, o que su resolución de proseguir se haya debido a las fuerzas que ya bullían en su imaginación y le hacían imposible el suicidio. Al principio, lo más probable es que hayan sido estas últimas, que deben haberle otorgado una nueva sensación de fuerzas para luchar con la dura realidad de su sordera. El poder de su imaginación se tiene que haber apoderado de su voluntad. El Testamento de Heiligenstadt muestra el abismo que existe entre el artista y el hombre.

Fuente: Los grandes maestros de la música clásica. Ediciones Fratelli Fabbri

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