Beethoven 250: Los años productivos (1822-1825)

Beethoven enfrentó grandes problemas en la última década de su vida, el período más fructífero de su vida, en el que produjo las últimas cinco sonatas para piano...

Beethoven
Por Música en México Última Modificación abril 7, 2021

Ya hemos comentado que Beethoven enfrentó grandes problemas en la última década de su vida. El pleito por la custodia de su sobrino Karl lo dejó en difícil situación económica, y además se sentía solo, estaba sordo y su salud empeoraba cada vez más. No obstante, desde el punto de vista artístico esa década fue el período más fructífero de su vida, en el que produjo las últimas cinco sonatas para piano, las dos sonatas para violoncello del Opus 102, las “Variaciones Diabelli” (que son, sin discusión alguna, la mejor obra de variaciones jamás compuesta), la Obertura “Consagración de la casa”, la Missa solemnis, la Novena Sinfonía, los supremos cuartetos finales de los Opus 127 al 135, y muchas obras nada desdeñables. Además, mantuvo su mente llena de proyectos hasta el final: un Requiem, una Misa en do sostenido menor, una Décima Sinfonía y un marco para el Fausto de Goethe. Cuesta trabajo concebir que un hombre enfermo haya podido tener tales pensamientos. Beethoven seguía luchando con su sordera no porque interfiera en manera alguna con su composición (es posible que lo haya ayudado a concentrarse, puesto que su oído interno no estaba lesionado en absoluto), sino porque ocasionalmente sentía deseo de tomar parte en sus funciones. Eso sintió cuando en 1822 reestrenaron “Fidelio”, y tal impulso le produjo una de las experiencias más tristes de su vida. Schindler, el primer biógrafo de Beethoven, describe dicha ocasión:

“Beethoven preguntó entre sus amigos si debería atreverse a acometer la dirección de su ópera con la ayuda de su muy estimado amigo el Kapellmeister Umlauf. Todos le aconsejamos que no lo hiciese. De hecho, le rogamos que desistiera de su deseo y recordara las dificultades que había tenido en 1819, en ocasión de un concierto en el auditorio de la universidad, y también las que se habían producido en una función en el Teatro Josephstadt. Beethoven pasó varios días indeciso, pero al fin declaró que estaba dispuesto a dirigir la obra, decisión deplorable desde muchos puntos de vista. A petición suya, lo acompañé al ensayo general. La obertura en mi mayor salió perfectamente porque, a pesar de varios titubeos por parte del director, el atrevido ejército de la orquesta mantuvo su disciplina acostumbrada. Sin embargo, desde el primer número, el dueto entre Marzelline y Jacquino, fue evidente que Beethoven no oía nada de lo que estaba ocurriendo en el escenario. Parecía estar luchando porque se tocara más lentamente, y la orquesta siguió sus indicaciones, pero los cantantes siguieron adelante sin hacer caso, y cuando se llegó al punto en el que se oye tocar a la puerta de la prisión, todo se vino abajo. Sin decir el motivo al maestro, Umlauf ordenó a los músicos que se detuvieran, y después de pasar varios minutos intercambiando comentarios con los cantantes, les dio la orden: ¡da capo! El dueto comenzó de nuevo, y de nuevo fue notable la desunión y otra vez se produjo confusión desde el momento del toque a la puerta. Volvieron a detener a los músicos. La imposibilidad de seguir adelante bajo la dirección del compositor de la obra era evidente, pero, quién se lo iba a decir, y cómo? Ni el gerente Duport ni Umlauf querían decirle: ¡Es imposible, vete, hombre infeliz!” Beethoven, que había comenzado a sentirse aprehensivo, miraba de un lado a otro examinando los rostros para determinar lo que estaba interrumpiendo el ensayo. Empero, todos guardaron silencio. Entonces me llamó, y cuando fui hasta donde él estaba, frente a la orquesta, me alcanzó su cuaderno de notas pidiéndome que le escribiese lo que estaba pasando. Tan rápidamente como pude escribí algo así como: ‘Por favor no prosiga, le explicaré cuando estemos en casa’. Saltó al piso sin decir más que ¡vámonos de aquí!, y sin detenerse prosiguió hasta llegar a su departamento del Pfarrgasse, en el suburbio Laimgrube. Una vez ahí se lanzó al sofá, cubrió su cara con las manos y así permaneció hasta que fuimos a cenar. Durante la comida no pronunció palabra, y toda su actitud expresaba depresión y derrota. Cuando terminamos de cenar yo quise dejarlo, pero me pidió que no lo abandonara hasta la hora del teatro, y a mi salida me pidió que al día siguiente lo acompañara a ver al doctor Smetana, que entonces era su médico, y que se había ganado su reputación tratando dolencias auditivas.”

“Jamás en mis muchos años de relación con el gran compositor sufrí experiencia igual a la de ese día de noviembre, No obstante las dificultades, los momentos desagradables o los disturbios de la mente o del espíritu que padeció como consecuencia de su infelicidad en las relaciones personales o de otras circunstancias, siempre comprobé cómo las incomodidades o depresiones del maestro no pasaban de ser temporales, y cómo al poco tiempo recuperaba su compostura acostumbrada, erguía su cabeza de nuevo y seguía adelante con propósito y vigor inalterados, una vez más maestro del taller de su genio, y como si no le hubiera ocurrido nada. Mas de ese golpe, jamás se recuperó totalmente…”

“El doctor Smetana le recetó medicamentos para uso interno. Eso me pareció indicio de que quería distraer a su ciente con algo, pero sin esperanza alguna de que en realidad se produjera una mejora en su oído tan dañado. Por otra parte, ya la experiencia había enseñado al médico la consideración que ya ese paciente tan impetuoso y perturbado otorgaba a las prescripciones de sus facultativos. La dosificación decía: ‘¡Una cucharadita cada media hora!’ ¡Bah, de qué servía una sola cucharadita! El paciente se dedicó a corregir la orden como si fuera error del copista de una de sus partituras. Debía decir una cucharada completa. ¡Así es como debía tomarse la medicina! Por otra parte, cuando llegaba a acordarse de ingerir el remedio, consumía toda la botella en pocas horas y había que volver a llenarle la receta. Así se comportaba durante días, sin hacer al médico observación alguna respecto al progreso de su paciente, a menos que el médico mismo le preguntara. Generalmente el progreso era escaso, y el paciente se sentía mucho peor que antes de haber iniciado el tratamiento, porque tenía que beber enormes cantidades de agua, con lo que impedía toda oportunidad de obtener beneficio del medicamento.”

Tal paciente era nuestro Beethoven, cuando alguna vez llegaba a molestarse en ir al médico. Para el médico, a su vez, tener a Beethoven entre su clientela no carecía de peligro, porque la actitud desdeñosa de nuestro paciente para con las dosis que le recetaban frecuentemente producía en él efectos perjudiciales, de los cuales hacía responsable al galeno. En los comienzos de sus dificultades auditivas, al maestro lo trató su compatriota de la Renania, el Dr. von Vering, cirujano del estado mayor imperial que, acostumbrado a que sus paciente observaran estrictamente sus instrucciones, y además a ejercer cierta autoridad sobre Beethoven, había esperado que éste seguiría sus órdenes con precisión. Sin embargo, el paciente hizo caso omiso de ellas y procedió como deseó. De hecho, se mostró tan intransigente respecto a la restricción de su libertad en materia de medicamentos como lo era en su vida personal. La libertad más absoluta en la comisión u omisión de cualquier acto, limitada sólo por las leyes de la moralidad, ése era el principio que guiaba este carácter único.”

“Apenas había comenzado el tratamiento bajo el Dr. Smetana cuando el maestro recordó al padre Weiss, de San Esteban, ese capaz otólogo que mencionamos al lector cuando comenzamos a relatar las dificultades auditivas de Beethoven. Este lo consultó de nuevo, y yo acompañé al maestro en dicha visita. El sacerdote se mostró conmovido por lo que le dijo su renombrado visitante, y aunque no le hizo promesa alguna, su simpatía estimuló tanto a Beethoven que el compositor comenzó a tener esperanzas de que su condición mejoraría y juró cumplir al pie de la letra todas las órdenes del médico y visitarlo regular y persistentemente.” 

“La primera fase del tratamiento del padre Weiss consistía simplemente en una inyección de aceite que el paciente aceptaba con docilidad. Según las leyes que regulaban el ejercicio de la profesión médica, sólo se permitía que el sacerdote recibiese pacientes en su departamento, así que se dieron instrucciones a nuestro maestro para que visitara diariamente a su cariñoso médico. No obstante, poco tardó en dejar de hacerlo. El padre Weiss le escribió una nota advirtiéndole que no interrumpiera el tratamiento porque estaba logrando éxito, cuando menos con el oído izquierdo, pero el ‘asno obstinado’ que en sus años en Bonn se había negado a ir donde sus alumnos, en esa época se mostró igualmente renuente a visitar la rectoría cercana a San Esteban. Desde luego que sí había motivo para la impaciencia del compositor ante la perspectiva de un curso prolongado del tratamiento médico, y era el trabajo apremiante que lo aguardaba en el escritorio de su hogar, pero eso sólo no habría impedido a Beethoven seguir el tratamiento si no hubiese intervenido un elemento mucho más personal y vigoroso de su personalidad para obligarlo silenciosamente a abandonar todo esfuerzo: su impaciencia y falta de respeto por todo tratamiento médico que no lograra los resultados esperados dentro de las primeras 24 horas.”

“Se ha hecho una descripción completa de la condición de la sordera de Beethoven, y el lector sabe tanto lo que el doliente hizo como lo que omitió hacer para aliviar el gran infortunio que sin cesar lo atormentó durante casi toda su vida. El conflicto que siguió al incidente de la ópera fue el último de esa naturaleza, porque desde entonces no hizo esfuerzos similares, sino que siguió el ejemplo de tantos sabios de épocas pasadas, sometiéndose a su duro destino sin emitir una sola palabra de queja.”

Fuente: Los grandes maestros de la música clásica. Ediciones Fratelli Fabbri

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