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Sinfonías Nos. 1, 2 y 3 de Beethoven

El compositor alemán Ludwig van Beethoven compuso nueve sinfonías a lo largo de su trayectoria musical.

Por Música en México enero 5, 2020 Última Modificación marzo 2, 2020

El compositor alemán Ludwig van Beethoven compuso nueve sinfonías a lo largo de su trayectoria musical. Con motivo de los 250 años de su nacimiento, te presentamos las primeras tres.

Sinfonía No. 1 en do mayor, Op. 21

La Sinfonía No.1 en do mayor, Op. 21 de Ludwig van Beethoven, compuesta entre 1799 y 1800, con algunos apuntes que datan de 1795, fue dedicada al baron Gottfried van Swieten y estrenada el 2 de abril de 1800 en el Burgtheater de Viena en un concierto organizado por el mismo compositor. 

Orquesta Filarmónica de Viena, dirige Christian Thielemann

Su recepción fue polémica; algunos la encontraban muy semejante a la Sinfonía No. 41 “Júpiter” de Mozart, o a las últimas de Haydn. Cierto es que la primera sinfonía beethoveniana está en línea de continuidad clásica con las Sinfonías de Londres de Haydn y las últimas de Mozart, como exponentes cabales del apogeo del clasicismo vienés. Hubo quienes la encontraron extraña con excesivas modulaciones y raros contrastes; un crítico llego a referirse a la obra como una caricatura de Haydn llevada hasta el absurdo. Sorprendió especialmente el inicio con un acorde de séptima sin preparación. Fue tomada como un audaz desafío a Haydn, que era el más importante compositor vivo en Viena, y probablemente fue percibida como violenta y de emociones desbordantes por un público aún acostumbrado a las obras galantes; pero hoy nadie la consideraría así, sino más bien briosa y juvenil, rebosante de vitalidad, comparándola sobre todo con las posteriores sinfonías impares. Muy seguramente las comparaciones con Haydn antes que las críticas a la obra en sí molestaron a Beethoven.

Como ocurre en obras orquestales previas, como los primeros conciertos para piano y orquesta y en los cuartetos y sonatas compuestos por Beethoven en la última década del siglo XVIII, la sinfonía en do mayor nos muestra al compositor explorando en un mundo en el cual realizaría posteriormente sus grandes hallazgos formales y expresivos.

La introducción del primer movimiento Adagio Molto, empieza con un acorde de do, pero de do 7 sin preparación, algo realmente inusitado. En los tres primeros compases hay una sucesión de acordes de séptima de dominante secundarias, con sus resoluciones respectivas: Do 7 que resuelve en Fa mayor; Sol 7 cuya resolución es deceptiva al ir a la menor; y Re 7 que resuelve en Sol mayor (la dominante de do mayor), centro tonal sobre la cual se extienden los nueve compases siguientes, para dar paso a un Allegro con Brio en forma sonata, con un primer tema de incisos cortos y un segundo algo más lírico. El desarrollo, que presenta un cierto patetismo, tras varias modulaciones concluye en la menor (en la dominante), para después de un breve puente de seis compases empezar la reexposición del tema principal, que no es exacta en orquestación a la aparición primera del tema en la exposición, como ocurre en Haydn o en Mozart; esto es algo que va a ser característico del modo como Beethoven trata la forma sonata. Otra característica novedosa es que en la re- exposición pareciera continuar desarrollándose el primer tema, y que la coda final está precedida de una especie de segundo desarrollo. Este recurso alcanzará proporciones mayores en las sucesivas sinfonías. Al final del movimiento se acentúa un carácter marcial; recordemos que el estreno de la sinfonía se produjo a poco menos de dos meses antes de la batalla de Marengo, en la cual el cónsul Bonaparte derrotara a los austriacos comandados por el general Michael von Melas, sellando el éxito de la campaña italiana de Napoleón.

El segundo movimiento, Andante cantabile, empieza en canon con un tema de minué lento expuesto por los segundos violines, el carácter es delicado, con algo de ternura inclusive, aunque del estilo galante tiene ya muy poco. La forma sonata está presente, lo que no es común en los movimientos lentos, pero los dos temas son poco contrastantes. En el breve desarrollo, las modulaciones imprimen un carácter más tenso, sin embargo no hay un patetismo comparable al que se presentará en los movimientos lentos de las posteriores sinfonías de numeración impar. La reexposición del tema va acompañada de un contrapunto que le confiere variedad. El carácter amable se mantiene a lo largo de todo el movimiento, alejado aún del espíritu abiertamente romántico que se puede encontrar en la música de cámara del compositor anterior a la sinfonía como el Adagio Affettuoso ed appassionato, segundo movimiento del Cuarteto N° 1 en Fa mayor, Op 18 N° 1, o los movimientos lentos de cualquiera de sus diez primeras sonatas para piano, igualmente anteriores a la sinfonía, como por ejemplo el de la mencionada Sonata Patética. El piano le permite al primer Beethoven un intimismo y una profundidad que no encuentra aún en la orquesta.

La verdadera innovación está en el Menuetto – Allegro molto e vivace (tercer movimiento) que a pesar de la denominación no es precisamente un minueto sino un scherzo veloz y de un carácter un tanto rudo completamente ajeno a lo cortesano. Un antecedente es el Scherzo, Allegro Molto del Cuarteto N° 1 en Fa mayor, Op 18 N° 1 (denominado Scherzo no Menuetto). Cabe recordar no obstante que Haydn en varias de sus sinfonías presenta un espíritu marcadamente popular cercano al ländler, pero Beethoven llega en este movimiento a algo bastante más osado, muy alejado de toda reminiscencia aristocrática. Es el primer gran paso hacia los grandes scherzi de las siguientes sinfonías impares, pero no cabe duda que su interés no esa solamente ser un gran paso.

El cuarto movimiento, Finale – Adagio, allegro molto e vivace, se inicia con un fortissimo en la dominante, al que suceden en un contrastante piano fragmentos de escalas de valores diferentes. Esta introducción de apenas cinco compases es muy original y manifiesta un estilo ya muy diferenciado. Sucede a continuación una forma sonata de carácter chispeante ceñida al modelo formal de los movimientos finales de las sinfonías de Londres de Haydn. Como ocurre en el primer movimiento, aunque de manera más sutil, al concluir la sinfonía parece imponerse un carácter militar propio de la época revolucionaria sobre el espíritu despreocupado y risueño que ha prevalecido en el movimiento.

Fuente: 

José Quezada Macchiavello para la Enciclopedia Católica Online. Artículo publicado en https://ec.aciprensa.com/wiki/Beethoven:_La_Primera_Sinfon%C3%ADa

Sinfonía No. 2 en re mayor, Op. 36

Orquesta Filarmónica de Viena, dirige Christian Thielemann

Si se toma en cuenta el curioso análisis que algunos musicólogos han hecho de las sinfonías de Beethoven, la segunda corresponde a lo que podría llamarse el grupo de las sinfonías ligeras del compositor alemán. ¿Cuál es el razonamiento que da pie a ese análisis? Se trata, sencillamente, de la idea de que Beethoven, a lo largo de sus nueve trabajos sinfónicos, alternó una sinfonía de gran peso con otra de menor impacto. Así, tenemos que la primera de las nueve sinfonías beethovenianas es una categórica afirmación musical, en el sentido de que de alguna manera significa un paso más allá de las sinfonías de Haydn y Mozart. Siguió después la Segunda sinfonía, más ligera en intención y más transparente en textura. Enseguida, la monumental Heroica, hito importante en la historia de la sinfonía, seguida por la Cuarta sinfonía, que es como un remanso musical. A continuación, la poderosa y asombrosa Quinta sinfonía, a la que siguió la bucólica y plácida Pastoral. Vino después la vibrante y efervescente Séptima sinfonía y, enseguida, la octava, más diáfana y sencilla, para concluir el catálogo con la gigantesca (en muchos sentidos) Novena sinfonía. Como toda clasificación más o menos tajante en la historia de la música, ésta no es necesariamente exacta, pero no deja de tener cierto interés.

Beethoven abordó la composición de su Segunda sinfonía en el año de 1801, pero la mayor parte de la obra fue escrita en el verano y el otoño de 1802 en el pequeño pueblo de Heiligenstadt en las afueras de Viena. El nombre de este pueblito se ha hecho muy famoso en la historia de la música no tanto porque Beethoven haya escrito allí su Segunda sinfonía, sino porque ahí nació uno de los documentos más dramáticos jamás surgidos de la pluma de un compositor. Fue precisamente en ese verano de 1802 que Beethoven escribió lo que hoy se conoce como el Testamento de Heiligenstadt, una apasionada carta dirigida a sus hermanos, en la que el compositor se mostraba alternativamente iracundo y desesperado por la sordera que lo aquejaba y que, según él mismo escribía, le había hecho pensar más de una vez en el suicidio. Siguiendo, pues, una línea de pensamiento típicamente romántica, en la que es posible asociar el estado de ánimo del compositor con la coloración dramática y expresiva de su música, era lógico esperar que la Segunda sinfonía de Beethoven fuera una obra oscura, llena de pasiones turbulentas y desafíos sonoros. Sin embargo, Beethoven supo ocultar su angustia y desesperación detrás de una sinfonía brillante, juguetona y extrovertida, que nada tenía que ver con la pugna interna de su alma. Ello indica que su poderoso espíritu prefirió transformar en música el bello paisaje que veía desde la ventana de su casita en Heiligenstadt, a través del río Danubio y hacia los montes Cárpatos, en vez del paisaje mórbido y oscuro que veía al interior de su alma.

La Segunda sinfonía de Beethoven fue estrenada el 5 de abril de 1803 en el Theater an der Wien de la capital austriaca, en uno de esos maratónicos conciertos llamados academias en esa época.

Esa noche, Beethoven ofreció al público el estreno de tres de sus obras recientes: el Tercer concierto para piano, actuando él mismo como solista; el oratorio Cristo en el Monte de los Olivos; y la Segunda sinfonía. En ese enorme concierto se tocó también la Primera sinfonía de Beethoven, y en el programa aparecieron algunas otras obras que, al parecer, fueron canceladas por falta de tiempo. Si la Primera sinfonía de Beethoven había sido bien recibida por la crítica, la segunda no corrió con tanta suerte, y desde su estreno fue atacada duramente. Un crítico de Leipzig escribió lo siguiente respecto a la obra:

Es un horrible monstruo, un dragón herido que se rehúsa a morir, y aún al desangrarse, loco de furia, da terribles golpes con la cola, en el estertor de la agonía.

Por otra parte, una voz más equilibrada, la de Friedrich Rochlitz, se dejó escuchar en una nota publicada en el Allgemeine Musikalische Zeitung:

Esta es la obra de un revolucionario, y estoy seguro de que estará viva mucho después que mil piezas de moda, hoy célebres, hayan desaparecido en el olvido.

Además de que el tiempo acabó por darle la razón a Rochlitz (y a la música de Beethoven), el concierto del estreno de la Segunda sinfonía le reportó al compositor una jugosa ganancia económica, que propició uno de los pocos momentos de holgura financiera de su vida.

Volviendo al tormentoso estado de ánimo que Beethoven padecía a causa de la sordera, vale la pena citar este fragmento del Testamento de Heiligenstadt:

…estuve cerca de poner fin a mi vida. Sólo el arte, sólo eso me detuvo. Ah, me parecía imposible dejar el mundo hasta no entregar todo lo que había sido llamado a producir… tuve entonces que soportar esta desgraciada existencia.

Después de escribir esto, Beethoven habría de vivir todavía un cuarto de siglo, para producir lo mejor de su música, obras que, tal y como lo había vaticinado Rochlitz, han sobrevivido incólumes al paso del tiempo, mientras que los intentos musicales de la mayoría de sus contemporáneos, ricos y famosos entonces, hoy sólo son unas cuantas líneas en los catálogos y las enciclopedias.

Fuente: Juan Arturo Brennan para la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, Temporada 2016

Sinfonía No. 3 en mi bemol mayor Op. 55 “Heroica”

Orquesta Filarmónica de Viena, dirige Christian Thielemann

En 1800 y 1802 Ludwig van Beethoven había ofrecido al público vienés, respectivamente, su Primera y Segunda sinfonías, obras que si bien todavía participaban del mundo sonoro de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), ya llevaban el germen de lo que habría de ser el estilo maduro del compositor. Y de pronto, en 1805, de manera ciertamente sorpresiva y sorprendente, Beethoven mostró al mundo su Tercera Sinfonía, que cayó en esta tierra como una verdadera bomba musical. Al margen de las anécdotas napoleónicas extramusicales que la rodean, esta sinfonía vino a representar una ruptura tajante con los modelos sinfónicos anteriores y, paradójicamente, un sólido eslabón en la tradición sinfónica germánica. Originalmente, Beethoven llamó a esta gran obra Sinfonía grande, intitolata Buonaparte, cuando todavía creía (inocente y generoso) en las buenas intenciones de Napoleón. Después vendría la escena que tantas veces nos han contado: un furibundo Beethoven tachando la dedicatoria original para dejar la sinfonía como Sinfonía heroica, dedicada a celebrar la memoria de un gran hombre. ¿Qué importancia real tiene la cuestión napoleónica en el ámbito musical de esta magna sinfonía? Para acercarnos a esta cuestión, escuchemos al compositor ruso Igor Stravinski (1882-1971):

 “¿Qué importa si la Tercera sinfonía de Beethoven fue inspirada por la figura de Bonaparte el republicano o la de Napoleón el emperador? Sólo la música importa. Pero hablar de música es arriesgado y conlleva una responsabilidad. Por ello algunos prefieren abordar los asuntos colaterales. Esto es fácil y permite que uno se haga pasar por un gran pensador.”

 En 1802 Beethoven escribió el famoso Testamento de Heiligenstadt, aterrador documento en el que desnudaba su atribulada alma ante el mundo. Un año después, como para demostrar su capacidad de superar los obstáculos más formidables, acometió la creación de su Tercera Sinfonía, que habría de ocuparlo durante 1803 y 1804. La obra que produjo en ese período no ha cesado de asombrar a quienes la escuchan, aún a tantos años de distancia. El musicólogo Paul Henry Lang la describió en estos términos:

 “Una de las hazañas más incomprensibles en las artes y las letras, el paso más grande dado por un compositor en la historia de la sinfonía y en la historia de la música en general.”

En efecto, nada en la literatura sinfónica previa parecía prefigurar el monumento musical logrado por Beethoven en su Heroica. Dos poderosos acordes para llamar nuestra atención, y de inmediato el primer tema de la sinfonía; así comienza Beethoven el discurso musical con el que habría de asombrar a su generación y a las generaciones venideras. Más tarde, una marcha fúnebre de insondable profundidad, quizá para acompañar el funeral de la memoria de ese otro Napoleón que se le murió a Beethoven. Y al interior de un último movimiento, que es un portento de diseño sinfónico, hallamos un interesante (y musicalmente muy útil) tema que aparece también en una de las contradanzas orquestales de Beethoven. Este tema de la contradanza aparece poco después del inicio del último movimiento, y reaparece más tarde en la sección lenta del mismo con un carácter triste y melancólico, primero en los alientos, luego en las cuerdas. Finalmente, un coral de cornos lo repite en momentos previos a la tormentosa coda. La síntesis de este tratamiento sinfónico al tema de la contradanza es apenas una de las numerosas riquezas que esta sinfonía ofrece a quien la escucha con atención. Si esta sinfonía está hoy perfectamente asentada en la lista de las obras maestras indudables, no siempre fue aceptada por la crítica. Ante la sorpresa de verse enfrentado a semejante obra y ante la imposibilidad de asimilarla por falta de oído o por falta de neuronas funcionales, un crítico inglés escribió lo siguiente en 1829:

 “La Sinfonía Heroica tiene mucho para ser admirada, pero es difícil mantener esa clase de admiración por tres largos cuartos de hora. Es infinitamente larga. Si esta sinfonía no es abreviada de alguna manera, pronto caerá en desuso.”

Tengo el agrado de informar a mis lectores que la Heroica, tal y como la concibió Beethoven con sus tres largos cuartos de hora de duración, sigue estando en uso, mientras que el crítico inglés cayó en desuso hace ya bastante tiempo. Al que sí habría que perdonar es a aquel pobre melómano que el día 7 de abril de 1805, al asistir al estreno de la Heroica, gritaba desaforadamente: “¡Con gusto pagaría otro kreutzer para que esto se acabara!” Al menos este buen hombre reconoció abiertamente el poder de esta sinfonía para avasallar los sentidos y el entendimiento.

En la actualidad existen alrededor de 60 versiones grabadas de esta poderosa sinfonía, muchas de ellas muy buenas. Pero si usted es de los melómanos que están dispuestos a correr un pequeño riesgo extra, le recomiendo ampliamente escuchar la grabación de la Heroica dirigida por Frans Brüggen al frente de la Orquesta del Siglo XVIII. No suena como Karajan, no suena como Böhm, no suena como Bernstein. Pero tiene un sonido tan fresco, tan directo, tan asombroso, y quizá tan cercano al sonido de una orquesta en tiempos de Beethoven, que a usted le parecerá estar escuchando la Heroica por primera vez, bajo una nueva luz. Y no tendrá que pagar otro kreutzer para que se acabe la música. Al contrario…

Seguir leyendo:
Sinfonías Nos. 4, 5, 6
Sinfonías Nos. 7, 8 y 9

Fuente: Juan Arturo Brennan para la Orquesta Sinfónica de Minería

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